Juan José Laborda

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JUAN JOSÉ LABORDA MARTÍN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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TRIBUNA

Grecia, partidos políticos e indignados

24-06-2011

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El primer ministro griego, Yorgos Papandreu, ha superado el voto de confianza en el Parlamento (con los únicos votos de su partido), así que Grecia, en principio, estaría dispuesta a asumir las condiciones que el FMI y la UE le exigen para evitar su bancarrota. Yorgos Papandreu es hijo y nieto de primeros ministros, es decir, una saga de políticos que recuerdan más a la India que a los países europeos de esta época.

Aunque los griegos celebraron, hace unos años, el segundo milenio de la invención de la democracia en Atenas, la Grecia independiente, y con instituciones representativas, apenas tiene un pasado histórico apreciable. Hace veinticinco años, cuando España ingresó en la CEE, nuestros socios europeos ya desconfiaban de la administración y de la política de ese otro país mediterráneo. Entonces se llegaba a aceptar que Grecia no tuviese unas estadísticas fiables, y que la economía informal, en otras palabras, el dinero negro y los empleos sumergidos, fuese la versión económica de una política paternalista, del que las sagas políticas fueron una de sus señas más definitorias.

Por supuesto, el sistema tributario de Grecia ni era eficiente ni eficaz. Mientras el dinero fluía en abundancia nada sucedió, pero al estallar la crisis, se descubrió que Grecia era incapaz de recaudar impuestos, y que su economía improductiva se hundía ante la competencia. Para agravar las cosas, el gobierno conservador anterior al socialista de Papandreu, llevado de sus prejuicios “anti-turcos”, se embarcó en un ambicioso plan de compra de armamentos y de material bélico que le llevó a endeudarse con Francia y con Alemania, los países fabricantes de esos equipos. Esa fue la razón por la que bancos alemanes y franceses sean acreedores del Estado helénico.

Hace pocos años, los griegos miraban a la economía turca con la superioridad y el desdén de unos selectos europeos. De hecho, estaban en contra de que la EU admitiese a los atrasados turcos. Turquía hoy atrae inversiones de todo el mundo, y su crecimiento económico es muy superior al de los griegos, y de la mayoría de las economías europeas. Si Grecia se saliese del euro, sus empresas, sus viviendas, y todos sus bienes, bajarían tanto su valor que estarían el alcance de los compradores turcos.

En Atenas, como en Madrid, Valencia, Barcelona y un largo etcétera, “los indignados” protestan contra esos duros ajustes económicos, que ellos denuncian como “el pacto del euro”.

El movimiento del 15-M en España expresa con sus actos una irritación que no puede, todavía, convertirse en una revuelta. Y mucho menos en una revolución, como su idealizado modelo en Egipto, Túnez, y otros lugares de la geografía del despotismo mundial.

Aunque sus protestas se dirijan, con alguna razón, al funcionamiento de las instituciones representativas españolas, lo que me parece más relevante de ese movimiento es que ataquen, fundamentalmente, a los partidos políticos y a los sindicatos. Es cierto, como se ha comentado, que posee algo de la literatura anti-partidos, propia de otros tiempos. Sin embargo, los partidos (y también los sindicatos) son vistos (también con alguna razón), como unas estructuras cerradas en sí mismas, asfixiantes de la individualidad, que juegan profesionalmente el juego del poder: en otras palabras, aparecen laminando la política, es decir, convirtiendo la disciplina y el argumentario en algo superior a la inteligencia y a la creatividad.

Estos últimos días, diversas personas que han escuchado las declaraciones de “los indignados” se han sentido asombradas por el simplismo de sus análisis políticos y de sus propuestas. Es cierto que ante problemas muy complejos —como el euro, la energía, los sistemas electorales, o sus ideas para gobernar mediante referéndums, etcétera-, sus soluciones han sido muy simples. ¿Pero cuál es el resultado del “argumentario”, propio del actual discurso partidario? En mi opinión, es otro simplismo referido a problemas igualmente complejos. Cristóbal Montoro, a pesar de haber sido ministro de Hacienda, era la personificación del argumentario cuando, el pasado miércoles, soltó aquello de que el Gobierno de España “era una rémora para el euro”. El simplismo del discurso partidario ha abierto el camino al simplismo de los indignados. Además, algunos medios de comunicación, antaño modelos de una información con matices, ahora se han convertido en plataformas de esa tendencia al simplismo intelectual. Conclusión: en número de afiliados y militantes, el movimiento del 15-M es muy superior a los partidos políticos. Y esta crisis política es en gran medida una crisis de los partidos políticos.



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