Panorama después de la sucesión
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 08 de julio de 2015, 09:55h
Cualquier análisis objetivo de nuestra actualidad tiene que reconocer que España, en medio de la situación compleja y difícil de los últimos años, acaba de vivir –o está aún viviendo- un momento estelar. No de otra manera se puede definir este punto de inflexión que marca la trasferencia de la Corona del Rey Juan Carlos, bajo cuyo reinado nuestro país ha vivido el periodo de mayor libertad y prosperidad de su historia contemporánea, a su hijo Felipe VI. Este hecho es notable si tenemos en cuenta que, según nuestra Constitución, el Rey carece de poderes ejecutivos o decisorios, como escrupulosamente ha demostrado Juan Carlos I. Tal hecho, demuestra por sí mismo el éxito y la eficacia de la fórmula de “monarquía parlamentaria” que, acertadamente, los españoles adoptaron, va para cuarenta años.
Todos los indicadores fiables demuestran, más allá de frívolas especulaciones, el gran apoyo con que ese sistema cuenta en la población española. El más contundente de esos indicadores es, por supuesto, el voto ampliamente mayoritario de ambas Cámaras de la Cortes Generales, sede de la soberanía nacional, al aprobar la ley orgánica de abdicación. Y el contrapunto han sido esas mínimas manifestaciones o algaradas republicanas, propias de un país libre en el que, por definición, no hay nunca unanimidad; no se puede dar más importancia, que la reducida que tienen, a las discrepancias que se expresan en nombre de una supuesta “legitimidad de la calle”, inaceptable en una democracia, que tiene un sistema institucional en el marco del Estado de Derecho.
Las minorías pueden expresarse, pero no marcar el rumbo de la Nación, cuya trayectoria está fijada en la Constitución y apoyada por una abrumadora mayoría. Los países serios, dignos y respetables no cambian de Constitución cada generación, como quieren esas minorías. La reforman cuando es preciso y cuando existe el consenso que presidió su nacimiento, de acuerdo con las formalidades establecidas en la misma. Quienes afirman que el 70% de los españoles actuales no han votado la Constitución podían recordar, por ejemplo, que el 100 % de los americanos tampoco han votado la vigente Constitución de los Estados Unidos.
Por todo ello, no tiene ningún sentido que algún importante y prestigioso periódico internacional llegue a decir que “mientras los españoles debaten si mantener de alguna manera (at all) la monarquía”…, porque aquí no existe un debate nacional sobre la forma de Estado sino minoritarias protestas que solo representan a una pequeña fracción de los españoles. Otra cosa es que a la prensa –quizás por aquello de que es más noticia el raro hombre que muerde al perro que el más frecuente perro que muerde al hombre- le guste siempre subrayar lo anómalo por escaso y minoritario que sea. Y raya el colmo de la estupidez escribir que “el fracaso (exit) en la Copa del Mundo arrebata al Rey Felipe del centro de atención (spotlight) el día que accede al trono”. Nadie que haya estado en Madrid el pasado día 19 pude afirmar seriamente tal cosa pues más bien fue todo lo contrario lo que sucedió: La noticia era Felipe VI, su espléndido discurso, la presencia sobria y ejemplar de toda la Familia Real, la contenida emoción del Rey Juan Carlos, el merecido homenaje a la Reina Sofía, la elegancia y saber estar de la Reina Letizia, la infantil simpatía de la nueva Princesa de Asturias y de su hermanita la infanta Sofía…Solo marginalmente en las calles o en el Palacio Real, se oyó algún comentario sobre el fracaso de la selección nacional en Brasil.
