Necesidad de consensos
martes 04 de septiembre de 2012, 20:32h
A Salvador Rus, que me ayudó a ver muchas cosas en el Gorgias.
Es muy preocupante el descrédito que los políticos se están ganando en las sociedades democráticas occidentales. La política es un pilar básico de las mismas y no un elemento prescindible. Sin ella, todo el sistema se vendría abajo y caeríamos en la dictadura. Queremos pensar que ésta está fuera de nuestro horizonte porque vivimos en sociedades avanzadas que han consolidado instituciones y procedimientos para la resolución de conflictos, pero conviene no cerrar los ojos al panorama internacional que vemos y tener, además, una perspectiva histórica de nuestro último siglo. Todavía hoy algunos creen que la dictadura es una salida posible, una solución, como pensaron muchos en la Europa de entreguerras.
Estos últimos días he estado leyendo un libro de Jacques Bainville, Les Dictateurs, publicado en 1935. Bainville fue un intelectual católico y conservador, monárquico en la Francia de la Tercera República, vinculado a la Action Française de Charles Maurras. Se hizo famoso por un libro que contenía algunas ideas lúcidas sobre Les conséquences politiques de la paix, publicado en 1920, cuyo título se hacía eco del de John Maynard Keynes, The Economic Consequences of the Peace, publicado el año anterior. El francés y el británico, a pesar de pertenecer a los países vencedores de la Alemania imperial e imperialista, pensaban que el Tratado de Versailles había cerrado en falso la Gran Guerra e incubado el germen de un nuevo conflicto. En su última obra, Les Dictateurs, publicada unos meses antes de su muerte, Bainville hace un recorrido por la historia de los dictadores desde Grecia. Se ve que, a pesar de haber estudiado a fondo la materia y ver las consecuencias fatales de las dictaduras, Bainville todavía conserva una cierta esperanza en que pueda haber dictaduras “buenas”, entre las que no estarían las comunistas, que critica duramente, pero sí las que pudiesen imponer un orden tradicional como defendían sus compañeros de la Action Française y los Camelots du Roi que acudieron a su entierro y provocaron un famoso incidente.
Pocos años antes, en 1929, el político conservador Francesc Cambó, de la Lliga Regionalista catalana, publicaba también un libro sobre Las dictaduras, en el que se hacía un planteamiento no muy distinto del aquí expuesto de Bainville.
El de las dictaduras, aunque con otros nombres como el de tiranía, es un tema viejo en el pensamiento político. Ya aparece perfectamente delimitado en un famoso diálogo platónico, el Gorgias, en el que Calicles defiende el gobierno del más fuerte. Inquietado por las preguntas de Sócrates, el joven ateniense no sabe precisar el concepto de “más fuerte” y duda entre si será el mejor formado, el más astuto, el más robusto, el más rico o si más bien debería entenderse por el “más fuerte” un conjunto de personas: los más virtuosos, los que poseen riquezas, los más poderosos por tener las armas... Sócrates le hace ver que los más, la masa, siempre serán más fuertes en conjunto que los menos, y, que, por tanto, el pueblo siempre es el más fuerte.
Es seguro que a Sócrates no se le ocultaba que la fuerza de las armas o del dinero puede ser mayor que la suma de individuos, y que, además, no es fácil poner de acuerdo a la masa y, en cambio, lo es más agrupar los intereses de los menos pero afines en algún objetivo. En el fondo, Sócrates lo que quiere es que Calicles sea consciente de sus contradicciones y precise su pensamiento, pues la filosofía es precisión en la búsqueda de la verdad. Calicles, contrariamente, lo que hace es recomendar a Sócrates que se deje de filosofías, que están bien para la juventud pero no para la madurez, y se dedique a asuntos que le traigan ganancia y prestigio, es decir, que use su brillante inteligencia en la trapacería de la vida diaria.
Sócrates termina esta parte del diálogo preguntando a Calicles si el más fuerte se domina a sí mismo o si, por el contrario, es dominado por sus pasiones, pues si se entrega a éstas, serán ellas quienes lo dominen y, por tanto, serán más fuertes que él, de forma que sería contradictorio que el más fuerte fuese dominado. Pero Calicles se resiste y afirma que sería absurdo que el más fuerte no satisficiese sus deseos pudiendo hacerlo.
