Antonio Hualde
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación José Ortega y Gasset.
EPPUR SI MUOVE
Mentiras históricas
El cine de los últimos años ha encontrado un auténtico filón en dos temas absolutamente recurrentes: fenómenos paranormales e historia, cuando no una mezcla de ambos —recordemos la exitosa saga de Indiana Jones-. Nada que objetar al primero, toda vez que la pasión del hombre por lo desconocido le empuja a adentrarse en aquello que teme, y que al mismo tiempo le provoca una indudable atracción. Pero en lo que respecta al segundo —la crítica francesa acuñó un término para referirse a ellas: peplum-, asistimos últimamente a una copiosa producción de un género cuestionable. Si de lo que se trata es de entretener, no cabe duda de que el objetivo se consigue con creces. Películas como “Troya”, “El Reino de los Cielos” o “Gladiador” hacen pasar un buen rato... siempre y cuando el espectador aspire a eso y nada más.
Porque si pretende extraer alguna enseñanza histórica, más le valdría echar mano del libro más cercano. Así sabría, por ejemplo, que el general hispano Máximo, protagonista de “Gladiador” nunca existió. Sí lo hicieron Marco Aurelio y su hijo Cómodo, el cual fue un auténtico desastre como gobernante, pero tuvo un final bastante menos pomposo que el de la película —fue muerto por su propia guardia-. Es cierto también que, en ocasiones, gustaba de bajar a la arena para luchar contra los gladiadores, pero es de suponer que su vida no correría peligro alguno. Y el pequeño que hace el papel de su sobrino Lucio Vero no era tal, sino su tío en realidad —hermano adoptivo de Marco Aurelio-, y a la sazón, algo más talludito.
No obstante, la que se lleva la palma es “El Reino de los Cielos”, de Ridley Scott. Con un trasfondo tan sugerente como las Cruzadas, pocas veces se le han dado tales patadas a la Historia. En primer lugar, el papel de los templarios. Por poco que uno se documente sobre el tema, sabrá que los famosos “monjes-guerreros” fueron valerosos y diestros en el combate, los mejores. También los hubo algo menos duchos, como el Gran Maestre Gérard de Ridefort, uno de los cupables de la derrota de las huestes cristianas en la “batalla de los Cuernos de Hattin”. Gérald no aparece en la nómina del filme, y sí en cambio Reinaldo de Châtillon, que no era templario sino caballero francés. Y además, el protagonista, Balian de Ibelin, ni venía de Europa, ni estaba enamorado de la princesa Sibila ni hacía discursos laicos. Estaba felizmente casado con la viuda del rey Amalarico I, de Jerusalén, a quien sucedería el joven Rey Leproso Balduino IV (de quien era madrastra).
Disfrutemos, pues, en el cine, pero aprender, lo que se dice aprender, a Salamanca.




