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Un gran y noble centenario : El Centro de Estudios Históricos

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 02 de agosto de 2010, 19:15h
“El Centro (de Estudios Históricos) y sus investigadores se empeñaron en modelar un nuevo tipo de nacionalismo científico que, importando los métodos y formas europeas, donde ya habían servido para construir una historia nacional, diera carta de naturaleza a una nueva visión de la historia de España que sirviera de contrapunto al desafío de los emergentes nacionalismos catalán y vasco y fuese capaz de competir en condiciones de superioridad con la historia nacional católica u otras concepciones románticas dominantes en la historiografía del siglo XIX”.

Bien que la finalidad esencial del gran organismo cuyo centenario se conmemora en el presente año de 2010 no se ajustara a lo afirmado por autor del precedente juicio –el joven y ya muy notable investigador J. M. López Sánchez, al que se debe un gran libro sobre el CHI, aparecido en Madrid ha un cuatrienio-, su aseveración rinde justicia a la sumamente valiosa obra desplegada por el organismo rectorado durante su corta y fecunda existencia -1910-1936- por D. Ramón Menéndez Pidal.

El que el Centro se fundara y funcionase, en buena parte, a la medida de los hábitos e ideas del gran patriarca de la Filología y la Historia españolas de la primera mitad de la centuria precedente indica ya de manera sobrada que ningún aconfesionalismo y menos aún ningún espíritu anticatólico guiaron sus pasos. Nacido y educado en una familia de hondas convicciones tradicionales, discípulo muy estimado y altamente valorado por Menéndez Pelayo y casado con una mujer honda y recatadamente religiosa, el autor de La España del Cid no dirigió ningún vector de su prodigiosa obra a modo de brulote contra las creencias católicas, antes al contrario. Numerosos entre sus incontables colaboradores no ocultaron, llegada la ocasión –en el contexto, por fortuna, de un país más inhibido y decoroso a la hora de expresar los sentimientos íntimos que el alhacariento de nuestros días- su ideario de raigambre cristiana, y en el propio Centro la colaboración de insignes figuras como el arabista valenciano D. Julián Ribera o su discípulo predilecto, el sacerdote aragonés D. Miguel Asín Palacios, maestro idolatrado, a su vez, de D. Emilio García Gómez, trabajaron a pleno rendimiento hasta una malhadada y muy hispánica crisis, imposible aquí siquiera de sintetizar.

Pero, naturalmente, lo único importante en la hora de esta tan merecida celebración –transcurrida, a la fecha, con la grisaciedad y basto oficialismo característicos de tales eventos en las esferas estatales- es resaltar la copiosa cosecha de serondos frutos que en casi todos los campos de las materias ya mencionadas se entrojaron del lado de la cultura española de la época, plenitud en parte –periodo dictatorial, a los efectos aquí registrados, plenamente incluido- de la llamada “Edad de Plata”. Con austeridad franciscana o institucionista –perfectamente equiparable en esta punto-, vocación tremente, limpio talante patriótico y ambición científica inembridable, la amplia y plural gavilla reclutada en torno a D. Ramón Menéndez Pidal llevó a cabo una tarea que, a un siglo de distancia, llama aún al asombro.

En tiempos en los que el deporte de masas se consolidaba lentamente en los principales núcleo urbanos y en que las glorias militares de antaño estaban reducidas al modesto aunque encarnizado teatro magrebí, la España de los años diez fue conocida en el mundo por algunas personalidades relevantes en el plano científico y humanístico; éstas últimas en gran número integrantes o cooperadoras de la institución que hoy pone una nota de color y de gratitud esperanzada en un desvaído horizonte cultural.
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