Martín-Miguel Rubio Esteban

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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Mirada escolástica

Simón Pedro y Judas Iscariote

29-04-2011

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Durante este Semana Santa he reflexionado — no sé por qué llegan ciertas ideas a la cabeza sin ir a buscarlas — sobre dos figuras que festonean la Pasión del Señor queriéndonos sin duda decirnos algo: Judas Iscariote y Simón Pedro. Judas peca por obra, y la conciencia del tamaño de su pecado lo lleva a la desesperación y a la muerte. Pedro peca por omisión y la conciencia del tamaño de su pecado lo lleva a la santidad y a una muerte, que en cierto sentido lo consoló moralmente de no haber muerto con su Señor treinta años antes. El origen del pecado de Judas fue la codicia y el certero cálculo terrenal de que su Señor iba directamente al fracaso político más estruendoso. El de Pedro fue de soberbia y estúpida arrogancia, de pensar que estaba ya muy por encima de la frágil naturaleza humana. En los dos latían dos pecados mortales. Los dos fueron campo del Maligno. Su única diferencia radica en la respuesta que cada uno de ellos, como pecadores y almas no nobles, dio a sus terribles pecados.

Judas, en el Evangelio de San Juan, en la perícope del capítulo XII, que va del versículo 4 al 8, se manifiesta como un personaje muy actual, muy humanamente moderno. Critica que María, la hermana de Lázaro, gaste una enorme cantidad de dinero ( 300 denarios ) en perfume de nardo puro para perfumar a Jesús, que había resucitado a su hermano, y no lo haya repartido entre los pobres. Dado que Judas era un “fur” el asunto tiene su gracia. En la actualidad, muchos hombres, como Judas, critican que la Iglesia gaste dinero en embellecer las iglesias, construir nuevas, encomendar obras de arte a fin de exaltar a Jesús, a la Virgen o a los Santos, en vez de invertir todo el presupuesto eclesial en ayudar a los más desfavorecidos y, sin embargo, ellos mismos no han dado jamás un céntimo para ayudar a los pobres, ni estarían dispuestos a perder un solo gramo de su comodidad para que una familia de desamparados viviera mejor.

Judas representa como nadie a muchos de los grandes pensadores políticos de las épocas moderna y contemporánea: levantan en su mente un edificio social en el que se garantiza que reine la justicia y en donde ningún hombre pase necesidad, pero ellos mismos no mueven un músculo para mejorar la realidad de sus más prójimos. El gran Rousseau, a pesar de todo su amor inteligente a la educación de los niños, abandonó a los suyos a las manos caritativas de una institución de beneficencia, cristina, por supuesto. Federico Engels vivía confortablemente gracias a los sueldos de miseria que su padre y él mismo daban a las trabajadoras de su fábrica de hilaturas y de sus negocios vitivinícolas. Claro que con esa plusvalía también tenía para ayudar a su amigo Carlos Marx y pagar las ediciones de sus obras. Lo mismo podríamos decir de otros cien pensadores. La actitud de Judas ha estado siempre muy extendida, y ha venido a ser una constante del género humano. Todos hemos repetido en multitud de ocasiones el modelo hipócrita de Judas.

Pero el momento estelar de Judas es cuando entrega al Señor con un beso, gesto en todas las culturas conocidas de amistad, afecto, respeto y amor. La verdad es que por duro que pueda sonarnos la más vil de las traiciones puede ir mezclada perfectamente en el complejo corazón del hombre con un amor inmenso. Judas — qué duda cabe — amaba al Señor, su inteligencia se daba perfecta cuenta de que nadie había existido nunca tan bueno como Jesús, que Jesús sólo era encarnación del Bien. Pero Jesús chocaba con los intereses humanos del inquieto y pobre ladrón ( “ladrón” en el sentido profundo de alma furtiva y secreta, sin ventanas abiertas a los demás ) que era Judas. Con Jesús no se llegaba a ningún trono humano, a ningún poder lucrativo entre los hombres, ni siquiera se conseguía los objetivos sociales de los zelotes. En ese sentido, desde la óptica política de Judas, Jesús constituía un sueño maravilloso y, a la vez, un fracaso humano rotundo.

