La historia del insoportable, ambiguo y genial Morrissey
viernes 01 de mayo de 2009, 21:09h
Morrissey está a punto de cumplir los 50 años y aún no ha crecido. Sus excentricidades y sus miedos le convierten en un bicho raro que en la música lo ha conseguido casi todo. Autor de algunas de las mejores canciones de la historia, como reconoce la crítica, reconoce vivir atormentado por su fracaso en el amor y una depresión crónica.
Aún conserva el pelo suficiente para peinar, aunque con canas, un abultado tupé. Ha engordado, pero los años no han podido con su falta de pudor y mantiene la costumbre de lanzar la camisa al público cuando acaba un concierto. De hecho, la fotografía que ilustra la portada del primer sencillo de su último álbum, “Years of refusal”, muestra al cincuentón y a sus músicos al desnudo, con un vinilo de siete pulgadas que esquiva a la censura y custodia la fama de provocador nato de Mozz -así le llaman sus incondicionales-. Mentón sobresaliente, patillas y la chulería de antaño. El mismo tipo al que gusta parecer inquebrantable y duro, pero que se sabe sensiblero y que canta al amor no correspondido, a la soledad padecida y a la tortura de recordar que cualquier tiempo pasado fue peor, pero no mucho mejor que el venidero. La próxima será la enésima ocasión en la que anuncie una retirada, pero sabe que su única forma de expresión eficaz consiste en cantar su vida, y dejar de hacerlo es abandonar la idea de sentirse vivo.
Steven Patrick Morrissey es inglés por casualidad –sus padres, irlandeses, emigraron a Inglaterra poco antes de su nacimiento-. Mantuvo una estrecha relación con su madre desde pequeño y tensa e incluso a veces inexistente con su padre. Sus primeras influencias musicales y literarias forjarían su personalidad de por vida, como los grupos femeninos de los 60s, las películas de James Dean o la lectura de Oscar Wilde e incluso Goethe. Su talento era desbordante, así como su fortaleza física, que le ayudó a superar las peores consecuencias del acoso que sufrió en la escuela por su inusual sensibilidad y dificultad para integrarse. Ya alejado de aquellos años de rechazo (“Years of refusal”) reconoce que se sintió solo y presionado, y que sólo la música, la lectura y algún que otro medicamento le sirvieron de refugio. A escasos días de cumplir medio siglo no puede congratularse de que las cosas hayan cambiado demasiado.
El grueso de los 80s formó parte de los Smiths, una banda que la crítica sitúa en el germen del indie y el britpop de los 90s y fuente posterior del sonido de grupos como Oasis o Blur. No sólo sorprendió su sonido, también las continuas referencias literarias y cinematográficas en las letras o en las portadas de los álbumes. La polémica, la controversia y la provocación a los más puritanos y a toda autoridad no cesaron. Fue en los 90s cuando comenzó su carrera en solitario, con mucho por decir y con incunables de la música ya a sus espaldas gracias a una genialidad aún casi sin explorar y que auguraba lo que el paso de los años ha subrayado.
Todo lo que calló en su infancia lo ha cantado por escenarios de todo el mundo. Sus letras son tan personales y las referencias a episodios vitales tan concretas que cuesta creer que encajen en melodías redondas y optimistas. Apaga su apariencia chulesca con letras desgarradoras en las que admite el fracaso y niega la valía de millones de incondicionales por todo el mundo cuando declara que morirá solo, y que lo peor de todo es que está acostumbrado, y es así como quiere acabar su vida. En su última gira, que aún le lleva por decenas de ciudades de todo el planeta, un seguidor le gritó: “Te quiero Morrissey”. Él respondió: "No se me puede querer, soy como un perro callejero, no hago caso". El perro viejo Morrissey no cree en la esperanza y se regocija en el dolor hasta el punto de parecer que desea que quede como firma y seña de identidad. Tal es su fracaso en el amor que en alguna ocasión se ha declarado asexual –algunos lo han llamado "la Thatcher del britpop"-. Ese fracaso en el amor ya lo cantaba como líder de los Smiths en 1984 en su “How soon is now”, considerada una de las mejores canciones de la historia de la música junto a “There is a light that never goes out”, obra maestra del artista.
