Martín-Miguel Rubio Esteban
MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.
mirada escolástica
ARCOmadrid_ 2011
Ahora que la pasión por la libertad (¿qué libertad? ) ha sustituido la belleza y su expresión en las Bellas Artes, casi todo objeto artístico deviene en fraude y el más ignorante e incapaz se autodenomina artista. Cuando la belleza y su expresión eran porfías constantes en las Bellas Artes, la necesidad de dominar las reglas técnicas de la perspectiva espacial y la descomposición de la luz, o la fusión de los colores, impedía a cualquier pintamonas hacerse admirar como artista. Pero cuando una libertad metafísica, siempre ininteligible, es la fuente de las Bellas Artes, como ocurre en la actualidad, nos explicamos perfectamente que una vez más la Feria de Arco no pase de ser un largo elenco de pintamonas en general. Quizás con algunas excepciones, que aquí comentamos. Y el que la adorable e indesmayable Esperanza Aguirre Gil de Biedma — ánimo, Esperanza, estamos todos contigo — sostenga que esta Feria Internacional de Arte Contemporáneo es un éxito de mercado, no contradice la baja calidad de sus muestras, ridículas en su mayor parte, sino que confirma la pérdida del gusto, del sentido común y la oceánica ignorancia plástica de inversores, compradores y galeristas aupados desde la noble venta de botijos manchegos y castellanos. Quizás los productos infumables puedan explicarse por galeristas deplorables y bárbaros. No sólo faltan artistas, faltan también los Visconti, Sforza, Este, Montefeltro, Gonzaga, Malatesta, Médicis, Borgia o Bentivoglio.
Mitsuo Miura, con Sin Título, 2006, Acrílico sobre tela, nos construye un cegador centro eclosionado en donde convergen radios lineales polícromos que buscan la sombra y el sosiego de la libertad en los márgenes del cuadro.
Harland Miller, con su impresionante acuarela, gouache y lápiz sobre papel Death-What´s in it for me? (2010) nos introduce en una borrosa escatología urbanita de pingüinos pasmados y colores gastados, quinquagenarios y macilentos.
Melvin Martínez, con sus Flowers(2010) nos instala en un jardín a base de botes de pintura consumidos y manchados, y pinceles sucios transformados en capullos enhiestos de primavera. Quizás a los mismísimos Ictino y Calícrates les pareciera bello su equilibrio sin viento.
Leon Golub, con su Agent Orange (1993), acrílico sobre lienzo, nos representa una humanidad enferma y estereotipada, de sonrisas oscuras, con perros de caza y tacones de frívolo dibujo. Gran cuadro por su resolución de las figuras sombrías.
Minaco Aba, en su Scene no.22 (2010) nos presenta un locus amoenus sannazarista, en donde casas blancas, tejados violetas, verdes prados y ríos de púrpuras cenicientas se estremecen en una euritmia perfecta de novela pastoril sin rebaños. Bucolismo urbano oriental.
Ouyang Chun, con su Whaling ships No. 4 ( 2006), óleo sobre lienzo, exhibe un ballenero sin masteleros, de mala catadura, de sangre sombría e infernal amenaza erizada de tridentes y guadañas, bajo un cielo de batalla total y apocalíptica.
Troels Wörsel, en su xilografía Untitled ( Horse Frame ) I (2010), evoca la salida a la vida y a la libertad de un precioso caballo de raza ( y de carreras ) parido y elaborado, fabricado, en un taller de geometrías y matemáticas abstrusas.
So-Young Choi, en su Landscape of snow (2010) evoca una uniformidad industrial de nieve sobre un paisaje infinitamente edificado, en donde el frío no es ya naturaleza sino pura circunstancia cromática de un artificio glacial multiplicador.
Wolfgang Petrick, en su Scooter Attac ( 2007-2010 ), en acrílico, oleo y tinta sobre lienzo, representa una humanidad de tecnología en descomposición, en donde los héroes y las heroínas de la modernidad se debaten en los lugares imposibles que dejan los trastos y la herrumbre.
Rita McBride, con sus Perfiles (2010), levanta una iconografía de velocidad, entre corre-caminos y canguros-dioses de mitología maorí.
Jorinde Voigt, en Grosse Melodie/Horizon, en tinta, lápiz y lápices polícromos, parece brindarnos un ejercicio euclidiano de simetrías policleteas. Hermoso dibujo, sin duda.