Nuestras sociedades están muy lejos de aquellas democracias griegas, que hoy no nos lo parecen porque partían de fundamentos muy distintos, como bien señaló Benjamin Constant en su distinción entre la libertad de los antiguos y de los modernos. Mas todavía podemos sacar alguna enseñanza de aquel maestro que murió condenado a tomar la cicuta precisamente por poner en cuestión los principios de la democracia ateniense, como bien mostró en un maravilloso libro el tan tempranamente desaparecido Rafael del Águila al hablarnos, a través de la figura de Sócrates, de las tensiones que surgen siempre entre el pensador, si lo es de verdad, y la ciudad.
Vivimos en un mundo en el que todo tiende a que busquemos la inmediata satisfacción de nuestros deseos. Ya hace muchos años que John Kenneth Galbraith mostró los peligros de la sociedad opulenta, pero los hombres nos empeñamos en no aprender de la historia, quizá porque los propios historiadores renegaron hace tiempo –en una más de las extravagancias de la postmodernidad–, a concebir la historia como maestra de la vida, según el dicho clásico que utilizaba Cicerón. No es que la historia se repita, sino que el conocimiento histórico, asimilado a través de la experiencia y del estudio, puede ayudar a enfrentar nuevas situaciones en las que aparezcan factores parecidos a los del pasado.
La crisis dificulta enormemente la satisfacción de los deseos a la que nos habíamos acostumbrado en los años de bonanza. Hoy, la mayoría de los individuos, de las familias, de las empresas, de las administraciones públicas no pueden permitirse el lujo de dispendiar sus limitados ingresos sino que tienen que ajustarse a sus presupuestos reducidos. Esto va ir generando una enorme insatisfacción entre los ciudadanos y grandes tensiones en la vida política. Coincide además con un momento –desde hace ya varios lustros– en que los políticos han renunciado a los grandes consensos y basan su discurso en un enfrentamiento constante. Toda sociedad democrática necesita la gestión de lo común desde ideas articuladas en proyectos, que sustentan personas, los políticos, los cuales son elegidos por los ciudadanos tras la confrontación pública de sus proyectos. La confrontación ideológica es consustancial a la democracia y suprimirla –aunque sea por una supuesta eficacia tecnocrática, como está ahora tan de moda– tiene sus riesgos, pero la política no es sólo enfrentamiento sino también capacidad de consenso, de grandes acuerdos básicos.
El fracaso de la Unión Monetaria debería llevar a los políticos europeos a pensar en un gran consenso para poner las bases de una verdadera Europa federal, que suponga una unión política y económica, como hemos defendido en artículos anteriores.
Y el fracaso de la gestión del Gobierno de Rajoy durante estos siete meses, unido al del Gobierno socialista de los últimos años, sumado al fracaso de los Gobiernos autonómicos de los más variados colores, debería hacer reflexionar a nuestros políticos sobre si no ha llegado el momento de un gran consenso no sólo para salir de la crisis sino para poner las bases de una sociedad que decimos del conocimiento, con nuevos fundamentos económicos, políticos y sociales, entre los que la democracia tiene que seguir siendo una de las claves. No es tiempo de tecnócratas sino de políticos, de verdaderos políticos.
El riesgo de caer en algo peor siempre está ahí, pero no quiero inquietarles con las preocupaciones que me ha dejado mi relectura veraniega de Ser y tiempo, en la nueva y magnífica traducción de Jorge Eduardo Rivera. El libro publicado por Martin Heidegger en 1927 es uno de los grandes mamotretos de la historia de la filosofía y, sin lugar a dudas, una de las grandes aportaciones al pensamiento contemporáneo. Heidegger intenta en él superar la ontología tradicional a partir del Dasein, pero al buscar la generalidad de éste y resistirse a entender el Dasein como vida individual, a la manera orteguiana, cae en lo que podíamos llamar ontología del totalitarismo, pero es tema demasiado espeso y que necesitaría muchas líneas para un artículo que ya se ha hecho demasiado largo.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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