Red Bull y el coitus interruptus
miércoles 24 de octubre de 2012, 19:57h
El afán por la expedición y la aventura nace en parte de la embajada y el pacto. Los primeros viajeros eran enviados a otras tierras para buscar alianzas que favorecieran la prosperidad y la paz. Desde que en el siglo IV o V antes de Cristo, Mu Wang o el rey Mu inaugurara de forma real, caminándola, la ruta de la seda, innumerables viajeros han partido en busca de alianza y conocimiento, movidos a veces por un motor interior difícil de explicar. Los embajadores –hoy una profesión de micro-cortesanos— era en otra época una actividad de riesgo, más cercana a los deportes del mismo nombre o a las agencias de inteligencia. La vuelta a casa siempre se hacía con conocimiento nuevo, con inteligencia, tras poner en riesgo a veces la propia vida. Y, en el caso de los conquistadores españoles, quizá con oro.
Los viajeros españoles por América forman un iceberg del que conocemos la punta, un porcentaje reducido de sus actividades, enterradas en las Crónicas de Indias. R. J. Sénder, en su magnífica novela “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, relata la tocata y fuga de la aventura española: el noble ambicioso, atrabiliario, generoso, popular, irredento, loco, inmoral, inmortal… Locura que encandiló a Werner Herzog para rodar la interesantísima y excesiva “Aguirre o la cólera de Dios”. Los españoles, básicamente cruzaban un océano para perderse en un continente. Esta fórmula la aprendieron pronto los anglosajones. Pero le dieron un sesgo, y en vez de mandar a sus viajeros en misiones militares y estatales, comenzaron a mandarlos en misiones científicas. Las expediciones de Cook, de Darwin en el Beagle, los alemanes con los Humboldt, hacían cosas parecidas a las que hizo Cabeza de Vaca, por ejemplo, y que relata en sus “Naufragios”, pero con intención cartográfica, naturalista, etnográfica. La ciencia sustituía al mero poder y la dominación, aunque en realidad el poder usara muchas veces a la ciencia.
Luego vinieron los aventureros locos, sin ambición estrictamente política o científica. Quizá sea el irlandés Shackleton el paradigma de todos ellos: el germen de lo que después serán los alpinistas hasta Mallory, Messner o Nobikazu, los navegantes hasta Slocum, Chichester, o Tabarly. Shackleton resumió todo en uno: el frío de la Antártida, la navegación extrema, el alpinismo nocturno… Y todo, no por poder, ni ciencia en un sentido estricto, ni dinero. ¿Por qué? Por ese algo indefinible. ¿Estupidez? ¿Placer de lo extremo? ¿Altruismo? Este nuevo tipo de viajeros enseguida alcanzó un valor simbólico. Se viajaba para explorar nuevos límites, para buscar nuevos horizontes, nuevos espacios de la naturaleza humana. El viaje se convirtió en algo definitivamente simbólico. Los españoles descubrieron un nuevo mundo y los anglosajones (con aportación de los alemanes), una nueva dimensión del mundo, la científica; pero no surcaron nuevos espacios, los lugares eran básicamente el mismo.
Los americanos, un siglo después, llevaron esta visión al extremo: la luna. En este caso, si había un nuevo espacio, “the new frontier” que cantó Donald Fagen: el espacio exterior. Ahora, los viajeros salían de nuestra atmósfera para dar vueltas –como Laika o Yuri Gagarin--, o incluso ir a la luna. La conquista de la luna era la conquista de muchas caras oscuras: la de los lunáticos, la del misterio, la del otro yo, la de multiples fantasías e imaginaciones, entre ellas la de unos habitantes blancos o verdes claramente selenitas. Aunque no creo que muchos espectadores del alunizaje de Armstrong el 20 de julio de 1969 esperaran que las antenas de una panda de selenitas aparecieran tras el cráter más cercano a la mezcla de podadora de césped y carrito de golf que allí mandaron.
Pero el simbolismo del viaje estaba servido: Kennedy lo había anunciado en la universidad de Rice en 1962, con ese estilo suyo tan humilde, tan horizontal, tan nuevaingletarramente gandhiano. Como un gurú de los nuevos tiempos, antecedente del pacifismo, el hipismo y el estilo “posh-laid-back” de Ralph Lauren. Los seres humanos, de la mano de los yankees, íbamos a poblar el universo, íbamos a llenar los planetas y las estrellas de banderas multicolores, sin querer más: sin expoliar minerales, sin exigir tributos, sin esclavizar a selenitas o marcianos, sin hacer otra cosa que conducir boogies playeros por dunas solitarias, jugar al golf interestelar, beber coca-cola y surfear olas de electrones si es que alguna tormenta solar nos regalaba con un buen “swell”. Y tras la luna nos quedamos vacíos. Hasta que llegaron Red Bull y Baumgartner.
Hace unos días hemos visto el salto de Baumgartner desde la estratosfera, y cómo sobrepasaba la velocidad del sonido en caída libre, sin motor de apoyo. Solo con la fuerza de la gravedad. Inmediatamente, yo pensé en el simbolismo de su viaje. ¿Es por poder? ¿Por conocimiento e inteligencia? ¿Por dinero? ¿Por la creación de una nueva frontera, de un nuevo espacio para los sueños? Pero no se me ocurrió más que compararlo con la economía española. En su caída libre, quizá supere a la velocidad del sonido. España, en caída libre desde la estratosfera a la que subió, no en globo como Baumgartner, sino por una torre de ladrillo levantada por un consorcio de políticos y promotores. “No seas malo”, me dije. Entonces me vino a la mente la caída de occidente, quizá porque entre mis lecturas debidas pero no cumplidas está la decadencia y caída del imperio romano de Gibbon. Tras ir a la luna, occidente cae en caída libre, dispuesto a romper todos los records. La aventura del XIX fue ir al otro, la del XX ir fuera; la del XXI, caer. Los habitantes occidentales de este siglo caemos como Ícaros, sin beber, con el cinturón de seguridad puesto y con el móvil de estranjis en una oreja y el tablet bajo el volante. Caemos por el mero placer de romper records, pero cuando estamos cerca del suelo, cuando la gravedad parece que va a vencer, abrimos el paracaídas con publicidad de Red Bull. Somos unos hachas cayentes.
Pero luego, se me ocurrió que quizá estaba siendo demasiado pesimista, y que en realidad la imagen de Baumgartner cayendo como un puntito de luz con una colita, describiendo círculos caprichosos y dirigiéndose a un gran globo rojo y azul a lo que se parecía era a un espermatozoide en su camino al óvulo. Y me di cuenta de su real significación: el vuelo del austríaco era en realidad una metáfora de la fecundación, algo que Woody Allen hizo décadas antes en un film sobre el sexo. De la exploración de lo desconocido a la simbología de la fecundación. Aunque luego recordé que Baumgartner había abierto el paracaídas antes de penetrar en el óvulo, un paracaídas con publicidad de una bebida energética. Y me di cuenta de que lo que habíamos visto era un poderoso coitus interruptus.