José María Herrera

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COLUMNA SALOMÓNICA

Defensa de la crispación

29-03-2008

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Hace unos meses, cuando comenzaron a confirmarse los desastrosos datos de la educación en España (aunque habría que precisar que son desastrosos y no sólo malos gracias a la apocalíptica contribución de Andalucía, comunidad que inaugura ahora su enésima modernización), el ministro Rubalcaba insinuó en una entrevista televisiva la posibilidad de que los datos obedecieran a la aplicación de criterios de evaluación poco adecuados, pues una economía que había prosperado como la nuestra debía contar por fuerza con una población muy preparada. El entrevistador, que esperaba la típica cortina de humo, “religión o educación para la ciudadanía”, se quedó tan perplejo con la salida que pasó sin más a otra cosa.

La insinuación del señor Rubalcaba, luego completada por el presidente con un argumento que produjo consternación entre tirios y troyanos, fue un poco de chiste: el niño no puede está mal formado porque el padre no lo está. Con su inflexión benigna y su gesto amable, de orador consciente de que lo fundamental es ganar el sentimiento del auditorio, no su juicio, consiguió que un informe bochornoso se convirtiera, de repente, en una noticia positiva. ¿No será que Europa continúa midiendo el éxito educativo con patrones obsoletos, inapropiados para un país que, a ciertos efectos al menos, está a la vanguardia mundial?

No hay duda de que los votantes, muchos de los cuales proceden de la tradición marxista o ilustrada, han debido quedar bastante satisfechos con el planteamiento de la cúpula socialista. Sin embargo: ¿es tan obvia la relación entre prosperidad y educación como dice Rubalcaba?, ¿no constituye esto un sucedáneo del viejo y deleznable modelo del mérito que en su momento prometieron erradicar?, ¿qué clase de izquierda es la que identifica el éxito educativo con el de un sistema productivo cuyas injusticias pretende corregir?

Convencido como muchos de que izquierda y derecha comparten el mismo ideal educativo —un preocupante consenso que explicaría porqué los grandes partidos no han suscrito todavía ningún acuerdo al respecto-, Pérez Reverte escribió hace varios meses un artículo furibundo: “Permitidme tutearos, imbéciles”. Su éxito entre los docentes -un gremio del que sólo se sabe ya por las páginas de sucesos- fue tal que, desde entonces, es exhibido en muchas salas de profesores. Podemos resumir en un renglón sus ideas porque nada más que contiene una: el fracaso del sistema educativo (fracaso que sólo niegan las autoridades y, como diría un andaluz, sus perros-caena sindicales) es fruto de la imbecilidad e ignorancia de los responsables. Pérez Reverte ni argumenta ni ironiza. Cuando dice ignorancia, dice ignorancia; cuando dice imbecilidad, imbecilidad.

No entro en si Pérez Reverte tiene o no razón, y menos aún me propongo juzgar la manera en que ha tratado a aquellos que, tarde o temprano, lo convertirán en sello de correos, pero confesaré que he quedado perplejo al descubrir que gente que permanece impávida cuando oye o lee “recepcionar” o “aperturar” se persigne espantada ante los “cojones” e “hideputas” del novelista. Es verdad que estas palabras resultan desabridas y que, en democracia, es preferible la argumentación al exabrupto, mas: ¿qué se puede esperar cuando los políticos de uno y otro lado hacen oídos sordos ante un problema tan grave?, ¿acaso el objetivo prioritario de la educación, cualquiera que sea el gobierno que la gestione, no debe ser preservar la posibilidad liberadora de la cultura, impedir por todos los medios, y en la medida en que esto sea posible, el alienante “pan y circo”?

El talante del señor Rubalcaba está muy bien. Sus maneras caribeñas gustan con razón a la gente. También es loable que nos diga la verdad, aunque la verdad resulte un tanto inquietante para quienes creen que es más importante la educación del ciudadano que la educación para la ciudadanía. El estilo Reverte está, en cambio, muy mal. Tal vez funcione en los folletines, pero no nos gustaría que lo hiciera en la vida cotidiana. Otra cosa muy distinta, sin embargo, es que el talante, esgrimido como un valor en sí mismo, consista no en oír al crítico, sino en sonreírle. Cuando se sonríe demasiado y no se hace nada, o lo que se hace es exactamente lo contrario de lo que se dice que se hace, la gente se pone nerviosa. Demasiados padrenuestros llevan irremediablemente a la blasfemia, que es la versión anticuada de la crispación.

Yo creo, por supuesto, que habremos dado un gran paso el día que erradiquemos de la vida política el grito y el improperio, pero me temo que el grito y el improperio no siempre ocultan una mente cerril o un mal ciudadano, sino un ciudadano impotente, que es lo último que debería permitirse una auténtica democracia.







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