crítica de cine
'Asalto al poder': y, de paso, la Casa Blanca hecha añicos
sábado 14 de septiembre de 2013, 11:16h
Se ha estrenado este viernes el último trabajo de Ronald Emmerich, una cinta de acción pura y dura cuya acción se desarrolla en la mismísima Casa Blanca. Por Alicia Huerta
Jamie Foxx es el encargado por el director de cine alemán para encarnar al presidente de Estados Unidos que ve cómo su hogar, pretendido refugio inexpugnable, se convierte en pocos minutos en una trampa mortal de la que ni su propio servicio de seguridad parece capaz de rescatarle. Aún así, no estará solo, porque Emmerich, reconocido y singular especialista en cine de catástrofes, conoce bien su oficio y sabe que en las pelis de acción no puede faltar un héroe dispuesto a arriesgar su vida por salvar al objetivo de los malos. El héroe es John Cale, a quien interpreta el joven actor, bailarín, modelo y productor Channing Tatum, que, por otra parte, tampoco está solo del todo porque, cuando comienzan los tiros, él se encuentra en la Casa Blanca junto a su hija Emily de trece años, papel a cargo de Joey King. Emily, a diferencia de su padre, reivindicará su propio carácter de heroína a través de los medios internautas, armada de su poderoso IPhone con acceso a las redes sociales y, por tanto, a todo el mundo. El caso es que Cale, miembro de la policía del Capitolio que aspira a entrar en el exclusivo grupo que guarda las espaldas del hombre más poderoso de este mundo, ha conseguido, precisamente ese fatídico día, que le hagan una entrevista para el puesto, a la que acude con su hija, una auténtica friki de todo lo relacionado con la política, para realizar juntos después la obligada visita a la Casa Blanca.
Estos tres protagonistas, los buenos, son los que salvarán al Planeta – y no desveló nada importante cuando afirmo que lo salvan sin dejar lugar a la intriga, porque en este tipo de filmes eso lo sabe cualquiera – de la tan cacareada Tercera Guerra Mundial con misiles nucleares arrasando países enteros. Por lo que se refiere a los malos, un grupo perfectamente organizado que a la fuerza tiene que contar con ayuda del interior de la Casa Blanca, - pero aquí sí es necesario mantener el secreto de quienes son los autores intelectuales del brutal asalto para no arruinar la sorpresa que, en todo caso, se barrunta desde el principio – tendrán como objetivo principal llegar hasta el presidente, pero también asegurarse de que la política estadounidense deja de una vez de “marear la perdiz” y se pone a lanzar ataques en todos esos países que pueden suponer una amenaza y, por supuesto, también una gran oportunidad para que la poderosa industria armamentística sea algo más que rentable, que ya está bien de tanto pacifismo que les impide lucrarse como es debido.
Con todos estos datos, y viniendo de Emmerich -responsable, entre otras, de Independance day, 2012 o El día de mañana-, a quien siempre le ha gustado hacer saltar por los aires edificios enteros, representativos monumentos y hasta al propio planeta, sólo cabe esperar un blockbuster plagado de tópicos, incluidos los personajes y las imágenes de patriotismo que no haría mejor aunque, en vez de en Stuttgart, hubiera nacido en Memphis. Lo sorprendente es, desde luego, que consiga entretener durante casi más de dos horas con persecuciones de toda clase y pelaje, incluida una de coches blindados por los jardines de la Casa Blanca, y armas de lo más variado, desde sofisticados misiles a jarrones chinos del siglo XVII. Tampoco falta en el guión – muy a la Jungla de Cristal – esos fogonazos de humor que relajan al espectador e, incluso, a los perseguidos, al borde del agotamiento, pero aún capaces, gracias se supone que a la adrenalina que debe subir como la espuma cuando te intentan matar un montón de tipos mal encarados, de soltar un chiste en el momento más inesperado.
La cinta, que parece construida con respeto absoluto a cada uno de los pasos y los ingredientes de las recetas de Emmerich, no malgasta, en todo caso, ni un segundo en cosas superfluas. Es decir, que como quien acude a una sala cinematográfica para ver un filme de Emmerich - titulado, además, White House Down - ya sabe que nadie se va a preocupar por los muebles, el director se muestra fiel a su público y destroza literalmente el que es uno de los edificios más famosos del mundo convirtiéndolo en añicos y ofreciendo, por tanto, esas imágenes tan espectaculares que caracterizan a sus producciones y que gustan, precisamente, en el país que Emmerich reduce a escombros una y otra vez. Eso sí, siempre respetando, más papista que el Papa, todos los cánones del patriotismo estadounidense, que aquí, al otro lado del charco, no somos capaces de entender. Pero como el verano aún no se ha terminado, si consiguen obviar las cursiladas patrióticas, sobre todo las de la friki y algo repelente Emily, pasarán dos horas y algunos minutos más con el entretenimiento justo para no pensar en otras cosas.