Entre adoquines
Pozuelo de Alarcón
Cuando llegué a Pozuelo, hace más de 30 años, todavía quedaban muchas huertas y rebaños que pastaban a sus anchas entre los primeros adosados que empezaban a amenazar el paisaje. A la Casa de Campo se llegaba caminando tranquilamente por un verdadero campo sin las “ampliaciones” de cemento y de ladrillo nacidas de las recalificaciones de un suelo hasta entonces plantado de pinares, eucaliptos y olmos centenarios. La leche de La Priégola, envasada en elegantes botellas de cristal, la recogías en la puerta de tu casa nada más levantarte y cuando el viento soplaba desde la granja situada cerca de la actual mole del Hipercor, por muy lejos que estuvieras, el aire te traía sin complejos el olor de las vacas y de su estiércol.
Hace también tres décadas todavía quedaban “hoteles”, esas casas de veraneo de la burguesía madrileña que acudía a refugiarse del calor de la capital en el llamado por entonces “primer pueblo de la sierra” y a beneficiarse de sus aguas claras de las que se decía que poseían grandes cualidades medicinales. Algunas de esas casas ya empezaban a abandonarse sin remedio a la espera de un acuerdo hereditario del que todos los sucesores sacaran provecho de la venta del solar, un codiciado pedazo de tierra que, una vez demolida la sofisticada construcción, acabaría por acoger una docena de adosados colocados como fuera para no dejar sin edificar ni un solo metro cuadrado.
Pero Pozuelo de Alarcón, antaño jurisdicción señorial de la noble familia que le dio el apellido, ya sabía, por desgracia, lo que era ser arrasada antes de que llegaran las edificaciones que todo lo han cubierto. Durante la Guerra Civil el pueblo tuvo que ser evacuado porque quedó dentro de la línea del Frente y los fuertes combates hicieron que, acabada la contienda, el pueblo recibiera la declaración de “Adoptado” para ser reconstruido con fondos estatales. Y lo cierto es que entre los caserones de veraneo de los ricos, algunos auténticos palacetes de los que no queda ni el recuerdo, y las humildes casas de los agricultores y ganaderos, pozueleros de toda la vida, el pueblo recuperó un encanto que, por supuesto, no duró mucho. Sólo hasta que el clásico afán especulador de los españoles, que parecemos no concebir un horizonte sin grúas, le cambió el honorable título de “primer pueblo de la sierra” por el actual y mucho más cutre de “último barrio de la capital”. Bendito progreso.
Muchos me acusarán de trasnochada melancolía y seguramente tengan razón, porque, a pesar de todo, reconozco que en Pozuelo se han respetado las alturas y se puede presumir de muchas zonas verdes, nada que ver con otros municipios de las cercanías de Madrid. En todo caso, en este “barrio” de más de 80.000 habitantes, igual que en el resto de España, no son buenos los tiempos que corren. Las vacas flacas se han llevado los ladrillos nuevos y los carteles de “Se vende” salpican el paisaje de los pareados de lujo que antes del verano se vendían a más de un millón de euros y ahora se ofrecen amueblados por 800.000. Encima, el ex alcalde Jesús Sepúlveda ha tenido que dejar el cargo a causa de una presunta corrupción, con su apellido y su honor ligados a un sospechoso Jaguar, y desde principios de esta semana, las modelos de una agencia reclaman frente al Ayuntamiento los 17.000 euros que el consistorio adeuda desde octubre a la empresa que las contrató para la organización de un evento dedicado a la moda en el municipio. La más expresiva era, sin duda, la pancarta que portaba Lenka, una de las jóvenes modelos: “No soy un banco ni una financiera. Soy una trabajadora autónoma y quiero mi dinero”.




