RESEÑA
John le Carré: Una verdad delicada
domingo 23 de marzo de 2014, 14:58h
John le Carré: Una verdad delicada. Traducción de Carlos Milla Soler. Plaza Janés. Barcelona, 2013. 368 páginas. 22, 90 €. Libro electrónico: 10,99 €
Le Carré es uno de los clásicos de las novelas de intriga, donde se mezcla la política y la diplomacia, la devoción por la patria y los métodos más oscuros para obtener triunfos para el país, o sencillamente beneficios laborales o incluso económicos.
En el caso de Una verdad delicada, la obra tiene su origen en una misión especial que llevan a cabo diplomáticos y militares británicos junto a otros norteamericanos en Gibraltar, en el contexto de la lucha antiterrorista, en la llamada Operación Fauna. Hasta el Peñón había llegado un terrorista de Al Qaeda y el objetivo es neutralizarlo o capturarlo. Uno de los hombres que debe cubrir la operación es Paul Anderson (nombre falso), quien observará de parte del secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Fergus Quinn. La operación resulta un éxito y sin bajas, así cada uno regresa a sus antiguas funciones o a nuevos destinos.
El problema es que no todo había sido como lo contaron, y, de hecho, en la oscura noche de Gibraltar Paul prácticamente no veía lo que debía ver y había aconsejado no entrar donde finalmente ingresaron las fuerzas de la operación. Con el paso del tiempo se empiezan a develar algunas verdades delicadas, en la fórmula que utiliza el libro, incómodas e inaceptables, para algunos de los personajes centrales. Tres de ellos parecen dispuestos a hablar y a reconocer que ese día fueron asesinadas dos personas, una mujer musulmana y su hijo, y que toda la Operación Fauna era un verdadero fraude.
Ellos son Jeb, un militar que decide contar la verdad, ante la propia incapacidad de vivir con la mentira y el crimen cometido; Kit (quien había actuado como Paul) y se encontraba en un placentero retiro de una exitosa vida diplomática; finalmente, Toby Bell, un joven brillante que había servido de asistente personal de Quinn, pero que después había sido apartado del poder y de algunas funciones, pero que había logrado conocer parte de los vicios de la operación a través de una grabación secreta.
Por distintas vías que luego se unen, los tres procuran denunciar los hechos, que se sepa la verdad, en una especie de misión de autolimpieza de conciencia y también de higiene pública. Los resultados se van convirtiendo en progresivamente desalentadores: Jeb se suicida cuando ya se ha reunido con Kit y ambos avanzan hacia la verdad (en realidad “lo suicidan”); cuando Kit (Paul Anderson) va al ministerio a entregar la historia que conoció escrita por sus propias manos es amenazado de la manera más vil; finalmente, Tony Bell parece avanzar más, pero recibe una golpiza tremenda como un aviso de que esto no ha terminado, y que el silencio es el mejor camino para mantenerse con vida y tranquilidad. Finalmente recibe información decisiva de parte de Gilles Oakley, “el diplomático que lo hacía todo a medias y por fin se había jugado el todo por el todo”. Eso ya se acerca a la conclusión de la trama, que se lee con voracidad, especialmente desde la mitad de la obra en adelante.
Suponer que se trata de una historia de espías o de diplomacia podría conducir a error. En realidad, Una verdad delicada es una historia más bien personal y sicológica de algunos hombres (y mujeres, como se apreciará) de la diplomacia y el mundo público, que han visto o conocido cosas inaceptables moralmente, y que se plantean revelar a pesar de los juramentos de silencio y las supuestos o verdaderos intereses nacionales. Por lo mismo, el examen de conciencia -muchas veces con vacilaciones- es crucial, así como lo es asumir los riesgos y desafíos de enfrentar las trabas y recursos inmensos del poder político y económico. Al final del día, unos pocos hombres se deciden a obrar con valentía y con la verdad, también con sufrimientos, mientras la inmensa mayoría prefiere hacerlo con pragmatismo y pusilanimidad.
Quizá por eso algunas afirmaciones sirven de telón de fondo de una trama escrita con el oficio de quien sabe. Preguntas como “Hoy día, ¿quién actúa con honradez?”; sutiles sugerencias que contradicen “la búsqueda moralista de lo inencontrable”, repetidas “mentiras de conveniencia” y una ilustrativa referencia final a la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt nos conducen por una historia que vale la pena leer.
Por Alejandro San Francisco