Treinta y ocho biografías de mujeres españolas que participaron en la conquista de América han sido reunidas en el ensayo Españolas del Nuevo Mundo (Cátedra) por Eloísa Gómez-Lucena, quien ha tratado de poner en valor las aportaciones de aquellas mujeres de distintas clases sociales mediante un laborioso trabajo de investigación que busca llenar un vacío histórico sobre personajes, en su mayoría heroicos, tristemente olvidados.
¿Qué imagen se tiene por defecto entre los españoles sobre las mujeres que participaron en la colonización de América?Ante mi sorpresa, me he encontrado con bastantes personas que ignoran que también viajaron mujeres en las expediciones a América. Si solo hubieran ido españoles, ¿qué método de procreación hubiera favorecido la primera generación de criollos? Esta incredulidad de algunos denota también un desconocimiento de la pretensión explícita de la corona española en los territorios descubiertos. Desde los primeros viajes, la voluntad de los reyes fue convertir la sociedad del Nuevo Mundo en un trasunto de la española. Aquellos que sabían de la participación de las españolas en la colonización y poblamiento del Nuevo Mundo, las habían relegado a un papel secundario, ya que pocos cronistas rememoraron el nombre de las españolas que compartieron con los hombres las mismas tempestades y hambrunas durante el largo viaje desde la Península hasta el Nuevo Mundo. A los cronistas menos olvidadizos con el nombre y los hechos de muchas de sus compañeras de expediciones también los homenajeo en este ensayo. No he querido escribir un ensayo histórico con nombres y datos, sino recrear las vidas de estas 38 españolas, que representan a las miles de mujeres que viajaron a América durante los dos primeros siglos de la colonización de este continente; razón por la que he preferido elaborar los retratos de personajes reales de todas las clases sociales y oficios sin abundar en mujeres de relevancia social y económica.
¿Luego no todas fueron mujeres mojigatas y delicadas?Ni fueron todas tan incultas y sometidas, como un tópico vistazo al pasado puede hacernos suponer, y ni mucho menos mojigatas y melindrosas. Estas ideas estúpidas sobre la mujer ideal están inspiradas en el Romanticismo y alentadas por la vertiente más retrógrada de la Iglesia y del propio Estado. He de decir que nada las identifica ni agrupa, pues cada una tiene su carácter, procede de un ambiente social y económico distinto y los avatares en el Nuevo Mundo terminaron por conformar su propia personalidad.
Afirma que fueron más independientes y mucho más libres que las peninsulares, ¿por qué?Durante la exploración, conquista y poblamiento de América, las circunstancias eran extraordinarias y, aunque se regían por las leyes españolas, el mundo se conformaba a medida que conquistaban un territorio y fundaban ciudades. Las mujeres también combatieron contra los indígenas, ayudaron a levantar ciudades, plantaron las primeras semillas europeas, cultivaron las tierras de América, fundaron hospitales y escuelas y, como es evidente, fueron las progenitoras de la estirpe de criollos y mestizos. En mi ensayo reviven vidas reales como Catalina Bustamante, la maestra “indignada” de un colegio de indias y mestizas en Texcoco; la de Inés Suárez, amante de Pedro de Valdivia, que fue la única mujer en la conquista de Chile y que, pese a ser analfabeta, defendió la primigenia Santiago de Chile del asedio araucano con espada, casco y coraza; la de una rica prostituta en Potosí o las de las enemigas políticas en Perú como María Calderón o María de Escobar. La mayoría fueron expedicionarias y pobladoras, como María de Angulo en Santa Cruz de la Sierra, la trujillana Ana de Ayala, quien remontó el Amazonas con su esposo Orellana, o la temeraria Mencía de Nidos. Combatían cuando las circunstancias lo exigían, pero también las mismas mujeres ejercieron de enfermeras, cocineras y consoladoras espirituales y carnales; razón por la que los amancebamientos eran muy frecuentes, pues muchos hombres ya estaban casados en la Península.
