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Donosti, sus intelectuales y la capitalidad cultural de 2016

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 27 de septiembre de 2013, 20:43h
Condicionamientos poblacionales y educativos determinaron que San Sebastián careciera de elites intelectuales y figuras descollantes del pensamiento y las letras hasta la más estricta contemporaneidad. Así, en los inicios de los años treinta, al calor de un pequeño haz de jóvenes integrantes en estrecha relación con el núcleo –también, obviamente, minoritario- de propagandistas católicos de la ciudad (ACNP), surgió una corriente de escritores e ideólogos de prometedor futuro por la calidad de la mayor parte de sus miembros. Tras la guerra y con un hombre de la situación, Carlos Santamaría, muy vinculado al grupo mencionado –llegaría a ser vicepresidente de la por entonces poderosa e influyente Asociación Católica de Propagandistas-, se erigió en personaje clave y hasta demiúrgico de las Conversaciones Católicas Internacionales de San Sebastián (1947-59), probablemente el acontecimiento de mayor peso y ascendiente en los destinos culturales de la Iglesia española de mediados de la centuria pasada (y hasta ahora -¿hace falta aclararlo dada la indigencia en dicho plano de la religiosidad hispana?- sin el estudio condigno a su entidad y trascendencia).

Su fermento contribuyó decisivamente a la formación, ya en los años sesenta, de un clima intelectual de envergadura en una ciudad plenamente embarcada en el desarrollismo de la época. El gran novelista y conocido psiquiatra José Martín Santos concentró gran parte del interés y la fama adquiridos con rapidez por la bella ciudad en los medios culturales de la nación, pródigos también en alabanzas a su prontamente legendario Festival de Cine. La ventosa madrileña, empero, funcionó a fondo respecto a la que había sido hasta el tardo-franquismo su urbe estival por excelencia y una gran parte de sus personalidades más sobresalientes en las esferas académicas y artísticas acabó por asentarse en la Villa y Corte. De esta forma, el contemporaneísta quizá más creativo y destacado del novecientos hispano, Miguel Artola Gallego, después de una estadía no muy larga salmantina (1959-68), colocó sus reales definitivamente en la capital del país. Su camino lo recorrerían luego casi sin solución de continuidad el editor sin duda más sobresaliente del activo panorama bibliográfico y periodístico de la agonía de la dictadura y el nacimiento del nuevo régimen: Javier Pradera; el más saliente maître à penser de la democracia –Fernando Savater-; el muy prestigioso historiador Juan Pablo Fusi, y tutti quanti, sin olvidar, claro es, los que permanecieron en Donostia como el acreditado investigador eclesiástico J. Ignacio Tellechea Idígoras -de prolongada estancia en la ciudad del Tormes de cuya Universidad Pontificia fue claustral de relieve, al igual que su coterráneo y reputado intelectual, el futuro prelado José María Setién- o el ejemplar ciudadano y escritor de raza José Ramón Recalde, autor de unas de las mejores obras de ese antaño reputado genero literario convertido hoy de ordinario en basura que es el memoriográfico –Fe de vida, (Barcelona, 2004).

Nómina, ciertamente, envidiable para cualquier capital de provincia española, casi ninguna conocida por la densidad de su atmósfera cultural. Sino que en San Sebastián la presencia de tales autores es, sorprendente y lamentablemente, muy escasa o, a menudo, inexistente a la hora de trazar rutas e idear proyectos en beneficio del porvenir de la muy bella y siempre encandiladora Easo. Su posición anti-peneuvista es, tal vez, el factor determinante en la explicación del extraño fenómeno, aunque se cuentan otros también de relevancia, imposibles siquiera de mencionar en un artículo periodístico. Proclamada a los cuatros vientos por el autor de Cartas a Amador y más silente e inhibida en otros, dicha actitud le ha enajenado las simpatías de la fuerza política determinante desde el alumbramiento de la democracia. Pese a estar gobernada ediliciamente San Sebastián durante largo tiempo por el PSOE, ello no impidió que, a la manera del resto del País Vasco, fuese el PNV el que controlase, férreamente, todas las terminales y centros de decisión de la vida cultural donostiarra. Suceso, por lo demás, nada infrecuente en el paisaje mediático e intelectual español del momento presente en el que la política –aun la corraleña- se impone con fuerza sobre la cultura, pero no por ello menos pesaroso. Será difícil que en el horizonte cronológico que es posible atalayar se agrupe por nascencia y sentimiento una masa crítica, una generación de intelectuales del gálibo de la mencionada. ¿Alguien responderá en la Donostia del inmediato futuro de tamaña ceguera? ¿Habrá algún medio de remediar tan abultado déficit antes de emprender la recta final hacia el formidable envite de 2016?
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