A la vez que el escalador español Toni Calafat fallecía, la surcoreana Oh Eun-Sun completaba la hazaña de ser la primera mujer en subir los 14 ochomiles, adelantándose a la española Edurne Pasabán. Todo el mismo día y en el mismo lugar, poniendo de relieve las luces y las sombras que acontecen cada día en el techo del mundo, que desde hace unos años vive una masificación que oculta el verdadero arte del alpinismo.
La muerte del alpinista español Tolo Calafat, que aconteció en el mismo momento en el que la surcoreana Oh Eun-Sun se convertía en la primera mujer en coronar los 14 ochomiles, seguido de las furibundas críticas de Juan Oiarzábal, primero a la expedición coreana y luego a los sherpas por no ayudar según su versión a su amigo y compañero de aventuras, pone de relieve una vez más el componente de tragedia y heroísmo que se vive cuando se superan los ocho mil metros de altura.
Desde que en 1953 el neozelandés
Sir Edmun Hillary y el sherpa Tenzing Norgay coronaran los 8.850 metros de altura del monte Everest por primera vez, abrieron el camino de la conquista del punto más alto del planeta al resto de aventureros. Veinticinco años después, en 1978, el italiano Reinhold Messner logró lo que hasta ese momento se consideraba imposible: escalar el Everest sin la ayuda de oxígeno. El propio Messner fue quien consiguió coronar los 14 picos más altos del planeta por primera vez y sin ayuda de oxígeno. El reto le llevó 16 años –de 1970 hasta 1986-. El español
Juan Oiarzábal fue el sexto hombre en conseguirlo en 1999. Actualmente, con la reciente incorporación de Oh Eun-Sun, son 21 personas las que figuran en la lista.
Cuando se habla de ocho mil en términos alpinos se hace referencia a una de las 14 montañas independientes de la Tierra que superan esa altura. Todas ellas están situadas en la
cordillera del Himalaya y del Karakórum, en Asia. En orden de mayor a menor altura, nos encontramos con el Everest (8.850 m.), K2 (8.611 m.), Kachenjunga (8.586 m.), Lhotse (8.516 m.), Makalu (8.463 m.), Cho Oyu (8.201 m.), Dhaulagiri (8.167 m.), Manaslu (8.163 m.), Nanga Parbat (8.125 m.), Annapurna (8.091 m.), Gasherbrum I (8.068 m.), Broad Peak (8.047 m.), Gasherbrum II (8.035 m.) y el Shisha Pangma (8.027 m.).
La carrera por su conquista ha originado numerosos debates en torno a la esencia del alpinismo. Existen diversas maneras de enfrentarse a cualquiera de estos colosos, pero hay dos estilos que enfrentan a los más puristas con los más pragmáticos. La mayoría de expediciones a ochomiles se ayudan del
oxígeno suplementario y de los sherpas, quienes son utilizados como porteadores y, en ocasiones, como punta de lanza de la expedición abriendo camino y colocando las cuerdas que posteriormente usarán los “líderes” de la expedición.
En el otro extremo se encuentra el
estilo alpino, que se basa en la autosuficiencia del escalador, quien se ocupa de transportar y montar todo lo necesario para la ascensión de manera individual. En cuanto al uso del oxígeno, muchos alpinistas lo llegan a considerar el “dopaje” del escalador, a pesar de que su uso puede resultar vital en numerosas ocasiones.
Debido a este debate han aumentado las críticas a las expediciones mediáticas como las de la Oh Eun-Sun o Edurne Pasabán, quienes popularizan el alpinismo entre el público general pero relegan a un segundo plano las hazañas de otros escaladores. En el caso de esta “carrera” por convertirse en la primera mujer en coronar los catorce ochomiles, a pesar de la popularidad de Eun-sun y Pasabán, también estaban en liza la italiana
Nives Meroi, que presume de que todas su ascensiones (11) han sido realizadas sin oxígeno ni porteadores, o la austríaca
Gerlinde Kaltenbrunner, que ha coronado 12 ochomiles.
En los últimos años, debido al avance en las facilidades para acercarse a la región del Everest y a la cantidad de rutas abiertas en sus picos, que hacen más fácil su ascensión, los campos base se han convertido en un masificado alojamiento de turistas.
Los precios para acercarse al techo del mundo no son nada desorbitados en comparación al gasto que se debía realizar hasta hace unos años. De hecho, tanto ha crecido el turismo en la región del Himalaya que se pueden encontrar hoteles de cinco estrellas. En algunas agencias
se ofertan estancias de veinte noches en la región del Everest y Annapurna desde 1270 dólares, incluyendo seguros, tasas, permisos, alimentación, alojamiento y excursiones de trekking alrededor de los campos base de dichas cumbres. También incluye el servicio de “porteador”, que será compartido por dos personas y llevará un peso máximo de 30 kilogramos.
La “zona de la muerte”
A pesar de que hayan aumentado las facilidades para acceder a estas montañas, situarse más allá de los ocho mil metros de altura supone un grave riesgo para la salud. De hecho, una vez superados los 5.500 metros, el organismo se enfrenta a una reducción de un tercio en la cantidad de oxígeno y es cuando entra en juego el
mal de altura.

Los síntomas que se manifiestan son dolores de cabeza, vómitos, malestar general, falta de apetito e insomnio. Para evitarlo se suelen llevar a cabo períodos de aclimatación aumentando la altura poco a poco. En caso de sufrirlo, hay que frenar la escalada y descender hasta suavizar la situación. Pero en las condiciones que hay más allá de los ocho mil metros, la situación puede empeorar con la aparición de
edemas pulmonares (encharcamiento de los pulmones) y
cerebrales (hinchazón del cerebro). Esto, unido al fuerte viento y al riesgo de
hipotermia y congelaciones –con las consiguientes amputaciones de miembros-, además de los riesgos de caídas, provoca que se conozca como “zona de la muerte” toda aquella altura superior a los ocho mil metros.
Con el fallecimiento de
Tolo Calafat en el Annapurna, son ya
23 los españoles muertos en los últimos diez años en la región del Himalaya. El caso más reciente fue el del aragonés
Óscar Pérez, cuyo cuerpo quedó atrapado en el Latok II de Pakistán cuando intentaba el ascenso. La mayor tragedia se vivió el 16 de octubre de 2001, cuando cinco escaladores (los navarros
Aritz Artieda,
Javier Arkauz y
César Nieto y los guipuzcoanos
Beñat Arrue e
Iñaki Ayerza) murieron al ser arrastrados por un alud en el monte Pumori (7.161 metros) en Nepal.