A la muerte de Chapolino
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
sábado 13 de julio de 2013, 18:30h
Ha sucedido algo previsible e inexorable, inevitable y tenebroso. La vieja calavera de la guadaña, señora inmortal e insobornable ha alcanzado a uno de los mejores. La muerte, sí, se ha llevado a Chapolino, después de una larga vida y de una progresiva vejez que anunciaba lamentablemente la inminente llegada de la que los mejicanos llaman la pelona. Su nombre era parecido al de Chaplin, aunque su cometido en este mundo nunca fuese humorístico, sino gracioso y grácil por naturaleza, que no por educación.
¿Qué quién era Chapolino? ¡Eso os preguntáis! Pues era el más gentil, el más amable y cordial de los seres que hasta la fecha he encontrado en este mundo. Su voz era melodiosa, su porte principesco, se conformaba con lo poco o mucho que pudiese obtener del día y no se le conocía un solo rasgo de avaricia, vanidad ni egocentrismo.
A mi hijo de tan solo siete añitos ha habido que decirle que al cielo ya se ha ido. De ese modo ha aceptado el fatal desenlace sin sufrimiento, sin dolor, apenas con unos gestos de amargura. Quien le había cuidado siempre, desde la cuna, desaparecía del ancho mundo para no volver jamás.
Creo privilegio infantil el que podamos creer que se puede vencer a la muerte, que hay otra vida, que el cuerpo se corrompe pero el alma surca el firmamento. A los siete años también se puede creer todavía en los Reyes Magos del Oriente, esos cuyos nombres no aparecen en los textos sagrados canónicos sino tan solo en los apócrifos.
El problema estriba en si siendo adultos podemos mantener una gran credulidad aunque hayamos perdido la sana ingenuidad. Por mi parte no ha sido posible, no creo en la resurrección de los cuerpos, auténtico misterio del mundo católico, ni tampoco en la reencarnación, auténtico misterio del mundo pagano. Me ocurre lo que ha Jorge Manrique, que digo aquello de que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, sutil y hermosa frase poética que puede interpretarse de formas antagónicas y comprenderse de muy diversas maneras.
Pero no podemos detenernos en la presente necrológica con finas hermenéuticas teológicas, ya que la exégesis nos haría perder de vista al finado y comprender el huevo sin lograr entender a la gallina. ¡Qué intrépido era Chapolino! Valiente sin gota alguna de irascible, justo sin gota alguna de envilecimiento, prudente y sabio hasta el límite que lo pueden ser sus congéneres.
Ya lo empieza a adivinar el lector, si es que no lo comprendió de primeras. El buen Chapolino no era humano, más que humano se diría que era un ángel, (si de nuevo pudiéramos creer en los Reyes Magos de Oriente) y que su cometido habría sido el de ángel guardián de mi hijito, desde su nacimiento hasta en la actualidad, con sus siete añitos. Le cuidó de bebé y le acompañó en todos sus juegos infantiles.
¿Quién pudiera asegurar que tú no estabas hecho a imagen y semejanza de Dios? ¡Ni lo contrario! ¿Cómo has podido morir si nunca hubo en tu progenie ningún pecado original? En el Eclesiastés 3.19 se dice que nuestro destino es el mismo y en Isaías 11.7 se nos indica que en el reino milenario tras la parusía “la vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja”. Esto basta para que Chapolino haya muerto en el ateísmo siendo de los más buenos de su especie, pues un gato, si, un buen gato de nombre chaplinesco, jamás, jamás, en ningún mundo, se avendría a comerse la paja.
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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