José Manuel Cuenca Toribio
JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.
tribuna
¡Ay, los trenes de antaño...!
Hace apenas una generación, cerca de medio centenar de trenes expresos iluminaba la noche española, de sur a norte y de este a oeste. Hodierno, menos de una decena -y varios de ellos internacionales- recorren nocturnamente un tramo reducido de tierra peninsular. Si el contemporaneísta de mayor autoridad y prestigio en los ámbitos más avanzados de la historiografía del mismo periodo afirmara ha ya mucho tiempo que, en gran medida, la única revolución experimentada en nuestro país en el transcurso de las últimas centurias, había sido la de los transportes, protagonizada alzaprimadamente por el ferrocarril, se entiende bien el impacto provocado en nuestros compatriotas de edad madura o provecta por la desaparición casi subitánea de los trenes en que se escribió gran parte de la historia reciente de la nación (de la que fuesen un elemento vertebrador de primera importancia…). Cuántas vidas españolas ofrecieron lo mejor de sí en los vagones de los expresos nocturnos a través de la confidencia esperanzada, la promesa entusiasta o el consejo provechoso a lo largo de conversaciones interminables, pórtico en muchas ocasiones de relaciones de amistad o amor de diferente modulación e intensidad. En no pocas personas, sobre todo, en los jóvenes, algunos de estos viajes señalaron un antes y después de su existencia, al despertarse en ellos, al calor de la conducta o la charla de compañeros de jornada nocturna, vocaciones o ilusiones que, tiempo adelante, se materializarían. Cómo contribuyeron, igualmente, dichos trenes a “fer pais”, como dicen bella y expresivamente los catalanes, en cuya casa y casal de Barcelona la estación de Francia fuera, en éste y otros muchos aspectos, un centro irradiador de primer orden.
Pasado, presente y futuro —tiempo verbal y anímico que siempre tuvo vigencia y se conjugó con ardida ilusión incluso en los días más sombríos del franquismo- se adunaban en la plática inacabable de los desvencijados e inconfortables departamentos de tercera y segunda “clase”, como testimonio de solidaridad patriótica y cívica. Mientras los más viejos desgranaban sin cansancio recuerdos de avatares bélicos, laborales y afectivos, muchachos y muchachas tejían complicidades de ilusiones y ensueños.
Y todo ello, al paso que, en la alta madrugada, el tren en cuestión hacía parada y-también, según los hados- algo de fonda en Venta de Baños, en Chinchilla —donde, a las veces, en noches de especial negrura y mortecino, muy mortecino alumbrado, refulgían con singular brillo las navajas cabriteras de vendedores de ocasión-, en la siberiana Almazán o en la muy longuínea y algo monótona Linares-Baeza; y en la baja madrugada, cuando la aurora comenzaba a adueñarse de los horizontes más lejanos, la estación ourensana entregaba todos sus secretos al aprendiz de escritor, o la árida e insulsa de Ronda ponía su contrapunto a la belleza prepotente y avasalladora de la ciudad del Tajo, o la alegre de Xátiva predisponía ya la mirada al goce del festín de luz y verdor del que disfrutarían durante muchas horas los viajeros del tren más musculado de toda la red de “ferrocarriles españoles”: el “catalán”, también conocido por la apelación del “sevillano”… Y así, incontables estaciones de los centros radiales del tercer —por aquellas calendas- país europeo en extensión, en las que el pueblo —entonces- quizá de mayor personalidad del Viejo Continente dejaba la radiografía, mejor que en ningún otro sitio, de sus virtudes y defectos…
Desde los veloces, asépticos, climatizados, insolidarios trenes de la ufana y deshuesada actualidad, el cronista alberga a menudo el recuerdo del, ferrocarrileramente, beau vieux temps, y siente, como su adorado Baroja, la pulsión de la añoranza de los “viejos caballos del tiovivo…”, transformados, en la suya, en los trenes de una España y una civilización idas para siempre.




