José María Herrera

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COLUMNA SALOMÓNICA

Crónicas venecianas. Bellezas.

06-08-2011

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A principios de julio se conocieron los resultados del concurso de belleza organizado por la Fundación Marinela Ferrari. Participaban en él más de mil señoras. El único requisito era haber vivido antes del siglo XX y formar parte del patrimonio artístico italiano. La vencedora ha sido Paolina Bonaparte, hermana de Napoleón y esposa del príncipe Camilo Borghese, en cuya villa romana se exhibe la escultura que la representa, obra de Antonio Canova. Paolina aparece recostada en un lujoso triclinio, con una manzana en la mano y sin otro atavío que una pulsera y una sábana cuidadosamente enrollada sobre la mitad inferior de su cuerpo. Se trata, no cabe duda, de una bella mujer, perfecta de proporciones y mortífera en su apremiante sensualidad.

En segundo lugar, tras Paolina Bonaparte, ha sido elegida otra estatua, esta vez de una diosa, la Afrodita Callipigie del Museo Arqueológico de Nápoles, y a continuación una pintura, la Odalisca de Hayez, un dibujo, la Scapigliata de Leonardo, y otra pintura, la Venus de Urbino de Tiziano. Los expertos han aprovechado la pertenencia de las obras elegidas a períodos muy distintos para hablar del viejo tema del eterno femenino. A mí me han llamado la atención dos cosas: la primacía de la escultura sobre la pintura y el hecho de que tres de los autores de la lista premiada sean venecianos: Tiziano, Canova y Hayez. Esto último no tiene nada de extraño. La libertad de que gozaron los artistas de la Serenísima les permitió cultivar un género que en otros lugares estaba sujeto a severas restricciones. Muchas de sus obras fueron concebidas simplemente para perturbar a los espectadores. Ni que decir tiene que ese poder perturbador se asoció a las venecianas, en otro tiempo reputadas por su belleza.

Prueba de ello es la modelo que inspiró la Venus de Urbino, una mujer que recuerda a la Bella del Palacio Pitti de Florencia pintada también por Tiziano y a la que yo habría dado sin dudar el primer premio. Soy consciente, por supuesto, de que en esto no hay forma de llegar a acuerdos y que pretender alcanzarlos es ganas de emular a Don Quijote, así que no intentaré persuadirles de mi elección. El gusto se forma antes que la conciencia y cuando me enamoré de esta mujer ella era bastante mayor que yo y ahora es bastante más joven. Ha pasado tanto, de hecho, que hoy, al invocarla, se me vienen a la cabeza las palabras que escribió Apronenia Avitia una mañana que miró su rostro marchito en el espejo: “Eres un monumento de Tarquino el Viejo que el labrador desentierra en un rincón de su campo de cereales”.

Tiziano retrató en el cuadro que ahora se conoce como “Bella” a una dama veneciana muy famosa en su tiempo, Helena Barozza. Su hermosura era tal que algunos pensaron incluso en la posibilidad de organizar otra guerra de Troya. Pietro Aretino sufrió tal conmoción al verla que le hizo a escondidas un retrato y se lo mandó a su amigo Vasari con una nota lamentando que la perfección celestial de aquella criatura pudiera suscitar deseos tan lascivos. Casada con Antonio Zantani, erudito que convirtió su casa en el salón literario más célebre de la ciudad, había conseguido atraer gracias a su encanto a un grupo de damas y caballeros que se reunían allí para hablar de poesía, cantar madrigales eróticos al son del laúd y entablar relaciones más o menos respetables. Nadie, sin embargo, pudo decir jamás nada en contra de su virtud, razón por la cual su nombre ha sido olvidado. El edificio donde se hallaba el salón Zantani, un palacio gótico que conserva parte de su esplendor, fue casa natal de Carlo Goldoni, a cuya memoria está hoy consagrado.

Si tuviera que dar mi voto por una antigua belleza expuesta aún en Venecia creo que elegiría a la joven que protagoniza el tondo que representa a la Música en la sala de oro de la Biblioteca Marciana. Es obra de Veronés, que demostró en este cuadro su genio simbólico. La muchacha a que aludo tañe una viola de gamba junto a otra que toca el laúd. Al lado de ellas permanecen absortos Afrodita y Amor. En segundo plano, sobre el pedestal de una columna, hay un fauno de mármol del que cuelga un instrumento de viento junto a una rama de la que penden otros dos. La idea del pintor parece clara: la belleza y la armonía atraen a un amor delicado, no exento de sensualidad, mientras que el instinto produce únicamente deseo. Que las flautas permanezcan atadas justo encima de la hermosa muchacha subraya el poder de la armonía sobre la pasión, idea que cultivaron sin puritanismo los amigos de Zantani y la mayor parte de los artistas venecianos de todos los tiempos.

Cuando vengan a Venecia y estén hartos de deambular entre las hordas de turistas que miran sin ver, háganle una visita. Durante un segundo respiraran una bocanada del verdadero aire de la ciudad.







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