Jesús no nos iba a llevar a ninguna parte rentable desde el punto de vista del cálculo humano. Entregarlo a sus enemigos era desprenderse de esa parte del alma de Judas henchida de luz, pero que constituía un fardo para el propio interés, según las ideas del mundo. Pero Judas no sabía que no podía desprenderse de ese trozo de su alma — lo único bueno y diurno que tenía -, como si fuera de un vestido o un gorro, y una vez que lo entregó se percató que con aquella entrega había entregado la única vida propia que merecía ser vivida. El, que vivió junto a Jesús, no podía resistir ahora una vida de eterna noche sin Aquél a quien ayudó a matar. Y desde el puro razonamiento humano, desde ese cálculo que tan bien iba con la persona de Judas, se suicidó. El suicidio de Judas no es ninguna solución aberrante si lo contemplamos desde la pura lógica humana. Humanamente hablando, el último gesto de Judas ennoblece a éste, aunque lo aparte para siempre de la humildad del perdón, y con ella, del Reino de Dios. Ya desde que Judas se había apartado del Señor a la mitad de la Última Cena, llevaba la noche con él. Como dice el evangelista: “exivit contiuno; erat autem nox”.

Pero Pedro no era un pájaro mucho más noble que Judas. Probablemente inferior a Judas intelectualmente, era muy superior, sin embargo, a aquél por el tamaño de su corazón. Hombre tierno, pero turbulento, fogoso y apasionado de primeras, se enfriaba, sin embargo, su arrojo pasados unos minutos. De león pasaba a gatito. ¿Por qué le negó tres veces al Señor si previamente había arriesgado su vida cortándole la oreja al esbirro Malchus? Pongámonos en el caso de Pedro. Había visto a Jesús cómo sacaba los peces del mar como por un conjuro. Lo había visto caminar sobre las aguas. Lo había visto curar leprosos, ciegos, tullidos, pacientes de hemorragias constantes, sordomudos. Lo había visto curar a los oprimidos por el diablo, venciendo a los demonios que expulsaba de los endemoniados. Lo había visto curar a distancia. Lo había visto, en fin, resucitar a los muertos. Y ahora, de repente, en aquel Huerto de los Olivos se dejaba atrapar como un pajarillo, sin hacer resistencia alguna. Cualquiera se hubiera visto vencido por la perplejidad. La perplejidad lo dejó primero inactivo, habiendo tenido el valor, sin embargo, de acompañarlo hasta la casa de Anás, y luego, no entendiendo nada y temiendo esa ignorancia miedosa, lo negó mortalmente tres veces. Hubiera recobrado sin duda el valor si hubiera estado presente en el interrogatorio que le hizo Pilato a Jesús: “Regnum meum non est de mundo hoc; si ex hoc mundo esset regnum meum, ministri mei decertarent, ut non traderer Iudaeis; nunc autem meum regnum non est hinc”. Pero en aquel momento su alma estaba llena de sopor y miedo, y cuando por tercera vez cantó el gallo, el recuerdo de una triste pregunta irónica de Jesús le traspasó el alma: “Animam tuam pro me pones?”. El sopor espiritual de Pedro lo salvó del suicidio, y María Magdalena lo sacó inmediatamente de él la mañana que fue a contar a Pedro y al joven Juan que el sepulcro del Señor estaba vacío.

Entonces Pedro se llenó de la infinita energía de la esperanza, y echó a correr sin parar, a correr sin parar, a correr sin parar siempre ya hasta el final de sus días. “Currebant autem duo simul,…” Judas y Pedro no eran tan distintos. A Pedro lo salvó la sencillez de su alma y su reacción ante su fragilidad moral. Los hombres somos todos muy parecidos, incluso los santos y los pecadores. Sólo nos diferencia la reacción ante nuestra propia debilidad; la debilidad que nos define.







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