¿Quién mandará en el mundo?
sábado 01 de noviembre de 2008, 15:03h
Estados Unidos es el país más poderoso del planeta, y el más influyente. Aunque muchas personas creen que ambas cosas van siempre unidas, conviene recordar que no necesariamente tiene que ser así. La influencia, históricamente al menos, suele ser más duradera que el poder. A veces, se prolonga incluso desaparecido éste. Una muestra, el Imperio Romano.
No es ninguna paradoja, en consecuencia, que los mismos grupos que se oponen en nuestro tiempo al poder americano sean también a menudo los más sensibles a su influencia. España, país donde abunda la figura del antiyanqui, constituye un ejemplo. Aborrecemos a Estados Unidos como potencia mundial, pero admiramos su ciencia, su literatura, su cine o su música, y copiamos abiertamente, aunque no lo admiremos, todo lo demás, desde el centro comercial o la estructura urbanística al lenguaje políticamente correcto, el perrito caliente, la lucha contra el tabaco o la mala conciencia eurocentrista. Si los sociólogos no ocuparan tanto tiempo en profetizar el pasado, quizás nos habrían explicado ya las sutiles relaciones existentes entre poder e influencia. Un conocimiento adecuado de esta cuestión aclararía sin duda la ansiedad con qué el mundo entero espera el desenlace de las elecciones americanas.
El impresionante interés que éstas han despertado tiene que ver presumiblemente con la sospecha de que lo que hay en juego ahora no es la Casa Blanca, sino el papel de Estados Unidos en el concierto internacional y, por tanto, en la historia que ha de venir. Coincidiendo con ello, parte del electorado norteamericano, enriquecido en su variedad por masas crecientes de inmigrantes, parece haber hecho coro con las voces que exigen desde fuera que rebaje su presencia en el mundo. Esta se ha vuelto tan asfixiante como para que, acertada o equivocadamente, se la considere menos un poder organizador que lo contrario.
Obama parece ser el candidato ideal para todos aquellos que desean que Estados Unidos deje de mandar en el mundo. No es sólo que sea un hombre joven y mulato, sino también, y sobre todo, un hombre sin historia. Que la mitad de sus genes provengan de África no es algo para echar en saco roto. El ideal americano, la convicción de que cabe un mundo donde confluyan y se amalgamen todas las tradiciones, encuentra su máxima encarnación en el ascenso al poder de, digámoslo así, un recién llegado. Esto no quiere decir, por supuesto, que Obama no se sienta americano por los cuatro costados, significa que ese sentimiento, a partes iguales heredado y deseado, representa mejor el espíritu yanqui actual que cualquier apelación a tradiciones en declive. No es extraño, por ello, que su persona y su mensaje se identifiquen simbólicamente: Estados Unidos no debe ejercer el poder, le basta con su influencia, hacer valer la superioridad moral y material de un estilo de vida que, llevado hasta sus últimas consecuencias, permite la elevación y encumbramiento de cualquier persona.
Frente a esto, la derrota de la señora Clinton en las primarias parecía inevitable. Aunque la candidatura de una mujer fuera una novedad y un signo de progreso, su éxito no hubiera constituido esencialmente nada nuevo. La señora Clinton es un ejemplo del ascenso de las mujeres en Occidente, pero lo que se ha puesto en juego ahora es algo más radical: la aptitud de Occidente para sobrepasar sus propios límites y convertirse en fuerza configuradora de una civilización que no quiere ya seguir siendo sólo occidental, sino planetaria.
En contraste con esto, y como símbolo del modelo tradicional, los republicanos, noqueados no sólo por una mala gestión, sino por el propio derrotero de la historia, han desenterrado a un héroe de guerra, un anciano admirable que da la impresión de estar movido por resortes oxidados y que recuerda, en sus gestos, a los protagonistas de las series espaciales de hace treinta años. MacCain no tiene nada que aportar, representa el sistema en su obsolescencia, todo eso en lo que América había creído y está dejando de creer porque se le ha podrido entre las manos, aunque se trate en no poca medida de las raíces de su propia fuerza.
Nadie sabe quién será el nuevo presidente de los Estados Unidos, pero si vence Obama, como parece previsible, habrá que ver si basta la superioridad moral y material para imponerse en el mundo. En todo caso, quedará abierta la inquietante cuestión de si ejercer una profunda influencia, una influencia mundial, implica o no ningún género de superioridad.