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Abdicación: La segunda Transición

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 23/07/2014 16:12h
España está más ebria que nunca y aferrada a una farola para no precipitarse. Esa farola es y ha sido Juan Carlos I. Su abdicación no resulta una derrota sino un ciclo vital cumplido siendo el balance mucho más positivo de lo que muchos jamás reconocerían por sus egotistas conveniencias. La monarquía ha sujetado lo que de otra manera yacería sin sentido en el suelo de las divergentes ambiciones porque, a pesar de que cada uno fue políticamente por donde le plació y embebido de codicias sectarias, hasta ahora siempre hubo un fanal donde terminar abrazándose. España, milagrosamente y a trompicones, frente a embates de toda índole sigue en pie.

La existencia del Rey Juan Carlos I ha mantenido vigente la partida estratégica del complejo ajedrez que no pocos jaques ha brindado durante nuestro tiempo constitucionalista. La monarquía ha sido factor determinante para que el conglomerado institucional no se haya derrumbado con los estropicios de la corrupción generalizada -incluso a pesar de que la misma realeza se haya manchado de un borrón estatal in extremis decadente- , generada durante casi cuarenta años por la complacencia de unos y otros y el desarraigo del juego limpio democrático donde pocos han tomado ventajas en detrimento del beneficio plural.

Durante treinta y nueve años los españoles hemos avanzado borrachos de problemáticas constantes, ebrios de dolor y de indignaciones pero siempre hemos resuelto el riesgo de caer de bruces agarrándonos a la farola del orden establecido, el bueno conocido, el de un rey enraizado en la historia contemporánea y que seguirá rigiendo los destinos de un equilibrio precario en una España minada de rivalidad, escisión y parco entendimiento político de unos y otros extremos ideológicos. Aunque haya llegado la natural consecuencia de una abdicación, el antecedente de lo constructivo prevalece con el monarca que cede el cetro a un hijo muy preparado para reinar en un país distinto, eso sí, al que encontró en 1975. Sus magníficos logros forman parte de la Historia de una España ahora divorciada del espíritu de la Constitución y los méritos de la convivencia habrán de ser mayores. Su marcha marca el inicio de lo que podría denominarse una segunda Transición aún más decisiva para un futuro de paz y convivencia.

Las problemáticas actuales constituyen un peligroso precedente para encarar una etapa muy distinta a los inicios de la Transición. Los perjuicios son evidentes. La borrachera nacionalista, la de la corruptela provocada desde lo más profundo del arraigo aparentemente democrático; la germinación de las depravaciones a través de las administraciones públicas que han terminado degenerando en mal generalizado contra todos los ciudadanos; las rencillas históricas despertadas con maligno afán de oportunismo para causar todo tipo de desequilibrios sociales, políticos y económicos; las deliberadas tramas ocultas, a propósito solapadas por una Justicia afín al sectarismo; el desgaste plural de una sociedad aislada y desprotegida por aquellos políticos que engendran, lejos del consenso, la disparidad de criterios en consonancia con los intereses dispersos de corte arbitrario y favoritista... A pesar de tantos males se sigue, prodigiosamente, en pie. Si no se ha estrellado todo contra el suelo en las monumentales borracheras de la traición contra el beneficio conjunto de esa sociedad tan maltratada que conforman los españoles, ha sido por el referente monárquico que representó Juan Carlos I.

No es casualidad el ataque permanente contra la monarquía que él representaba unificando criterios. No fue extraño que, después del embate en los inicios del intento de derribo contra la institución, los enemigos de ella advirtieran que el país no era netamente monárquico sino integradoramente juancarlista. De ahí que de esa observación surgiera un ataque directo contra Don Juan Carlos que prevaleció hasta la abdicación.

No fue casual que siendo el pueblo juancarlista se ideara una oscurantista estrategia con el objetivo de demoler la confianza del español en el Rey con el que compartió sus décadas de libertad. Una libertad en ocasiones bajo los dictados impunes de una estratagema de acoso y derribo contra el orden establecido que ha llevado paulatinamente a la desastrosa situación actual. Y ahora, con ese enemigo disfrazado de la política que encubre vulgares ambiciones particulares, se consuma un debate de sucesión habida cuenta de la salud precaria del monarca que no parecía poder cumplir con la estricta agenda derivada de sus reales deberes.

En realidad esta agenda histórica se ha desempeñado con creces. Convendría no olvidarlo para los subsiguientes acontecimientos que conlleva la decisión.

Con el hartazgo del martilleo antimonárquico y en aras de un republicanismo incipiente ahora se pretende, en el momento más delicado y más esperado por algunos, un referéndum por el que se va a porfiar sin concesiones. Carentes de farola ni luz no habría dónde sujetarse con la extrema ebriedad recurrente que conllevan las ambiciones de esta España que parece buscar repetir su peor Historia.

Será obligada la consciencia trascendente sobre este punto de inflexión en que la abdicación nos marca con especial y pionera relevancia frente a nuestro devenir socio político. Existen múltiples complejidades que serán oportunamente aprovechadas para intentar imponer otras miras mucho más ambiciosas políticamente que la aceptación consensuada del futuro rey Felipe VI. El Príncipe puede estar preparado para recoger el testigo pero habrá que comprobar si también el país que reinará. No pocos argumentarán que la legitimación plebiscitaria sería el único impedimento para evitar la corriente que pretende imponer otro régimen con las mismas estrategias de un pasado prefranquista.

España se aproxima a una coyuntura delicada que no ha atravesado en todo el reinado de Juan Carlos I y que constituirá un balance definitivo al tiempo de toda la era democrática que se inició con la firma de la Carta Magna.

El juancarlismo ha sido la presa consensuada que hasta ahora ha podido retener las aguas arremolinadas de una España bajo presión constante e imprevisible, una farola a tiempo para una ebriedad de un conjunto español que siempre ha evitado una caída definitiva. Pero España sigue borracha y ahora de soberbia e intransigencia.

La abdicación conlleva confrontar con una actualidad que exige absoluta prudencia por la muy desbocada intención con profundas escisiones que han radicalizado la intención antimonárquica. Se reivindicará la ilegitimación del proceso y será la oportunidad para imponer la antítesis política por la fuerza.

Será previsible un mayor conflicto mediático, social y político, presionando para consumar el plan preestablecido del cambio de régimen. Es lo que tiene esta barra libre de lo político que ha terminado emborrachándonos a todos con los efluvios de sus miserias. A garrafas y con embudo.

Con las actuales circunstancias extremas, si no se obra con prudencia vital, antes de que nos cambien la farola que iluminó el regreso a la democracia nos habremos dado una trompada por no saber a qué agarrarnos después de cuarenta años en los que el Rey ha sido decisivo para no estrellarnos contra el duro suelo de las intransigencias.

Con la abdicación llega una segunda transición de nuestra democracia que habrá de conllevar una profunda renovación constitucionalista y aglutinar los dispares intereses en pro de una convivencia social cada más precaria y extrema. Durante un tiempo España parecerá que no sabrá dónde agarrarse, pero lo cierto es que Felipe VI posee la oportunidad histórica de mostrar que el legado de su padre no fue en vano. Su reinado se iniciará con muchos impedimentos, razón de más para aprovechar la oportunidad de la crisis y buscar ese gran consenso que los mismos españoles desean negarse sin calibrar las consecuencias del empeño desestabilizador que previsiblemente va a incrementarse.
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