Apunta que algunas de ellas fueron denunciadas por maltrato, abandono del domicilio conyugal o bigamia.Quien piense que aquellas mujeres carecían de derechos y de libertades, está confundido. Tan solo hay que leer las cartas de las emigrantes a Indias y, sobre todo, las Leyes de Indias, en donde se regulaba cualquier actividad, pues era un compendio de normativas y preceptos. La corona española protegía a las familias y a lo que se conocía como “la vida maridable”. Una casada podía denunciar a su esposo si se ausentaba sin justificación más de dos años. Había peticiones de anulaciones matrimoniales y divorcios solicitados por esposas maltratadas, abandonadas o vejadas a causa de la bigamia, infidelidad o concubinato del esposo, pero las leyes regían para ambos sexos. Me sorprendió mucho que, en una época de tan acusado poder varonil, algunos maridos se atrevieran a denunciar a sus esposas alegando maltrato, abandono del domicilio conyugal o bigamia. Entre todos los casos que relato el de Luisa de Vargas es conmovedor porque sus dos maridos se aliaron para ayudarla a escapar de la justicia porque no podían permitir, dijeron, que una mujer tan buena y trabajadora terminara en la cárcel.
A las dificultades del traslado a América se sumaba una legislación más puntillosa a la hora de regular el flujo migratorio de las mujeres. ¿En qué consistía?Las embarcadas en una expedición oficial no tenían las limitaciones de las viajeras de las flotas regulares a Indias. En las expediciones, las embarcadas eran esposas, hijas, madres, amancebadas y criadas de los hombres que viajaban a América en expediciones de exploración, conquista y poblamiento de territorios del Nuevo Mundo. Los adelantados y gobernadores de las expediciones ofrecían a gentes humildes que se embarcaran en sus naves a cambio de tierras y unos pequeños beneficios sobre lo descubierto, pues allí era preciso contar con buenos canteros, labradores, mineros y cualquier otro artesano. Todos estos hombres llevaban a sus mujeres e hijos. También, en ocasiones, el adelantado acordaba con la corona española llevar un número de doncellas casaderas para casarlas con los capitanes y soldados solteros, que ya había en aquel territorio, con el propósito de evitar el amancebamiento con indias. Por otra parte, a diferencia de lo que muchos creen, América no se pobló con presidiarios ni delincuentes. Todo lo contrario, pues se pretendía trasplantar la cultura española, de modo que se concedían permiso para viajar a “lo mejorcito” del país, según el criterio de la corona. La mujer que cumplían con los requisitos oficiales podía obtener antes el permiso de embarque si presentaba la carta de un familiar que ya vivía en América. Una mujer honesta nunca viajaba sola, sino en compañía de una amiga, una sobrina o una señora de edad.
Define a María Álvarez de Toledo como una mujer enérgica y tenaz y a Catalina Bustamante, como honesta y piadosa...Sí. A mí me conmovió la vida de la buena e ingenua esposa, madre y beata Marina de la Cruz. Sufrí escribiendo las crueldades y desmanes de los españoles en la conquista de Chile, en donde iba Inés Suárez, heroína de Santiago de Chile, mujer de inteligencia natural, aguda y valerosa, pero también cruel. Admiro la entereza, integridad y dignidad de Mencía Calderón, que comandó una expedición de mujeres al Río de la Plata (Asunción de Paraguay). La maestra Catalina Bustamante movió Roma con Santiago para exigir que el colegio en donde enseñaba a niñas indias y mestizas fuera inviolable tras un triste episodio de rapto de una india noble perpetrado por un alcalde español de un pueblo cercano a Texcoco. Con Inés de la Cruz Castillet muestro cómo las niñas pobres que despuntan inteligencia y constancia lograron una vida independiente y culta dentro de los monasterios. Y Catalina de Erauso, la Monja Alférez, exigió ante el Rey y el Papa el derecho a vestir como varón y a llamarse Antonio de Erauso, tal como le hubiera correspondido de no haber nacido con un cerebro de hombre encerrado en un cuerpo de mujer. No creo, sin embargo, que sean modelos femeninos inusuales. Son mujeres como muchas de todos los tiempos. Las hubo en Grecia y Roma y hoy también. Basta ver cuando hay un desastre natural, cuántos héroes y heroínas surgen de entre la multitud de innominados. Estas españolas del Nuevo Mundo se mostraron como eran en realidad. En vez de doblegarse o encubrir su naturaleza, aquellos tiempos fueron propicios para el arrojo y la entereza, y bien que lo demostraron.