Martín-Miguel Rubio Esteban

Martín-Miguel Rubio Esteban

MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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MIRADA ESCOLÁSTICA

La España del 2 de mayo (hacia una revisión fernandina)

11-04-2008

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No fue Madrid quien se sublevó contra el invasor francés los días 2 y 3 de mayo de 1808, sino España entera. El día 7 de mayo el Consejo de Castilla comprobó que las víctimas españolas en aquellas jornadas madrileñas provenían de las provincias en un 82%, y sólo el 18% de los patriotas eran naturales de Madrid. Por primera vez el pueblo español protagoniza la Historia de España en nombre de la Santa Religión, la independencia de la patria y Fernando VII (las tres razones que aparecieron en todos los bandos y alocuciones de los patriotas). Se comienza a entrar en el status de ciudadano en cuanto que se es soldado. El pueblo hará la guerra en partidas, en principio no sujetas al Ejército regular, y será el fautor de la acción política a través de la Juntas de Defensa, integradas por aristócratas, clero, burgueses y también pueblo llano. Se trata de una auténtica revolución político-social no conocida aún en la mayor parte de Europa. La guerra traerá la primera formulación democrática en las tierras de España.

Aunque ya a principios de 1809 el Ejército de España será quien tenga que autorizar la creación de cada partida y su integración en el organigrama militar, sin embargo, las partidas nunca estuvieron bien sujetas ni al Ejército ni al Consejo de Regencia en Cádiz, antes de entrar gloriosamente en Madrid en agosto de 1812, tal como bellísimamente nos describe Mesonero Romanos. Obedecían al instinto del jefe, en numerosas ocasiones robaban a los franceses más por lucro particular que por daño táctico al enemigo o aprovisionamiento del ejército de patriotas, y eran frecuentes los guerrilleros desertores que pasaban a otras partidas más lucrativas y gananciosas. Incluso hubo quienes se pasaron por dinero a los gabachos, como fue el caso del guerrillero renegado Pedro Velasco Negrillo. Sólo hay que leer cómo la Regencia establecida en Cádiz criticaba la manera de proceder de numerosas partidas. Y lo malo fue cuando acabó la guerra. Sobraban tres cuartas partes de los soldados y oficiales que formaban el ejército de una España en paz, y Fernando VII tuvo que dejar sin empleo a muchos guerrilleros que habían hecho de la guerra y los expolios un modo de vida. Armados habían mantenido el respeto y la autoridad en sus pueblos -a menudo más que autoridad había sido sólo una insolencia chabacana y desaprensiva-, y ahora volvían a ser menestrales, a vivir de las manos, del esfuerzo, de los albures de la cosecha impredecible. Y empezaron algunos a oponerse al Rey, a hacerse masones comuneros, no por liberalismo, claro -su incultura era un océano sin islas: algunos creían que Padilla, el obispo Acuña o Maldonado eran contemporáneos ejecutados por el Rey-, sino porque la vida azarosa de la guerra les había hecho escalar puestos en la sociedad impensables, que ahora la paz les quitaba. Es así que muchos guerrilleros se hicieron liberales antimonárquicos, porque no aceptaban el destino que les había deparado el régimen fernandino: ser labradores en paz.

Por eso muchos de ellos apoyaron el golpe de Rafael Riego, que los reingresaba otra vez al ejército, y les ponía las medallas y los uniformes, aunque eso significase acelerar la pérdida de las colonias americanas. El nuevo sistema de gobierno colocó a gran parte de aquellos “guerrilleros-comuneros” en la Administración del Estado, aunque no supiesen usar la pluma con la maestría con que usaban la pistola. Algunos fueron incluso despiadados con los que amaban al Rey (15.000 muertos produjo la persecución contra los realistas). Pero todo acabaría con la drástica intervención del Duque de Angulema.







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