Concha D’Olhaberriague

Concha D’Olhaberriague

Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.

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Esperanzas y tribulaciones de Alejandro Sawa

08-12-2009

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En 2009 se conmemora el centenario de la muerte de Alejandro Sawa y, con tal motivo, la Biblioteca Nacional le ha rendido homenaje consagrando a su persona y su obra, inseparables como en pocos escritores, unas conferencias y coloquios. Acerté a ir, por ventura, a la última sesión, y, tras disfrutar de las palabras de Amelina Correa y sus interlocutores, pensé que El Imparcial de hoy era lugar idóneo para evocar a quien fue uno de sus colaboradores de antaño.

Dos días antes de morir, vio la luz en sus páginas el Tríptico sobre Napoleón el Grande. Sin duda ya lo tenía listo de antes, pues al final andaba demenciado además de ciego, como relata Valle-Inclán a Ruben Darío en una carta que le dicta la commoción al volver de la casa del difunto poeta, “costrosa, vieja y paupérrima” en palabras de Emilio Carrere.

Las relaciones entre el atribulado bohemio y el nicaragüense pasaron de la amistad a la ruptura violenta. Mediaron asuntos económicos e impagos que el menesteroso Sawa reclamó a Darío.

La figura del escritor sevillano, nacido en la misma calle que Manuel Machado y descendiente de un antepasado griego de Esmirna traterrado a tierras gaditanas de San Roque, está por siempre unida al inolvidable Max Estrella de Luces de bohemia. El alma tragicolírica de Valle-Inclán quedó tan turbada por lo que presenció en el velorio de Sawa, en su buhardilla de la calle del Conde Duque número 7 de Madrid, que años más tarde le regaló la gloria que nunca tuvo en vida transmutándolo en el protagonista de una de las piezas más representadas del teatro español.

Lleno de esperanzas, llegó el apuesto Sawa (antes Sabba, con doble beta griega) al Madrid galdosiano y fantasmagórico -según Ortega- de la Restauración. Anhelaba pertenecer a la redacción de un periódico influyente y frecuentar los centros del saber: La biblioteca Nacional por las mañanas, el Congreso de los Diputados por las tardes y el Ateneo por las noches, dice Carlos Alvarado, protagonista de su novela cuasi autobiográfica Declaración de un vencido.

Más tarde anduvo por París y se codeó, exaltado, con los escritores de renombre de la época, tales como Paul Verlaine o Alphonse Daudet, con quien tenía un llamativo parecido. Allí vivió con desenfreno y apenas trabajó. Nunca dejaría luego de añorar su estancia parisina.
Pero el apuesto y elegante Alejandro Sawa no podía ser dichoso. Su temperamento pasional y libertario y su sino trágico le fueron trazando penalidades y desdichas sin cuento y, a la postre, pusieron fin a su vida al filo de los cuarenta y siete años.

En una carta a Darío leemos la confesión siguiente: “Hijo de griego y descendiente de griegos mi vida no sería inferior como tema al de un Sófocles que la narrara en forma teatral, porque yo soy un Edipo abandonado en la mitad de un camino cualquiera que no conduce a ninguna parte”.

Entre los numerosos papeles inéditos se hallaba su Diario de esperanzas y tribulaciones.







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