José Manuel Cuenca Toribio

José Manuel Cuenca Toribio

JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.

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Tribuna

23F: Treinta años después

22-02-2011

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Los cangilones de la noria memorialística del célebre episodio no llevan hasta el momento información o análisis dignos de destacada mención. Ninguna documentación esencial se ha exhumado ni ninguna interpretación de flamante cuño ha enriquecido notoriamente el conocimiento del fracasado pustch. Circunstancia, por lo demás previsible, habida cuenta de que lera difícil que los testimonios de primera fila aún desconocidos se alumbrasen al calor de la evocación de la célebre efemérides. Los relatos de primer plano todavía inéditos acerca de su génesis y desarrollo pertenecen a gentes o bien desaparecidas ya sin dar a la luz su descripción del acontecimiento —algo que, naturalmente, puede suceder en el futuro- o comprometidas con un silencio sepulcral en punto a una de las páginas más controvertidas de nuestra historia reciente. Sin novedades factuales en torno a una de las sin duda fechas clave de la restauración democrática resulta, en verdad, imposible desplegar en pro de su verdadera reconstrucción teorías novedosas o de un cierto alcance historiográfico.

Tal valladar, empero, no ha sido obstáculo para que, al hilo de la celebración cronológica, se hayan visto enriquecidos temas de innegable importancia relativos al clima desencadenante de la intentona golpista. Verbi gratia: la cuestión atañente a las deterioradas relaciones entre el monarca y su presidente de Gobierno ha alcanzado por el esfuerzo de varios investigadores unos contornos firmes que permiten ahondar en el esclarecimiento de la profunda crisis que en los inicios de 1981 cuarteaba el edificio construido por el primer partido que alimentara el rodaje del régimen de la monarquía parlamentaria instaurada en 1978. Igualmente ha acontecido respecto a los enmarañados y, a la postre, ineficientes servicios de información del Estado, enzarzados entonces -¿y ahora?- en una guerra de todos contra todos. Asuntos, bien se entiende, de relevancia suma que ayudan a imaginar con más propiedad la atmósfera política y social que envolvió los días precedentes al chafarrinesco pronunciamiento, pero que no implican un avance sustantivo sobre el núcleo de su trama.

Es comprensible, al tiempo que historiográficamente positivo, que, a socaire de los treinta años trascurridos del resonante lance, la industria cultural “ponga en valor” —horresco referens, pese a su aprobación por la RAE….- uno de los hitos del último recorrido de la contemporaneidad nacional. El mercado impone aquí también su ley. Sin embargo, el lector avisado habrá de hacer un sostenido esfuerzo para no verse sumergido ni contribuir tampoco a la ceremonia de la confusión en que hasta el día semeja desenvolverse el recuerdo de la tragicomedia de ha un tercio de siglo. Por más que aduzcan plumas intonsas o, lo que es peor, ufanas de ridículo narcisismo, el “caso” del 23- F está cerrado para la historia, cuyo juicio se emitirá con todas las garantías por los estudiosos de mediados de la presente centuria. Si en el transcurso de las próximas décadas se exhuman otras pruebas -opiniones o escritos de subido interés-, los profesionales de Clío —y no otros…- las incorporarán meticulosamente al dossier ya allegado, a fin de que su veredicto se ajuste a verdad y a derecho; al derecho de unos españoles a saber su propia historia conforme al trabajo de sus peritos y expertos. Las impaciencias y voluntades hodiernas por escrutar y desentrañar el auténtico significado de los hechos que conmocionaron la actualidad son legítimas y hasta plausibles, mas de imposible satisfacción. Así se verificó en todo tiempo y así permanece. Por mucha que sea la aceleración que la historia registre en nuestra época, los molinos de los dioses, como en los días de Homero, seguirán laborando bien despacio…







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