Relectura de Stalingrado
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 05 de agosto de 2013, 20:25h
La estación vacacional ha traído la ansiada ocasión de la lectura placentera y morosa. La presente ha sido lo segundo, pero no lo primero, al menos en su impacto emocional, atenuado un tanto por lo deslumbrante del estilo. Desde este último extremo, la elección del articulista no ha podido, ciertamente, ser más feliz. La prosa de Jacques Benoist-Méchin pertenece a la más acendrada prosapia luiscatorciana entreverada con la más sugestiva de sus grandes coetáneos, los escritores de proa de la primera mitad del XX, entre los que cabe incluirlo. Académico nato, hubiera vestido sin duda el uniforme verde de no haber mostrado en su juventud e inicial madurez una germanofilia impenitente. Conforme es bien sabido, al contrario un tanto que la Española, la Academia Francesa se ha inclinado tradicionalmente por los candidatos conservadores; pero auspiciar y refrendar la de un ministro de Pétain sobrepasaba sin duda todos los límites en tiempos, además, en que no se habían extinguido las pasiones desatadas por el régimen de Vichy y la sombra del gaullismo era todavía muy alargada, según pudo comprobar, a sus expensas, el célebre abogado J. Isorni, famoso defensor del vencedor de Verdun y algunos de sus principales colaboradores.
El no menos célebre, literariamente, autor de Historia de Alemania y de su Ejército (1918-1938) y otros textos canónicos acerca del despertar del Próximo Oriente y el Magreb no llegó a ver publicadas sus memorias, A l´epreuve du Temps. Souvenirs. París, 2012, que ha sido el libro escogido por el cronista para sus solaces estivales en la urente, pero aun así siempre bella y hechizadora, ciudad e su residencia, que, por cierto, no llegó a conocer Benoist-Mechin, pese a su alquitarada arabofilia.
Obra toda ella formalmente cautivadora y temáticamente en extremo provechosa y esencial para adentrarse en los mil vericuetos del Islam postcolonial, no sólo el de los países del norte de África –la Libia de los inicios del Gadafi y el Egipto de los comienzos de Nasser, también muy peraltadamente-, sino de igual manera de Arabia Saudí e Irak, como asimismo para la reconstrucción de capítulos sobresalientes de la historia de su patria en los años treinta y cuarenta de la centuria pasada. De imposible traducción al castellano por los condicionamientos actuales de la industria editorial española –negativos en su integridad, ocioso es aclararlo-, valdría la pena que todos los que estén familiarizados con el idioma de Molière se sumergieran en su lectura, para gozar y aprender de las muchas lecciones que los citados recuerdos proporcionan.
Una de las más impactantes e increíblemente novedosa en la bibliografía oceánica suscitada por el acontecimiento-eje de la segunda guerra mundial es la referida a Stalingrado. Beneficiándose del relato del jefe de los ayudantes castrenses de Hitler, el general Schmundt, hecho por éste en una entrevista personal y oculta al público en el París de agosto de 1943, Benoist-Méchin reconstruye páginas inéditas y decisivas en el desarrollo de la más crucial de las batallas del mayor conflicto planetario registrado en los anales de la Humanidad. Fueron tres –la última y más importante secreta con Schmundt como único testigo en la mañana del 29 de enero de 1942- las conversaciones mantenidas por Von Paulus con su enloquecido Fürher, quien en ésta, ya al margen de las vanas promesas de Göering de un auxilio imposible de la Lutwaffe, condenó sin paliativos a la inmolación más ciega a los postreros supérstites del VI Ejército alemán –unos 150.000 hombres a la fecha de la rendición. La descripción por boca de su jefe de las penalidades de sus tropas en el Cuartel General de Hitler –todavía situado en la famosa “Guarida del Lobo”- es una de las más excruciantes de las provocadas por otros duelos de parecido tenor de aquella contienda. En un contexto algo distinto, no menos interesante resulta la reacción ante la derrota alemana de Celine en la embajada alemana de París, en una cena contada por Benoist-Méchin con pluma impresionista y electrizante. En su genialidad, el novelista de Viaje al fondo de la noche taladró años, hombres y sucesos y atalayó con toda precisión el final del conflicto un bienio antes de su verdadero término.
Más de medio después de su desarrollo, acercarse a la gran batalla de la mano del escritor incomparable y muy singular personaje que fue Benoist-Méchin –en el ocaso de su asendereada existencia reveló, coram populo, su hemofilia, rompiendo toda suerte de clisés, estereotipos, cánones, reglas, normas y convenciones sociales- no será corto botín en el “vago estío” del tenebroso 2013 (y lo peor, quizá esté aún por llegar…).