Este rudo británico es débil. Por eso sus canciones son rudas y son débiles. Buen ejemplo de ello es “I'm Throwing My Arms Around Paris”, el último de sus éxitos. En él aparca la estridencia y, por enésima vez, confiesa que nadie le quiere: “I`m throwing my arms around Paris because only stone and steel accept my love” (“Extiendo mis brazos alrededor de París porque sólo el acero y la piedra aceptan mi amor”).
Otra obsesión y refugio de Mozz son las ciudades. Si en su anterior trabajo, “Ringleader Of The Tormentors” (2006), abrazó a Roma para aplacar su dolor, es en el último París el bálsamo de su sufrimiento, y donde vivió y compuso durante una temporada, como ocurrió en Londres o Los Ángeles. Su pasión irracional o rechazo exacerbado hacia sus guaridas le han llevado a meter la pata en alguna ocasión. Durante su estancia en Los Ángeles escribió “America is not the world”, en la que afirmó que Estados Unidos nunca tendría “un presidente mujer, negro o gay”. No tardaría en alabar lo que antes rechazó y terminaría rendido ante la grandeza de la primera nación del mundo, aunque nunca ante George Bush, contra el que arremete por sus “artes” para la guerra.
Un punto caliente más en la biografía de Morrissey es su amor-odio hacia Inglaterra. Desde Margaret Thatcher a Tony Blair no ha parado de reprobar a los políticos de su país. Buena cuenta de ello da su canción “Margaret on the guillotine” (“Margaret en la guillotina”) que no pocos problemas le trajo con las autoridades. Se le ha tachado de traidor a la patria, y en otras ocasiones de patriota. En este sentido tampoco ha faltado a su cita con la controversia: si la prensa criticaba su ambigua relación con Inglaterra, él recordaba que, en realidad, es irlandés. Este pique se zanjó con con “Irish blood, english heart” (“Sangre irlandesa, corazón inglés”), cuyo título no da lugar a la duda.
Además vegetariano y activista de la causa. Desde los once años es un ávido defensor de los animales y conocido es su apoyo incondicional a PETA. En 1985, The Smiths cantaron “Meat is murder” (“La carne es un crimen”), y no ha dado un solo paso atrás sino todo lo contrario. En un reciente concierto en California, Morrissey se marchó del escenario en mitad del espectáculo para desconcierto de los asistentes. Le había ofendido oler “carne quemándose”. Y era cierto, a escasos metros del escenario cocinaban asados para dar fuerza a los asistentes al festival en el que participaba. “Ruego a Dios que sea carne humana”, dijo el artista.
Celoso de su trabajo y de todo producto con su rostro y voz, el cantante pidió a sus fans que, si lo querían, no compraran "el chapucero lanzamiento de “Morrissey live at the Hollywood Bowl”, un concierto brillante pero que Warner produjo sin el consentimiento del protagonista. “Es el trabajo de unos sacacuartos e insto a la gente a que no lo compre. Por favor, gasta tu dinero en cualquier otro sitio. Gracias”. Y es que Morrissey ha controlado obsesivamente cada paso dado de su carrera en los últimos años, firmando acuerdos para cada disco y asegurándose de que los derechos permanecían bajo su control.
Es la personalidad de una estrella arrogante y en ocasiones insoportable incluso para los que nunca le fallan. Es la “cara b” de un veterano que tiene la suerte de conservar la fuerza, la voz y la creatividad de su juventud, con el valor añadido de la experiencia. Su último disco, recién salido del horno, es uno de los mejores y denota que lo mejor puede estar aún por llegar. En él, de nuevo letras lacrimógenas envueltas en melodías optimistas -en ocasiones muy rockeras- y en las que, en este punto de su trayectoria, se atreve a preguntarse que por qué no aceptar lo que le ocurre si, en el fondo, le gusta vivir así.
Morrissey es, es definitiva, un tipo raro en cualquiera de sus definiciones. Es el perfil y la historia inacabada de un superviviente de los 80s que come terreno y da lecciones a muchos de los recién llegados a la música. Su gancho reside en su eterna juventud, en ser un perfecto desconocido que aún guarda ases en la manga, a pesar de su medio siglo de vida. Él lo resume así: “The past is myself, and the past never dies” ("El pasado soy yo, y el pasado nunca muere").
There is a light that never goes out
I'm throwing my arms around Paris
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