RESEÑA
John Connolly: Más allá del espejo
domingo 05 de febrero de 2012, 14:13h
John Connolly: Más allá del espejo. Traducción de Carlos Milla Soler. Tusquets. Barcelona, 2011. 176 páginas. 15 €
John Connolly sabe cómo ganarse la simpatía del lector. Su detective, Charlie Parker, es un individuo agradable, pero no empalagoso; lleva el ingenio amartillado en la lengua, pero no tiene interés en hacerse pasar por un tipo divertido. En las novelas policiacas, ya se sabe, el detective es la mitad de la novela. Es un compañero de habitación al que vamos a tener que soportar durante un tiempo, así que más vale que nos caiga bien. Esta es ya la novena novela con Parker de protagonista, así que los lectores asiduos no se verán demasiado sorprendidos. Para estos diremos que la veta sobrenatural que Connolly ha empezado a explorar está más limitada que en otras ocasiones, aunque conserva una importancia capital.
Parker empezó -y en cierto sentido se mantiene- como un detective al uso clásico. Aunque Connolly es irlandés, Parker vive y actúa en Estados Unidos, donde ha aprendido a comportarse según los códigos de la novela negra americana. En los mejores momentos, Parker recuerda a los clásicos, a los personajes de Hammett, especialmente a Nick Charles, cuya influencia parece evidente en las escenas de vida conyugal. Siguiendo en la línea de los clásicos, decía Chandler que Hammett había devuelto el crimen a sus legítimos propietarios, a aquellos que matan porque tienen un interés en ello, y lo contraponía a la novela detectivesca anterior, aquella en la que el crimen es únicamente el resorte que pone en marcha el mecanismo con el que el protagonista ejercitaba su inteligencia deductiva.
Con Connolly las motivaciones del crimen se vuelven un poco más difusas, en ellas el ambiente es mucho menos depravado que en las novelas de Chandler, Thompson o Himes -aunque la violencia puntual, quizá por eso mismo, puede llegar a ser mayor- y, en general, el crimen parece haberse aburguesado respecto a estas. Connolly es consciente de ello, es más, ha aprendido a sacarle partido y a utilizarlo con ironía tanto en situaciones (Parker se cita con su cliente en un ciber café), como en los diálogos, para los cuales posee una indudable habilidad. Sin embargo puede que, detrás de la infiltración de elementos fantásticos, se oculte un titubeo del autor acerca de la efectividad que puede llegar a tener una novela negra, en la que la primera pistola aparece allá por la página ciento cincuenta, empuñada, además, por un personaje que no parece demasiado dispuesto a usarla.
Como siempre, Connolly se lee bien. La prosa es sencilla, pero el autor no se siente particularmente obligado a ceñirse a frases de un solo verbo como recurso para demostrar que su detective es un tipo duro y cabal. El lector llega hasta el final casi sin darse cuenta -ayuda la brevedad de la novela- y es ahí donde se encuentra con un desenlace que dividirá las aguas. A un lado quedarán quienes queden convencidos y hasta encantados con la resolución, quienes la vean, de hecho, como la mejor parte del libro. Al otro, quienes se sientan un poco decepcionados, los que pensarán que se hacen demasiadas concesiones, los que crean que pesa demasiado la serialidad de las novelas.
Quizás en otra época Connolly habría escrito otro tipo de libros. Quizás hace cuarenta o cincuenta años Parker habría sido un tipo más cínico, más duro, más brutal. Pero corren tiempos nuevos y ahora los detectives cogen su pistola casi al final del libro y, entonces, resulta un elemento ajeno, afirman sentirla extraña y, a la vez, familiar en la mano. Corren nuevos tiempos y hoy las series de televisión aspiran a una unidad más allá de sus capítulos (en realidad esto pasa poco, y ahora estoy pensando más bien en The wire) y las novelas –también las buenas novelas- se ocupan del lugar que les toca en una cadena más amplia que no estamos muy seguros de a dónde nos va a llevar.
Por Miguel Carreira