Antonio Hualde
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación José Ortega y Gasset.
Eppur si muove
Esclavitud
Se conocen muy pocos testimonios de esclavos africanos, durante los siglos de esplendor de la trata de seres humanos, que van desde finales del XV a mediados del XIX. Uno de ellos, en cambio, sí nos ha llegado hasta hoy, y su crudeza resulta aterradora. A través de Olaudah Equiano, joven gambiano capturado por los ingleses en 1750, sabemos que el mayor temor que tenían quienes embarcaban en un barco negrero era el que aquellos hombres de tez blanca y largas barbas se los comieran. De hecho, muchos sufrían ataques de pánico cuando veían a los europeos beber vino tinto, pues creían que aquello era en realidad la sangre de otros como ellos.
En el tráfico de esclavos destacaron portugueses, holandeses y, en gran medida, ingleses. Los primeros, por mor de las directrices de su rey Manuel, suavizaron algo las condiciones de a bordo en los buques que los trasladaban. No sucedía lo mismo en la embarcaciones fletadas por Holanda o Inglaterra, cuyos capitanes eran seres despreciables y carentes de toda piedad. A ellos se debe el calificativo de “negrero”. Para encontrar esclavos, los europeos esquilmaron Africa, sobre todo occidental. Países como Ghana, de hecho, fueron conocidos como “la Costa de Oro”, no sólo por sus minas, sino por lo lucrativo que resultaba traficar con sus nativos. Abarcando más terreno, Ghana incluida, tenemos a Nigeria, Togo y Benín conformando lo que se denominó “La Costa de los Esclavos”. El nombre lo dice todo.
Una vez capturados, se les hacinaba en barcos que los trasladaban a Europa para ser vendidos -cerca de Faro, en Portugal, aún se conserva un pequeño palco de piedra en el mercado local, donde se exhibía y vendía la “mercancía”-. A bordo de ellos, la vida era una auténtica pesadilla. Al principio de todo, los viajes solían saldarse con la muerte de la mitad de la “carga”. Ello era inaceptable, pero más por razones mercantiles que humanitarias: un esclavo muerto no valía nada. Así que empezaron a velar por que, al menos, llegasen vivos. Aún así, hubo muchos esclavos que tuvieron que hacer la travesía del Atlántico encadenados en cubierta, y a la intemperie. Con todo, aquello era mejor que pasar largos meses encerrados en bodegas donde muchos de ellos, por miedo a perder el escaso sitio existente, no se movían ni para hacer sus necesidades. Aterra ver los grilletes empleados para cercenar las esperanzas de miles de seres humanos, algunos de los cuales se conservan en museos como el de Historia de Fort-De-France, en Martinica.
Parte de esos esclavos acabó en América. Sus descendientes poblaron países como Cuba, Haití o Brasil. También Estados Unidos, donde Harriet Beecher Stowe haría un fiel retrato de la situación en que vivían, en su célebre “La cabaña del tío Tom”. El siglo XX empezaría a discurrir con la abolición de la esclavitud, pero con aberraciones como el Ku Klux Klan y las leyes de segregación racial, que impedían que un negro se sentase al lado de un blanco en un autobús. Por todo lo anterior resulta esperanzador que en el siglo XXI un negro haya llegado a la presidencia de Estados Unidos. Independientemente de cómo lo haga, su sola presencia pone fin a siglos de oprobio. Yes, we could.




