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RESEÑA

Miguel Sánchez-Ostiz: Zarabanda

domingo 06 de mayo de 2012, 13:35h
Miguel Sánchez-Ostiz: Zarabanda. Pamiela. Pamplona, 2012. 296 páginas. 22 €
Los lectores del copioso escritor que es Sánchez-Ostiz conocen por otras novelas anteriores el valle de Humberri que despuntaba ya en anteriores ciclos narrativos. También aquí se apunta el carácter idílico del valle, tal como publicita el turismo oficial, salvaguardado en apariencia de corrupciones por lo recóndito. El descubrimiento del cadáver de un travesti desfigurado, medio chamuscado y desconocido en una cantera altera la presunta apacible vida de aquellas remotas tierras y resucita lo que yacía en la madeja del olvido. Similar técnica utilizaba el autor en el atrevido proyecto de Las armas del tiempo, donde la muerte de Javier Arroniz se prestaba como desveladora de otros males subyacentes y de ciertas verdades de Umbría, trasunto simbólico de Pamplona.

La calera donde se encuentra el cadáver está en un barranco oscuro y cerrado llamado “lugar de muertes”. Aquella sima encierra todo lo siniestro en un intento baldío de alejarlo del ¿pacífico? valle habitado en teoría “por una gente de convivencia fácil, con mucha gastronomía de culto, y clero”. Pero el texto ofrece otra realidad, de contrabando de tabaco, de largas disputas por lindes, de gente capaz de tildar de loco a un familiar por su ansiada herencia, en suma, de habitantes que viven envueltos “en humo cuando no hay niebla”. Así no extraña que uno de los protagonistas unamunianamente sospeche haberse escapado de una novela a la que no piensa volver.

La investigación de la muerte del travesti funciona como pretexto para ajustar cuentas y para que el sexteto de personajes protagonistas desgrane con lenguaje carnavalesco, mordaz y burlón los más variados asuntos sucios del valle. Así se agolparán el cierre del Casino por juego ilegal, el contrabando, la brujería, la voladura de un monolito en recuerdo de las víctimas, por no mencionar el omnipresente terrorismo callejero, las clásicas guerras de banderas con alternancia de española, ikurriña, republicana.

“En Humberri las muertes nunca vienen solas” advierte un personaje y tanto es así que hay una cierta rutina de la guadaña, una presencia cotidiana de la parca, la obra da buena cuenta de tal verdad porque al trotar de páginas, la zarabanda de voces caldeada por vinos relata una memoria compartida de donde surgen muertos sin reposo, historias de burdeles y sicarios, amaño de apuestas, la aparatosidad del dinero negro y los matones parejos y, al fondo, el telón de la Guerra Civil con sus fosas de fusilados. A medida que la investigación avanza los personajes desgranarán sus propias historias sepultadas en el tiempo. El olvido o el recuerdo enhebrados tejen el embrollo ruidoso y molesto de tales asuntos, pues no otra cosa es una zarabanda. Un accidente mortal y la muerte de otro protagonista, sumado al acontecimiento de rodaje de una película sobre los inicios de la Guerra Civil eclipsará poco a poco la muerte del travesti hasta apagar el tiempo de la remembranza, tema central de la novela.

El escritor pamplonés de dilatada trayectoria y voz propia, apasionado barojiano pero lejano a tal estilo, retoma el asunto de la memoria histórica, tan manido en otras manos, sin regatear aquí miserias a la historia.


Por Francisco Estévez
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