Martín-Miguel Rubio Esteban

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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Mirada escolástica

201 años desde Balmes

04-11-2011

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Era de esperar que la miserable e ignara España oficial del siniestro Zapatero, juguete sin duda de un poderoso energema, no organizase actos con que celebrar el IIº Centenario del nacimiento del gran filósofo catalán Jaime Luciano Balmes Urpiá, el mejor filósofo español del siglo XIX, pero se suponía que la sociedad civil y las muchas facultades de filosofía que pululan por España, enmarcadas en Universidades no sólo públicas sino también privadas, no dejasen pasar el Año 2010 sin homenajear al filósofo de Vic como se merecía. Pero se ve que nuestra sociedad civil está esclerotizada y sufre de acondroplasia por la bárbara ubicuidad de los partidos. Y estos, junto a la dictadura de lo políticamente correcto, han conseguido con sistemática tenacidad que nuestra sociedad civil ya no esté por encima del nivel intelectual de Leire Pajín o de la sin par Bibiana Aído, o de José Blanco. Digamos nosotros, no obstante, algo de Jaime Balmes frente a este silencio antiespañol culpable y acomplejado.

Este ilustre pensador catalán españolísimo, aunque trabajó y escribió sobre todos los distintos apartados de la filosofía, es, sobre todo, por sus estudios de filosofía moral por los que más merece pasar a la Historia de la Filosofía, y que llegaron a influir incluso en la obra pastoral de grandes papas, como es el caso de León XIII.

Su filosofía moral sirvió, además, para tender un puente entre la escolástica y la filosofía moderna. Para Balmes el hombre, todo hombre, la persona, el individuo, es sujeto de una dignidad esencial única entre los seres mundanos. Por tratarse de un valor ontológico, tal dignidad, ajena por completo a cualquier consenso humano histórico, se constituye en algo inalienable e insustituible, imperecedero, algo sagrado, independientemente de la raza, el color, la lengua o cualquier otro condicionamiento accidental, como pudiera ser el comportamiento malo o bueno de los sujetos.

Amigo de la tradición, en cuanto que tal actitud supone un respeto a la inteligencia milenaria de la especie humana, estaba convencido de que no se adelanta nada cuando una generación opta por desembarazarse de todo lo heredado de las anteriores. La evolución, y no la revolución, sería el medio más apropiado para mejorar a los hombres, y con ellos, a las sociedades, anticipándose con esto a la teoría de ingeniería social que propusiese Karl Popper.

Balmes concebía el desarrollo de la civilización en su sentido aparentemente utilitarista (sólo aparentemente ): “La mayor inteligencia posible para el mayor número posible; la mayor moralidad posible para el mayor número posible; el mayor bienestar posible para el mayor número posible”. Y veía a cada hombre como un universo, análogo al gran universo, como un cosmos (universo ordenado ), en el que la moral representaba lo que la ley de la gravitación universal representa en el gran universo. “En el mundo moral hay sus leyes como en el físico; la inteligencia, con su inquietud característica, su agitación incesante, su actividad inagotable, su variedad infinita, representa el impulso en todas direcciones, el movimiento indefinido, sin regla, sin objeto; pero la moralidad es la ley de gravitación universal que todo lo arregla, lo tempera, lo armoniza, constituyendo diferentes centros particulares, que a su vez reconocen otro centro universal, que es Dios”. Sin moralidad todos los elementos que constituyen el universo de cada hombre se descabalan, salen de su órbita, porque falta la fuerza centrípeta capaz de situar cada cosa en su sitio.

