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Blair; el valor de un político

lunes 01 de febrero de 2010, 19:18h
El anterior primer ministro británico Tony Blair ha comparecido ante la comisión de investigación sobre la invasión de Irak y con auténtico sentido histórico ha tenido el coraje y el valor de declarar que "Volvería a hacer todo lo posible para expulsar de Irak a Sadam Husein" .

Con las agallas de las que carecieron otros dirigentes del mundo, ya fuera en el gobierno o en la oposición, Blair (Edimburgo, 1953), ha declarado que después de los atentados del 11-S, tenía la convicción de que los proyectos de "Irán, Libia, Corea del Norte, Irak... tenían que llegar a su fin". Ya en una excelente entrevista en el periódico El País en noviembre de 2009 había afirmado: “Cuando uno tiene que tomar una decisión que piensa que es la debida, debe hacerlo aunque luego resulte impopular…porque una de las cosas a las que uno tiene que acostumbrarse cuando gobierna es que tiene que tomar decisiones y aceptar las consecuencias”.

Son solo algunos ejemplos de palabras de un político arrojado, real, que es consciente de que su paso por la gobernación de una nación democrática, líder en el mundo occidental, no pasaba entonces ni nunca en esconderse, en justificar mediocres y sanguinarios dictadores, ni en encubrir esa cobardía en razones más o menos legales, o en amparos supuestamente superiores. Y sin parecer un radical, ni un vengador de la historia.

Esta actitud de Blair, y en su momento de otros políticos de su tiempo de acabar con la tiranía Hussein, me ha permitido evocar otros momentos de grandeza de políticos, de nuestra historia reciente. Me refiero a Adolfo Suárez y a Leopoldo Calvo Sotelo. Ambos tuvieron siempre por encima de su propio interés el del país al que representaban y ambos tomaron decisiones valientes, arriesgadas en términos electorales porque algunas fueron asumidas en contra del inevitable deseo de la gente de no querer conflictos o de no querer arriesgar, pero que a la larga han supuesto un avance y un progreso para España.

Por eso, quienes tienen una mezquina, mercantil y electoral visión de la política, son incapaces de comprender la grandeza, y la trascendencia que algunas decisiones políticas tienen por su impopularidad, y por no ir a favor de los propios intereses de su partido o del gobierno.

Las de Adolfo Suárez están ya ampliamente explicadas y justificadas por al historia y con modestia he contribuido a ellas con mi biografía “Suárez el hombre clave de la transición (Espasa 1997 y 2006), pero Leopoldo Calvo Sotelo se ha ido de este mundo sin que sus contemporáneos –políticos, periodistas e historiadores acertaran a glosar como se merecen dos decisiones políticas excelentes para la democracia española y el futuro de España como nación- y muy negativas electoralmente para su partido UCD.

La primera fue juzgar a los militares golpistas por el frustrado intento de golpe de estado del 23 F. Para ello recurrió la inicial sentencia del tribunal militar ante el Tribunal Supremo – exculpatoria en parte del instigador principal Alfonso Armada-, que se produjo el 3 de junio de 1982. Con ello prolongó el juicio hasta más allá del verano de 1982, pero quedó a salvo la dignidad de la nación y de las instituciones democráticas, ultrajadas por la agresión física de ex coronel Tejero y moral de los generales Milans, Armada y otros.

La segunda fue insistir en su voluntad política de entrar en la Organización del Atlántico Norte (la OTAN o la NATO, como le gustaba decir a Calvo Sotelo). En contra de la calle, Calvo Sotelo mantuvo el largo calendario de aprobación en los parlamentos europeos de la entrada de España en el seno de las naciones occidentales, amenazadas por la dictadura soviética, los falsos movimientos pacifistas y el incipiente terrorismo fundamentalismo islámico. Fue el gran paso previo a entrar en el Mercado Común Europeo, por el que Calvo Sotelo tanto trabajó.

Calvo Sotelo rechazó una alianza entre UCD y AP, entre el centro político y Fraga, por considerar que era el final del gran proyecto reformista de centro que Suárez había pilotado y desoyó el consejo de convocar las elecciones antes del verano, hasta que ambas cuestiones se hubieran concluido felizmente en beneficio de España.

Otros prefirieron pensar en su exclusivo beneficio, electoral o político, continuando su labor de demolición de un partido que ya se desangraba, salir a la calle con el puño en alto para acreditar que sus acuerdos con la otra potencia del mundo estaban vigentes, y cobrar en octubre de 1982 el precio de su pobreza de miras, de su legitima, pero egoísta visión de la vida y de la Historia.

Esta defensa histórica de la labor de Calvo Sotelo permite vincular su figura con la de políticos como el citado Blair, y con Suárez, Aznar, Bush, el papa Juan Pablo II, Reagan, Margaret Thatcher, Kohl, Lech Walesa, Gorbachov, ejemplos de políticos valientes, impopulares para quienes viven anclados en los estereotipos del siglo XIX y en el confort del atraso ideológico y cultural de las grandes masas, pero que sabían que para mejorar el futuro de sus naciones era inevitable que las calles de todo el mundo occidental se llenaran de manifestantes contrarios a la guerra y que su nombre fuera ridiculizado por parte del periodismo global..

Ellos con su valor hicieron que cayera la farsa del otro mundo, ellos ayudaron a que Occidente fuera consciente de su potencial moral, ellos contribuyeron a que el mundo occidental se articulara mejor y que la alternativa, tan seductora del ingenuo mundo mejor, cayera por su propia incapacidad y su falsa apariencia. Algunos de ellos sufrieron atentados criminales de quienes obedecían el dictado de la tiranía presentada angelicalmente por quienes desde nuestro propio mundo colaboran decididamente por nuestra destrucción. Les quisieron matar y su condición de víctimas no les ha permitido -como a otros que no hicieron nada- , ser un referente de paz, de libertad, de solidaridad y de progreso real del mundo. Por ello, tienen mi admiración como ser humano perteneciente a una cultura y a una civilización, a una idea del mundo y del tiempo que nos ha tocado vivir.

Carlos Abella

Licenciado en Ciencias Económicas y escritor

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