CRÍTICA
Varios autores: Las máscaras de la quimera
domingo 27 de octubre de 2013, 10:09h
Varios autores: Las máscaras de la quimera. Prólogo de Fernando García de Cortázar. Introducción de Rafael Fuentes. Espasa/Fundación Dos de Mayo. Madrid, 2013. 418 páginas. 23,90 €
Una vía imprescindible para el necesario conocimiento de la Historia son, sin duda, las investigaciones y ensayos de esta disciplina. Pero no es la única. La literatura, la buena literatura, es un privilegiado instrumento para sumergirnos en la Historia, e intrahistoria, de los avatares de un país y una sociedad. Con este criterio, el reconocido historiador Fernando García de Cortázar, quien acaba de debutar en el género narrativo con Tu rostro con la marea -XII Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio-, auspicia desde su cargo de director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad, una colección de publicaciones de grandes textos literarios que nos acercan y nos proponen reflexionar sobre etapas decisivas de la reciente Historia de España. En títulos anteriores, aparecieron obras relativas a, por ejemplo, la Guerra de la Independencia, la revolución liberal de Cádiz, o la crisis de 1898, firmadas por nombres señeros de nuestras letras, como, entre otros, Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Ramón Pérez de Ayala o Ramón María del Valle-Inclán.
Precisamente con Valle-Inclán se abre este nuevo volumen. Del genial creador del esperpento se recoge Viva mi dueño, novela perteneciente a la fascinante serie de El ruedo ibérico, que innova radicalmente la manera de novelar. El ciclo, además de este título, está formado por La corte de los milagros y Baza de espadas, y para él se habían proyectado otras entregas que finalmente no vieron la luz. Concebido en la dictadura de Primo de Rivera -hacia quien el escritor gallego manifestaba una enorme hostilidad-, Valle vuelve sus ojos al aciago periodo de violencia política empezado con la Revolución de 1868, la Septembrina, que supuso el destronamiento y exilio de la reina Isabel II. Que Valle-Inclán ideara El ruedo ibérico en ese momento no es por azar, como bien explica el profesor y crítico literario Rafael Fuentes en su introducción: “Valle percibía con preocupación cómo las ideologías políticas y los movimientos sociales gestaban, de nuevo, las actitudes intransigentes, las pasiones violentas y los grandes gestos individualistas que tan catastróficos resultados tuvieron en el pasado. Siempre arrastrados por esas quimeras fratricidas incapaces de encontrar, en sus discrepancias, el punto de concordia necesario para articular un proyecto común”.
Un proyecto común en el que no hay lugar para los extremismos y las polarizaciones que, desgraciadamente, fueron ganando más y más terreno hasta desembocar en el hecho más trágico de nuestra reciente Historia, como es la Guerra Civil –mejor “incivil” como la denominó Miguel de Unamuno-, la contienda cainita de 1936. Y en ese camino hacia el desastre tuvo no poco que ver el asesinato del general Juan Prim –se cumple el próximo año el bicentenario de su nacimiento-, luctuoso suceso que frustró una salida pacífica a la fiebre revolucionaria decimonónica.
Así, el segundo texto que se incluye en Las máscaras de la quimera es En la calle del Turco / le mataron a Prim, auténtica joya literaria de Agustín de Foxá. En esta exquisita miniatura, el autor madrileño se inspira en un romancillo heptasílabo para relatar en una extraordinaria estampa el magnicidio del general Juan Prim y Prats, que cayó víctima de un atentado, en las navidades de 1870, instigado por el vesánico defensor de la república cantonal José Paúl y Angulo, a quien Pérez Galdós describió como “un loco irresponsable, peligrosísimo… Un iluminado, un poseído”. El asesinato de Prim, a la sazón presidente del Consejo de Ministros y principal valedor del rey Amadeo de Saboya que llegó a España cuando Prim perdió la vida, supuso un incremento del vértigo de esos años. Vértigo en el que, lejos de alejarse, nuestro país se metía más y más. Como en el caso de Valle, no es tampoco casual el momento en el que Agustín de Foxá da a la luz este texto, a finales de diciembre de 1934. Poco antes, la Generalitat, presidida por Lluís Companys, había lanzado su órdago soberanista, y también se había producido la Revolución de Asturias. Foxá, junto a muchos españoles, contempla con inquietud y honda preocupación cómo de nuevo en España la violencia amenaza con llevarla hacia la catástrofe. Y, más allá de su cariz político, el texto de Foxá es un impagable ejemplo de su habilidad para retomar las innovaciones vanguardistas y darles un brillante sello propio. Es hora ya de que los prejuicios ideológicos no entorpezcan la valoración literaria de un escritor, como, en buena medida, a sucedido con Foxá.
Míster Witt en el Cantón es el tercer título que se recoge en este libro. Se trata no solo de una de las mejores novelas de Ramón J. Sender sino de una de las más deslumbrantes y lúcidas de la literatura española del siglo XX. En ella, el autor de Réquiem por un campesino español, relata el fracaso de la revolución cantonal de la I República, cuyo más claro exponente fue el alzamiento del cantón de Cartagena en 1873. En varias ocasiones, Sender se refirió a cuál había sido el impulso para escribir en 1935 Míster Witt en el Cantón, señalando siempre que, más allá de su canónica condición de novela histórica, fue un acicate lo que en esa fecha estaba sucediendo en España. Y en el prefacio a su Obra completa, confiesa que barruntó la luctuosa etapa que se atravesaría entre 1936 y 1939: “Yo lo anuncié una y otra vez, y no me hicieron caso. Azaña dijo: ‘Cosas de novelistas’. Sí, pero los novelistas hacemos la historia de hoy y presentimos la de mañana”.
La literatura, pues, se alía con la Historia para proporcionarnos conocimiento a través del deleite que supone la lectura de excelsos textos literarios. Y excelsos resultan los tres que se nos ofrecen en este volumen -acompañados de un prólogo y una introducción tan clarificadores como sugerentes-, y ante cuya advertencia y enseñanza, quizá hoy más que nunca, si cabe, no deberíamos repetir el dictamen de Azaña.
Por Adrián Sanmartín