Crítica de cine
El gran Gatsby: el enigmático millonario que creyó en el amor
domingo 19 de mayo de 2013, 14:28h
Después de su presentación en Cannes y de su estreno en Estados Unidos, llega a nuestras salas una nueva adaptación de la novela de Scott Fitzgerald.
Esta vez, la adaptación cinematográfica de la famosa novela de Fitzgerald viene de la mano del polémico director australiano Baz Luhrmann, quien regresa a la gran pantalla cinco años después de su último filme, Australia, que pasó por las salas sin pena ni gloria. Pero no es eso, desde luego, lo que suele ocurrir con las películas de Luhrmann. Al contrario, el que algunos consideran como uno de los cineastas más controvertidos de la actualidad lo que normalmente provoca son reacciones enfrentadas, para bien y para mal. Ocurrió, por supuesto, con su musical Moulin Rouge y en el caso de El gran Gatsby recupera esa capacidad para despertar, en el público y en la crítica, fascinación o rechazo. Es la consecuencia de rizar el rizo hasta el infinito, apelando al barroco postmoderno sacrificando en parte la esencia de una historia dramática en favor de la exageración puramente visual.
Pero, claro, mejor despertar amores y odios, por partes más o menos iguales, que no despertar nada como hace cinco años, así que era de esperar que el director australiano volviera a sus orígenes, es decir, a dar más importancia, por ejemplo, al vestuario y a la puesta en escena en general, como marcas indiscutibles de la casa. Y nunca mejor dicho, porque quien está al frente de todo ello es la esposa de Luhrmann, la oscarizada Catherine Martin, de quien, en todo caso, hay que decir que realiza un magnífico trabajo, junto a su colaboradora Miuccia Prada, con todos los estilismos y decorados de los años 20 en los que el lujo desmesurado mandaba, aunque ya sabemos cómo acabó en la vida real tanto derroche. Eso sí, el lujo no habría sido posible de retratar con tan desmesurado realismo si este nuevo Gatsby no hubiera contado con los 90 millones de euros que se pusieron encima de la mesa para su realización. Con tan generoso presupuesto daba para toda la extravagante y exagerada puesta en escena, con secuencias que parecen made in Bollywood – coreografías que dejan a más de uno con la boca abierta, sin saber si es por su originalidad o porque cuesta imaginar qué pintan en mitad del drama que se avecina – y daba también - eso ha sido lo más importante - para contar con grandes actores capaces de medirse con los protagonistas de la última versión cinematográfica de la novela, es decir, la que dirigió Jack Clayton en 1974, con Robert Redford y Mia Farrow, que para muchos había sido la definitiva.
En la piel del peculiar protagonista encontramos ahora a Leonardo DiCaprio, que ya había trabajado con el director australiano en Romeo y Julieta, y lo cierto es que su interpretación es, seguramente, lo mejor de la irregular cinta que acaba de estrenarse. DiCaprio ha demostrado ser uno de esos actores que, a pesar de haber conseguido llegar al estrellato muy pronto, no se lo creyó y siguió aprendiendo hasta convencer también a los que creíamos que no era más que un tipo guapo que se desvanecería en un suspiro. Aquí logra perfilar a un misterioso millonario llamado Jay Gatsby, del que todos quieren saber aunque, en realidad, a nadie le importe qué se le cuece por dentro mientras siga invitando a fiestas y derrochando para complacer a todos. DiCaprio da vida a ese hombre capaz de cualquier cosa por la mujer que ama, pero, al mismo tiempo, temeroso y tan ingenuo como para creer que el pasado puede volver a repetirse introduciendo en él los ingredientes del presente. En definitiva: un nuevo pasado. Es tan infantil como receloso, tan encantador como atormentado. Sólo anhela un fin: volver a tener sólo para él a la chica de clase alta que una vez dejó porque no tenía medios económicos para ofrecerle la vida que ella merecía. Ahora que es millonario, está convencido de que ha llegado el momento de poder estar con Daisy, a quien interpreta, con todo el candor mezclado con egoísmo que requiere el frívolo pero realista personaje, Carey Mulligan. Sin embargo, ella ya tiene un marido, Tom Buchanan (Joel Edgerton) que, aunque no sea el mejor de los maridos – desde luego, no lo es –, es el suyo, y le da esa seguridad que tantas veces no se encuentra en el más apasionado de los amores.
No, el pasado no puede cambiarse y las decisiones tomadas en el pasado marcan la mayoría de las veces el presente y, por supuesto, el futuro, por mucho que un soñador romántico como Gatsby no quiera creerlo. Así se lo dice a Gatsby el único personaje a quien realmente importa lo que le pase al millonario, el narrador de la historia y aspirante a escritor Nick Carraway, a quien da vida un inspirado Tobey Maguire. Carraway es el único que parece haber nacido con algo de sentido común y, quizás por eso mismo, le encontramos al inicio de la trama en una clínica de reposo, donde el doctor que trata de devolverle la paz espiritual, es decir, la serenidad mental, le aconseja que escriba la historia de Gatsby que tanto le afectó, como terapia para superar la depresión que padece desde que asistió al solitario y trágico final de su romántico vecino millonario.
Aparte del capítulo interpretativo, que es, sin duda, el que salva las partes más prescindibles de la cinta de Larhmann, es de destacar su banda sonora en la que participan grandes del género como Beyonce, Lana del Rey, Brian Ferry o Jack White junto a grupos como Florence and the Machine o The XX.