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¿Crisis? Llamémosla ruina

José María Herrera
sábado 28 de abril de 2012, 21:26h
Yo esperaba que la crisis, por usar esta palabra llena de esperanza, serviría para algo. Sin embargo, tras varios años dándole vueltas al asunto, no sólo estamos peor que antes, sino bastante más confundidos. Hemos barajado todas las posibilidades tanto en lo referido a las causas como a las medidas que hay que tomar para salir del atolladero, pero seguimos donde al principio. Cualquiera diría que hemos caído en unas arenas movedizas y que cada día que pasa nos estuviéramos hundiendo un poco más. El problema se ha enconado de tal forma que resulta inevitable preguntarse si no lo estaremos planteando mal. ¿Habrá que atribuir nuestro desconcierto a la incapacidad para mirar fuera del círculo de ideas desde el que tratamos de comprender la situación? Quizá hayamos excluido demasiado a prisa la posibilidad de que en vez de una crisis, una dificultad transitoria en una Historia que progresa indefectiblemente, estemos asistiendo a un hundimiento gradual del modelo, fruto de lo cual es esta impotencia que nos paraliza.

Mientras que los economistas pretenden ver en los hechos sólo leyes y necesidad, los políticos insisten con razón en que lo que hay detrás de todo esto son feroces luchas de poder, un poder cuya naturaleza sin embargo se le es escapa al interpretarla en claves locales y no en el sentido de una distribución de fuerzas históricas. La causa de la crisis que reina en el sistema no es la anarquía de unos mercados dominados por el deseo de ganancia o de bienestar. Esta clase de deseos tienen su importancia, pero en la Historia son siempre algo secundario frente a la voluntad de poder. No tomar en cuenta la lucha de fuerzas en que ésta se manifiesta tal vez sea la causa de que apenas se cuente con la posibilidad de que puedan jerarquizarse de forma distinta a como hasta ahora lo han hecho. A nosotros, los occidentales, nos gusta imaginar que toda nueva distribución de fuerzas sucederá sin menoscabo de nadie. Al fin y al cabo, progreso significa incorporación gradual de los pueblos a un bienestar que juzgamos irreversible, pero: ¿se trata en verdad de algo irreversible?

Tanto los analistas económicos, un gremio que ha convertido el error en rutina, como los políticos, a quien confiamos la gestión de una situación que ellos mismos han contribuido a magnificar, niegan que vayamos a la deriva. Creen que la crisis es un episodio pasajero, del que saldremos fortalecidos, y perseveran por eso en los mismos principios que nos han conducido hasta aquí. Lo asombroso es que todo esto ocurra en Europa, donde hasta hace poco nadie ignoraba lo difícil que es que un rico pase por el ojo de una aguja. Aunque ya nadie duda de que nuestra forma de bregar con la necesidad ha sido un disparate –disparate es obrar como si absolutamente todo fuera necesario-, no basta con culpar de ello a una mala gestión, pública y privada, pues esta ha sido la expresión tangible de un modo de entender las cosas al que, sin embargo, tampoco ahora se quiere renunciar.

Mantener la confianza en la posibilidad de volver a una situación de prosperidad como la que hemos conocido es absurdo. Haría falta un auténtico milagro. El mundo ha cambiado en los últimos tiempos mucho más deprisa de lo que imaginamos. La riqueza y el poder ya no son patrimonio de Occidente. Hay otros invitados a la mesa y los mismos alimentos en ella. No se trata, pues, de aprender a vivir temporalmente con menos, sino de querer menos, o sea, de aprender a querer.

La palabra ruina del título es, desde luego, una exageración. Nuestra sociedad no se va a hundir de un día para otro. Tenemos mucho margen porque continuamos siendo muy ricos. Otra cosa es que experimentemos como pobreza nuestra riqueza. El dinero sirve para comprar lo que no se tiene y en Occidente abundan las carencias. Es lo que pasa cuando se pierde el sentido de los límites, cuando todo depende de una voluntad que se considera omnipotente. Somos muy poderosos, no hay duda, pero estamos tan bien informados de cómo funciona el mundo como aquel caudillo mogol que le escribió al papa Inocencio IV una carta invitándole a visitarle en compañía de su señora. Algún día sabremos, y cuando lo hagamos entenderemos que los pueblos no tienen más derechos que los que pueden costearse.
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