Max Bill, en su litografía Quinze variations sur un même thême (1938), retiene aún esa inocencia genial y encanto intelectual de las vanguardias, en donde el esquema geométrico nos propone universos y pequeños sistemas que todavía anhelan el milagro de la belleza.
Juan José Olabarría, con La Torre de David ( 2010 ), en terracota, nos presenta una arquitectura armónica a pesar de su dureza implacable, pero en donde una firmitas desapacible no consigue eliminar un efecto óptico de venustas, rematada en una columna minoica como acrotera.
Neo Rauch, con Kalter Mai (2010), óleo sobre lienzo, parece hacer una remembranza de un modernismo neorrealista, en donde el Almuerzo a orilla del río, de Renoir, nos recuerda que no llegamos a la gracia de la belleza que él conseguía, pero que la anhelamos continuamente. Cuadro dedicatoria de un grande. Homenaje.
Alexander Calder, con Model for Rosenhof (1953), nos propone un grácil monumento estelar, un ansia de libertad cósmica, un cohete nacido para el infinito, para el silencio de las esferas, lanzado a la belleza inteligible de una ciencia aún newtoniana.
Rebeca Menéndez, en s/t (2010) nos lleva a los frisos de los templos perípteros, a las metopas de los templos anfipróstilos, en donde el movimiento se compone no de fotogramas, sino de instantes en sucesión eurítimica, suave, humanísima, como un vals de kórai imperecederas.
Kazuo Siraga, con su Chijusei Shizenhaku (1961), nos propone dos logogramas superpuestos, una superposición sobre rojo violento que se convierte en un fraseograma lleno de fuerza explosiva, telúrica, arrebatada, bellísima.
Lucy Stein, en Benidorm (2010), óleo sobre lienzo, nos presenta una escena playera con figuras que recuerdan a Henri Matisse, y donde se busca un intencionado anacronismo entre la dama que pasea con vestido largo, sombrero y sombrilla, y la bañista, con peinado Penagos, que limpia de arena su culo rotundo y apetitoso con la ducha.
Alexander Calder expone un Sin título (1960), hojas de metal pintado y cable, manoseado vanguardismo, que sugiere un grácil artefacto de colores primarios que podría navegar e internarse como máquina voladora en el espacio surgido en cierta filmografía de los años 30.
Tony Cragg, en Points of View (2007), bronce, nos presenta tres columnas cuyo orden se desdibuja o borra en un entero estremecimiento que domina de la basa al capitel y casi estrangula los éntasis.
José Pedro Croft, con su Sin título (2010), aguafuerte, aguatinta y ruleta, nos propone un pentágono rojo, irregular e incompleto, como un verso acéfalo y anacrúsico que podría recordar a Kupka.
El genial Giorgio Morandi, en Natura morta (1957), óleo sobre lienzo, nos presenta un magnífico bodegón de tonos pastel, que evoca otros bodegones propios desde 1918, y manifiesta una evolución cada vez más realista.
Allen Jones, en Tumble, 2009, óleo sobre lienzo, expresa una escena de locura plástica con mesas de club rotas, hombre lanzado al espacio, y cabaretera semidesnuda bajo una implacable luz amarilla y fondo celeste. Desequilibrio armónico.
Folkert de Jong, con su Little Princess, (2009), poliestireno y poliuretano expandido pigmentado, parece parodiar de forma nauseabunda, terrorífica y kitsch, aunque artística, el sublime David o Mercurio de Donatello. Aquí la cabeza de Goliat o la de Argos son dos calaveras repugnantemente rosas.
Carlos Aires, en Llorando, (2010), presenta un yacente barroco, estofado y llorado por un centenar de cuchillos de cocina. Y dado que el tamaño de un artículo, aunque sea de periódico digital, no permite extenderlo hasta el opúsculo, sólo citaremos, finalmente, a los otros quince artistas que por su obra presentada merecen ser citados. Antonio López García, José Noguero, Marine Hugonnier, Peter Zimmerman, Chen Wenbo, Tony Bevan, Willem Besselink, Ryan McGuiness, Rafael Grassi, Jean Arp, Henri Laurens, Belén Uriel, Alexander Duravcevic, Tatiana Stropp y Haim Sokol.
Dalí tenía razón cuando afirmaba que los rusos tienen los ojos ciegos como la nieve.
Nos sorprende que Esperanza Aguirre cite a Wifredo Prieto, quien trae una obra, Matemática pura (2007), más propia de hedionda sentina, infame albañal, atarjea mefítica o simplemente coprofilia interrogadora, o coprorrea canina, símbolo sin duda del arte presente.