Además esos republicanos españoles lo son no de un concepto más o menos elaborado de lo que en el pensamiento político significa el republicanismo que, por cierto, no es incompatible con la monarquía. Contraponer la monarquía a la democracia, como hace ese profundo intelectual que es Cayo Lara, no solo es el más barato y demagógico de los populismos sino una notable exhibición de ignorancia, pareja de esa otra de quienes nos proponen el bolivarianismo castro-chavista-maduriano como remedio de todos nuestros males. Estos republicanos se alimentan del nostálgico y resentido revanchismo que ha sacralizado la II República, aquel patético sistema en el que la democracia brillaba por casi su total ausencia, tanto en la izquierda como en la derecha. De todo ello resulta que mientras los monárquicos de ahora son, fundamentalmente, “monárquicos pragmáticos”, los republicanos son “republicanos románticos”.
Si hay algo verdaderamente preocupante en el panorama político es la situación del PSOE, su deriva hacia no se sabe dónde. Escuchar a los candidatos a secretario general es escalofriante, ya que parece una competición de necedades caracterizada por su negatividad: No a pagar la deuda pública; no a la aforamiento del Rey Juan Carlos; no a los acuerdos con la Santa Sede; no a la estabilidad presupuestaria…No a Europa, en suma. Estos aspirantes a políticos siguen en su mundo virtual, sin ningún contacto con la realidad y sin atender a la advertencia de Manuel Valls, que no es aplicable solo a Francia: “La izquierda –esta izquierda sectaria y montaraz, añadimos nosotros- puede morir”. Parece mentira que la patológica regresión zapateril tenga un efecto tan duradero y que los jóvenes dirigentes socialistas sean tan poco imaginativos…y tan poco modernos, porque parecen sacados del rancio frentepopulismo de los años treinta del pasado siglo.
No menos sectarios y menos románticos –y del peor romanticismo imaginable, el nutrido de mentiras, falsedades e hipocresías- son los nacionalistas que ese día en que Felipe VI accedió al trono hicieron el papelón, al que, por otra parte, nos tienen ya muy acostumbrados. Pocas veces se han oído en Congreso y Senado discursos tan repugnantes, por engañosos y cínicos, como los procedentes de los portavoces de los grupos separatistas, cuando en ambas Cámaras se debatió la ley orgánica de abdicación del Rey Juan Carlos. Y el día 19, en la sesión conjunta en que Felipe VI juró la Constitución y fue proclamado Rey, hicieron una exhibición no tanto de discrepancia como de mala educación e incapacidad absoluta de saber estar. A su pesar, con su desatinada conducta, mostraron qué importante es el Rey como símbolo de la unidad de la Nación, que ellos tratan de socavar. Les molesta porque le ven como un obstáculo para sus irrealizables propósitos.
En algún sitio he leído que Urkullu manifestó su disgusto porque el sistema seguía siendo “el mismo que el de antesdeayer”. ¿Qué esperaba, que Felipe VI hubiera proclamado la independencia de Euskadi? La naturaleza psicopatológica del nacionalismo separatista brota a cada instante. Mas, por su parte, se empeñó en decir esa machada de que España es un Estado plurinacional, lo que demuestra una enciclopédica ignorancia del Derecho constitucional contemporáneo y confunde plurinacionalidad –inexistente en España- con plurilingüismo, que en España hay, además, que matizarlo, porque aquí no hay territorios con lenguas diversas, como en Suiza, por ejemplo, sino que existe una lengua nacional que coexiste en algunos territorios, y desde hace siglos, con otras lenguas, co-oficiales en los mismos.
En un curioso lapsus linguae, Mas ha llegado a decir que espera “complicidad” del nuevo rey. Es verdad que esa palabra se usa ahora mucho –a mi entender equivocadamente- como sinónimo de solidaridad o camaradería, pero creo que hay que reivindicar su significado original. Cómplice es “el que participa en un delito o falta cometido entre varios”. Y en el estricto lenguaje jurídico es “la persona que, sin ser autora de un delito o una falta, coopera a su ejecución con actos anteriores o simultáneos”. Mas, con su separatismo, se ha metido en el campo del delito y, desde hace tiempo, es “un fuera de la ley”, desde cualquier punto de vista que se mire, por lo que hace y lo que dice. Tiene miga que quiera convertir al Rey de España en cómplice de sus fechorías. Se va a cansar de esperar.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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