Sólo los seres libres pueden llevar a cabo actos morales, por lo que Balmes ataca al determinismo que comenzaba a ser pujante en su época, y que disolvía la responsabilidad de los actos del hombre refiriéndolos bien a una programación de la sociedad, bien a la pura biología con la que estaba constituido cada hombre. Balmes cree ciegamente en la libertad del hombre, por eso lo define como un ser radicalmente moral. Sobre este particular existe un fragmento del pensador de Vic, de su obra juvenil El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea que no tiene desperdicio:

“Cuando el hombre llega a considerarse arrastrado por la irresistible fuerza del destino, sujeto a una cadena de acontecimientos en cuyo curso él no puede influir; cuando llega a figurarse que las operaciones del alma, que parecen darle un vivo testimonio de su libertad, no son más que una vana ilusión, desde entonces el hombre se anonada, se siente asimilado a los brutos; no es ya el príncipe de los vivientes, el dominador de la tierra; es una rueda colocada en su lugar y que, mal de su grado, ha de continuar ejerciendo sus funciones en la gran máquina del universo. Entonces el orden moral no existe; el mérito y el demérito, la alabanza y el vituperio, el premio y la pena son palabras sin sentido; el hombre goza o sufre, sí, pero a la manera del arbusto, que ora es mecido por el blando céfiro, ora azotado por el furioso aquilón. Muy al contrario sucede cuando se cree libre: él es el dueño de su destino; el bien y el mal, la vida y la muerte están ante sus ojos; puede escoger, y nada es capaz de violentarle en el santuario de su conciencia. El alma tiene allí su trono, donde está sentada con dignidad, y el mundo entero bramando contra ella y el orbe desplomándose contra su frágil cuerpo no pueden forzarle a querer o no querer.

El orden moral en todo su grandor, en toda su belleza, se despliega a nuestros ojos, y el bien se presenta con toda su hermosura, y el mal con toda su fealdad, el deseo de merecer nos estimula, el de desmerecer nos detiene, y la vista del galardón que puede ser alcanzado con libre voluntad y que está como suspendido al extremo de los senderos de la virtud hace estos senderos más gratos y apacibles y comunica al alma actividad y energía. Si el hombre es libre conserva un no sé qué de más grandioso y terrible, hasta en medio de su crimen, hasta en medio de su castigo, hasta en medio de la desesperación del infierno”( c. XXII/ IV, 234-235 ). Más de cien años antes de la gran obra de Isaiah Berlin, Cuatro ensayos sobre la libertad ( 1969 ), el padre Balmes llegaba a las mismas conclusiones y defendía los mismos postulados que la filosofía moral de Berlin, alumbrando a ésta claramente, tal como lo llega a reconocer noblemente el propio pensador letón.

Balmes tenía que pasar desapercibido por orden oficial de la superioridad, o condenado al ostracismo y a la trituradora del olvido, en este Paraíso de Zapatero porque es el mejor filósofo español que en su día desenmascaró la impostura inhumana, cruel y degradadora del relativismo moral, que deja al hombre al final desnudo, al pairo, en las grandes tormentas de la vida. “La moral no depende del arbitrio de los hombres; las acciones no son morales o inmorales porque se haya establecido así por consenso, sino por su íntima naturaleza: ¿podrían los hombres haber hecho que la piedad filial fuese un vicio y el parricidio una acción virtuosa; que el agradecimiento fuese malo y la ingratitud buena; que fuera vituperable la lealtad y laudable la perfidia; que la templanza mereciese castigo y la embriaguez fuera digna de premio? Es evidente que no; las ideas de bien y de mal convienen naturalmente a ciertas acciones; nada puede contra eso la voluntad del hombre. Quien afirme que la diferencia entre el bien y el mal es arbitraria contradice a la razón, al grito de la conciencia, al sentido común, a los sentimientos más profundos del corazón, a la voz de la humanidad, manifestada en la experiencia de cada día y en la historia de todos los tiempos y países” ( Filosofía elemental, Ética, c. III, n. 14 ). A lo mejor, sólo a lo mejor, si gana las elecciones Rajoy, deje de estar prohibido enseñar a Balmes en la Ética y Ciudadanía de la Educación Secundaria Obligatoria. O no.







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