RESEÑA
Élmer Mendoza: La prueba del ácido
domingo 23 de octubre de 2011, 13:52h
Élmer Mendoza: La prueba del ácido. Tusquets. Barcelona, 2011. 248 páginas. 17 €
Al margen de valoraciones, hay algo que no se le puede discutir a Élmer Mendoza (Culiacán, México, 1949) y es que Élmer Mendoza es un tipo atento, con buen ojo. Uno puede estar tentado a confundir ese buen ojo con el instinto, sobre todo porque, desde el romanticismo, siempre tenemos la tendencia a buscar en el artista (que antes era el escritor, el pintor o el violinista y hoy también lo son el sastre o el repostero) una intuición irracional, algo que lo distinga del resto y que sea la impronta que legitime sus aspiraciones a crear lo que se ha dado en llamar una obra. No digo obra de arte, porque eso ya no se dice y puede ser mal interpretado.
Escritor tardío, al menos en esto de la novela, Élmer Mendoza sabe ver con claridad ciertas cosas que, aunque evidentes, no siempre son manejables. Ha sabido ver, por ejemplo, que en el México de principios del siglo XXI la novela, o un cierto tipo de novela, solo puede girar alrededor de la guerra contra el narcotráfico, uno de los conflictos más representativos –por su forma, semioculta, urbana y casi absolutamente apolítica, en el sentido ideológico- y sangrientos de nuestra época. Ha sabido ver que ese conflicto encontraba una forma de expresión especialmente válida en la novela policíaca, que quizás sea el único género autóctono del siglo XX en literatura. Ha sabido ver una forma de contar esa historia desde dentro, sin recurrir al moralismo o al periodismo y sin renunciar a la denuncia.
Mendoza ha sabido ver también cuáles son los pilares de su género. Ha sabido ver que Hammett convirtió al detective en un tipo duro, que Chandler le dio un giro sentimental, que Thompson le quitó el aura de majestad y le arrebató su derrota invencible y que los últimos capítulos de la historia del género se han escrito en forma de guión para la CBS. Esto último, narrativamente, es peligroso. Aquí deja una pretensión de construcción coral que le cuesta al relato la intriga, que se vuelve dispersa y hasta, por momentos, forzada. También deja algunos trucos, destinados a encadenar con futuras entregas –La prueba del ácido ya es una continuación de su anterior Balas de plata- que resultan más digeribles en una serie de televisión que en una novela. Esto Mendoza debería saberlo –sin duda lo sabe- pero lo asume: los géneros son un código a respetar. Los juegos, al final, son el conjunto de sus reglas.
A cambio, la novela ofrece un paisaje bien definido, no tanto en lo físico como en lo moral. Nos deja algunos personajes magistrales, como un ex boxeador alucinante que cruza la novela casi de cabo a rabo, a la carrera, igual que un conductor suicida que remonta el tráfico y acaba estrellándose al pie de una montaña. También algunas frases redondas -Mendoza, aparte de ojo, tiene buen oído para la oralidad- y un protagonista, el Zurdo Mendieta, que, como Hamlet, tiene su esencia en la duda, pero que, como hijo de su tiempo, sabe o sospecha que dudar con una pistola en la mano es otra forma de dudar.
Por Miguel Carreira