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El dilema mexicano: votar o no votar

sábado 04 de julio de 2009, 20:31h
Este domingo 5 de julio, cerca de 78 millones de mexicanos están llamados a las urnas. Se trata del proceso electoral en habla castellana más importante del mundo; en perspectiva comparada, sería juntar en una elección las convocatorias de España, Argentina, Chile y Uruguay. Así, como cada tres años -justo a la mitad de cada administración presidencial-, está en juego la renovación de trescientos diputados por la fórmula de mayoría y doscientos legisladores electos a través de la representación proporcional. Es decir, para poblar la Cámara de Diputados se utiliza una ley electoral que combina los dos principios utilizados por la ingeniería constitucional en la materia. La norma, cuya primera versión data de 1977, es un extraño invento frankensteiniano que tenía como objetivo legitimar el proceso político mexicano abriendo el órgano de representación a los partidos de oposición, en tiempos en que el PRI ganaba casi la totalidad de los puestos de elección popular.

Sin embargo, a treinta años de la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales –por cierto, autoría del difunto ex secretario de gobernación Jesús Reyes Heroles-, las elecciones intermedias han dejado de ser la pantomima de antaño. Hoy en día, y después de un sinuoso e inacabado camino hacia la consolidación de la democracia, la convocatoria electoral a mitad de sexenio representa un auténtico referéndum para el presidente de turno y su partido. En este caso, un examen que impone el electorado a la gestión del Presidente Felipe Calderón y el PAN. Es decir, estas elecciones son trascendentales para los objetivos y fines que persigue el Poder Ejecutivo en aras de consolidar una agenda de gobierno para los últimos tres de años de la actual administración. Para cualquier mandatario mexicano es elemental contar con una Cámara de Diputados afín y, sobre todo, un legislativo cooperante en un régimen presidencialista que comparte competencias y responsabilidades con los otros dos poderes de la Unión.

Para bien o para mal, en el pasado inmediato las elecciones intermedias de 1991 sirvieron para que Carlos Salinas de Gortari atesorara más poder, lo que condujo a la extralimitación de las propias restricciones autoimpuestas por el presidencialismo, con las funestas consecuencias que hoy conocemos. Lo que sucedió en 1997, con Ernesto Zedillo, fue inversamente opuesto al anterior periodo, ya que los resultados del proceso electoral permitieron que la Cámara, por primera vez, fuera gobernada por una coalición de partidos de oposición. Así, las elecciones intermedias de 1997 no sólo marcaron el fin de la diarquía unificada -ejecutivo y legislativo históricamente en manos del PRI-, también allanaron el camino para completar la alternancia en la silla presidencial en el año 2000. En 2003, con Vicente Fox, y a pesar que muchos analistas tratan de minimizar sus consecuencias, las elecciones jugaron un papel determinante en el futuro político del actual presidente, al desactivar la pretendida intención de la pareja presidencial de promover una candidatura panista encabezada por Martha Sahagún.

Pero, ¿qué es lo que actualmente está en juego en México? Además de la elección presidencial de 2012 -aunque el lector no lo crea ésta ya inició-, el Presidente Calderón se juega buena parte de su capital político, el cual últimamente se ha visto disminuido como consecuencia de la deficiente gestión de la crisis económica, la incapacidad para controlar la escalada violenta que asola al país y las respuestas insuficientes a variables no controladas como la misma gripe A. En este sentido, ¿qué puede pasar este 5 de julio? De los electores podemos esperar cualquier cosa, de hecho una de las condicionantes de la democracia es la propia incertidumbre respecto al ganador, pero es cierto que Felipe Calderón se enfrenta a una ciudadanía harta de los políticos –que no de la política-, que se traduce en un abstencionismo estimado del 60 por cierto, en gran parte auspiciado por la campaña del voto en blanco. La suma de todo lo anterior podría arrojar un resultado adverso a los intereses del PAN y del propio Presidente.

Es por ello que en esta última semana de campaña electoral, las distintas casas de encuestas y los diversos grupos de comunicación daban como ganador al PRI. Si tomamos como referencia el estudio elaborado por el Gabinete de Comunicación Estratégica, de un total de 500 diputados el PRI alcanzaría los 237 (sumados los de mayoría y representación), por 148 escaños para el PAN y 81 curules para el PRD. Es una obviedad decirlo, pero todo indica que la geometría variable coloca al Presidente Calderón en manos del PRI y a éste en camino de recuperar el poder presidencial. Los mexicanos tienen la última palabra, estaremos pendientes a ver qué pasa este domingo.

Francisco Parra

Politólogo

JOSÉ FRANCISCO PARRA es director del IUIOG-México y director CESMUE.

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