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Ucrania, la OTAN y la evolución del conflicto

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:05h
El pasado 2 de mayo comenzaron las operaciones militares en Ucrania Oriental contra los independentistas prorrusos. Ha pasado casi un mes y medio sin que la situación se haya decantado por las tropas de Kiev ni las milicias prorrusas. Si existiera tal cosa, podríamos hablar de un conflicto de baja intensidad. Sin embargo, los 270 muertos, los centenares de heridos y los miles de desplazados que huyen de los combates obligan a darle a la lucha en el Este de Ucrania la gravedad que merece. No he visto que muchos la llamen guerra pero –después del derribo en Lugansk de un avión militar de carga y la muerte de sus 49 ocupantes a manos de los rebeldes prorrusos- a uno se le van terminando los sustantivos que emplear sin que parezcan eufemismos. Si esto no es una guerra, se le parece bastante.

Admitamos que no hay un escenario definido con batallas en campo abierto, ni uniformidades distintas, ni altos mandos que dirijan a los ejércitos sobre el terreno. Bien, la guerra ha cambiado bastante. Nadie quiere llamar así al conflicto de Ucrania Oriental para evitar contribuir a una escalada que, en público, ni Moscú ni Kiev desean pero que los paramilitares prorrusos y proucranianos van alimentando poco a poco y sin descanso. Cada Gobierno apoya a los suyos. Desde Ucrania Occidental, el Sector de Derecha y los oligarcas ucranianos nutren las milicias que apoyan a las nuevas autoridades de Ucrania. Desde Moscú, según la Casa Blanca, se está enviando armamento pesado y tanques para ayudar a los rebeldes. Los votos de paz de Moscú, Kiev y la Casa Blanca chocan con los intereses sobre el terreno.

Kiev ha obtenido alguna victoria sobre el terreno como la recuperación de la ciudad de Mariupol, en la costa del mar de Azov, y controla 125 kilómetros de frontera con Rusia. El Kremlin, sin embargo, aún no ha agotado todas sus bazas. Quizás ni siquiera ha empezado a jugar en serio la partida ucraniana. Las conversaciones sobre el gas han dado algo más de tiempo a Kiev mientras confirman la buena voluntad de Moscú en llegar a un acuerdo con las nuevas autoridades de Ucrania sobre la deuda acumulada y los precios de futuro. A Gazprom –la gasística rusa- se le deben 2.500 millones de euros y su posición se fortalece a medida que pasan las semanas. Aún hace calor pero ya llegarán los generales del otoño y, sobre todo, del invierno. Las presiones a Rusia han logrado tiempo pero solo eso. En realidad, no es un gran avance para Ucrania.

Sin embargo, Kiev necesita estabilizar la situación en Ucrania antes de la cumbre de la OTAN en Gales (4 y 5 de septiembre). Algunos de los aliados quieren que la OTAN vuelva a sus orígenes y se centre en la defensa de los estados miembros y la contención militar de Rusia y sus aliados. Esto impulsaría el acercamiento a la Alianza que Kiev pretende retomar desde la caída de Yanukovich. Para facilitar las cosas, Poroshenko debe demostrar que controla su territorio y que puede acabar con el desgobierno post-Maidan. Sin embargo, no todos los aliados ven las cosas con ese entusiasmo. Ahí está Alemania, cuyo interés en mantener una buena relación con Rusia vienen condicionando la respuesta que Washington quiere dar a la crisis ucraniana. Es lógico que haya cierto escepticismo en París, Berlín o Roma. No tiene sentido denunciar la amenaza rusa mientras se discrimina a los rusohablantes. Pertenecer a la OTAN no puede ser una póliza de seguros para buscar conflictos con Rusia en la confianza de que uno tiene cubiertas las espaldas. El interés de Ucrania y de algunos aliados preocupados por Rusia no puede ser un pretexto para que la Alianza pase de una política orientada a los desafíos de la globalización y la seguridad regional a convertirse en un simple escudo defensor contra Moscú. El Kremlin no quiere alimentar esa preocupación y ahí radica, en parte, la clave de la contención rusa frente a la violencia del ejército ucraniano con los rebeldes prorrusos.

Así, Poroshenko, que ha prometido “una respuesta adecuada” al derribo del avión, y Yatseniuk, que -a pesar de todo -ha ordenado prepararse para el cierre del gas, necesitan victorias en Ucrania Oriental pero además necesitan convencer. Es más, sobre todo necesitan esto último. Hay que reconocer que lo tienen muy difícil. En lugar de proponer una solución que integrase las diferencias entre el Oriente y el Occidente del país, el gobierno de Kiev ha enviado al ejército y ha alimentado una escalada de miedos y violencia que comenzó cuando se desató la violencia en Maidan.

Los combates siguen en Ucrania Oriental mientras el ejército y las milicias de Kiev tratan de recuperar territorio y los rebeldes prorrusos se defienden. Los responsables de las gasísticas rusa y ucraniana tienen previstas reuniones para encauzar un contencioso que puede ser crucial para toda Europa Central y Oriental. El horizonte de septiembre se aproxima.

Veremos qué sucede después.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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