www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÍTICA

Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy y Javier Sologuren: La poesía contemporánea del Perú

domingo 01 de septiembre de 2013, 13:14h
Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy y Javier Sologuren: La poesía contemporánea del Perú. Edición facsimilar. Estudio preliminar de Inmaculada Lergo. Ica, Biblioteca Abraham Valdelomar, 2013. 242 páginas. 20 €
Si alguna antología de poesía peruana tuvo para mi generación un aura de leyenda, ésa fue La poesía contemporánea del Perú. Publicada en diciembre de 1946 por Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren y Sebastián Salazar Bondy, esta antología nunca fue reeditada, de modo que en los años ochenta era de muy difícil acceso: agotada en las librerías de viejo, ausente en muchas bibliotecas y en los currículos universitarios, La poesía contemporánea del Perú ejercía desde su invisibilidad un magisterio que no tuvieron otras antologías más asequibles e incluso más generosas. No sabría decir con exactitud por qué, pero en aquellos años de toque de queda, apagones y asonadas terroristas, la poesía estaba viviendo un momento de crisis y era necesario abrir nuevos caminos. La restauración romántica que significó Hora Zero no era una salida viable; era necesario un proceso de absorción cultural, de apertura a otros lenguajes, de relectura de nuestra propia tradición. El descentramiento social que vivía el país tuvo (y sigue teniendo) su dramático correlato en el descentramiento del sujeto de escritura poética, quien ya no podía reconocerse en la figura de un autor único y reconocible, sino en las de varios que hicieron usufructo de las más diversas tradiciones, experiencias y lenguajes. De allí la voracidad con la que los jóvenes poetas leyeron la poesía peruana desde Vallejo hasta los poetas de la Sagrada Familia. ¿En qué tradición inscribirse?, ¿en qué autores reconocerse?

Estas preguntas fueron planteadas por todos aquellos que asumieron con seriedad su incipiente actividad literaria. Las antologías que entonces estaban a la mano (señaladamente Antología general de la poesía peruana, de Salazar Bondy con Alejandro Romualdo, 1957; Poesía contemporánea del Perú. Antología, de Manuel Scorza, 1963; y Antología de la poesía peruana, de Alberto Escobar, 1965) mostraban un panorama muy rico y abierto, pues cumplían con ofrecer una revisión crítica y una propuesta de lectura, pero La poesía contemporánea del Perú seguía siendo citada, comentada y ansiosamente buscada. Se trataba de un punto de referencia que era necesario considerar, pues sus autores eran personalidades literarias que admirábamos, pero eran inalcanzables: Eielson era, junto con Westphalen, el poeta peruano más reconocido, pero residía en Italia; Sologuren vivía recluido en su soledad y había abandonado su legendaria labor de editor de la Rama Florida; Salazar Bondy, de quien habíamos leído Lima la horrible en la escuela y de quien sabíamos de memoria su “Testamento ológrafo”, había muerto cuando éramos niños.

¿En qué tradición se reconocían estos poetas que ocupaban un lugar indiscutible en nuestro gusto literario? La respuesta me ha llegado treinta años más tarde con la edición facsimilar de La poesía contemporánea del Perú, ahora disponible gracias a la devoción de Ricardo Silva-Santisteban, director de la colección “La Fuente Escondida” de la Biblioteca Abraham Valdelomar, y de la investigadora y crítica española Inmaculada Lergo Martín, autora del brillante prólogo donde analiza al detalle “la composición, características, implicaciones y circunstancias” de esta antología. La primera sorpresa es que los poetas antologados son solamente ocho (José María Eguren, César Vallejo, Martín Adán, Emilio Adolfo Westphalen, Xavier Abril, los hermanos Enrique y Ricardo Peña Barrenechea y Carlos Oquendo de Amat) y que cada uno de ellos está presentado por uno de los antologadores. No estamos, pues, ante un panorama (ocho poetas no componen un panorama), sino ante un deliberado deseo de legitimar un lenguaje que entonces era visto con desdén por aquellos que practicaban una poesía militante y socialmente comprometida. La antología surgió en medio del acalorado debate que en los años cuarenta y cincuenta enfrentó a los poetas “sociales” (que entonces copaban las tribunas y la atención de los lectores) con los mal llamados poetas “puros”. En los ochenta el debate era otro, pero los poetas incluidos en La poesía contemporánea del Perú tenían asegurado (junto con los autores de la antología) un lugar indiscutible en el canon.

¿Tenían en mente Eielson, Sologuren y Salazar Bondy establecer un canon? La pregunta es espinosa por varias razones, pues ninguno de los tres manejaba esa noción tan contemporánea en su formulación crítica y tan antigua en la práctica. Por otro lado, el prólogo -que en nombre de los tres firma Salazar Bondy- se adelanta en algunos años a la propuesta de Alberto Escobar, al señalar en las obras de Eguren y Vallejo el nacimiento de la nueva poesía peruana. Con delicadeza, pero también con claridad, Salazar Bondy dedica tres de las siete páginas del prólogo a explicar las razones por las que Manuel González Prada y José Santos Chocano no pueden ser considerados fundadores de nuestra poesía contemporánea, mérito que les corresponde por derecho propio a José María Eguren y a César Vallejo. Leídas casi setenta años después, las razones de Salazar Bondy forman parte del repertorio de lugares comunes sobre la poesía peruana (lo que, bien mirado, es un logro del poeta), pero en su momento fueron provocadoras e incluso radicalmente subversivas: al lector promedio de esa época le costaba digerir el tenue preciosismo de Eguren y las extremas dislocaciones lingüísticas de Vallejo, pero se sentía cómodo con las sentencias morales de González Prada (que ahora nos gustan) y la trompetería asfixiante de Chocano, poeta que aún hoy goza de prestigio entre algunos lectores. Basta considerar, además de la selecta y ajustada nómina de poetas, las introducciones con las que son presentados para percibir que ese lenguaje (que combina la mejor poesía con una atenta mirada crítica) expresa un cambio radical de paradigma, un paradigma en el que los tres poetas deseaban ardientemente formar parte. En este sentido, el valor de la antología radica en el hecho de que, al ser diseñada por creadores (y no por académicos ni críticos), se hace visible el camino trazado por Vallejo y Eguren, pero también -y esto es lo más importante- el camino a seguir por los poetas peruanos, continuando una tradición que, hoy por hoy, es reconocida como una de las más sobresalientes y fecundas en lengua española.

Tal vez lo que se propusieron Eielson, Sologuren y Salazar Bondy fue señalar el modo en el que esperaban ser leídos por sus contemporáneos y por las generaciones futuras. Sesenta y siete años después puedo afirmar con toda certeza que lo consiguieron.


Por Eduardo Chirinos
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios