Desvarío postal
lunes 29 de julio de 2013, 17:58h
La reciente carta del Presidente de la Generalidad de Cataluña al Presidente del Gobierno exigiendo de éste lo que es imposible –una “consulta” al pueblo catalán para que en uso de su pretendida soberanía ejerza “su derecho a decidir”, que le conduzca a la independencia- no aporta ninguna novedad pero muestra, de nuevo, la cerrazón intransigente del nacionalismo catalán. En arrebatada huida hacia adelante, por un camino que no tiene ninguna salida, Mas se empecina en su desvarío excluyente con argumentos que no se tienen en pie porque no soportan ni el más somero contraste histórico, ni el análisis jurídico más elemental y que revelan un profundo desconocimiento –a sabiendas del error o por supina ignorancia- de la realidad española, catalana, europea e internacional.
Es muy grave que los dirigentes nacionalistas catalanes se crean, al menos aparentemente, el cúmulo de patrañas con que han atiborrado las mentes de varias generaciones de catalanes, a las que están condenando irresponsablemente a la más profunda y desasosegante de las frustraciones. Con el señuelo de una edénica independencia, están perpetrando una estafa histórica tan grave como la que llevaron a cabo los marxistas en el siglo XX prometiendo a las masas el paraíso del proletariado. Una clase gobernante se descalifica a sí misma cuando induce a su pueblo por vías impracticables, sin más meta que el desengaño y la decepción. Sobre todo si, además, utiliza el odio como herramienta para sus fines.
Dice Mas en su carta que otros países de la UE “encuentran vías para solucionar democráticamente y legalmente este tipo de retos y de realidades”. Pero eso no es ni la verdad ni siquiera una verdad a medias. Lo que no dice es que en cada país se respetan, ante todo y sobre todo, sus normas constitucionales. Podría recordar que el artículo 89, párrafo 4 de la Constitución francesa afirma categóricamente que “ningún procedimiento de revisión se puede iniciar o proseguir cuando atenta a la integridad del territorio”, lo que hace imposible, por ejemplo, que se puedan aceptar las pretensiones del independentismo de Córcega, aunque esta isla solo forma parte de Francia desde finales del siglo XVIII. O el artículo 4º de la Constitución italiana que afirma que “la República es una e indivisible”, lo que hace impracticables las pretensiones independentistas de la Padania, que mantiene ese extraño partido, corrupto y racista, que es la Liga Norte. Y eso que Italia solo alcanzó su unidad hace siglo y medio.
Unas normas de países de nuestro entorno que son similares al artículo 2 de nuestra Carta Magna (“La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”). En todas estas constituciones se afirma, además, que la soberanía pertenece al pueblo en su conjunto y, por lo tanto, se niega cualquier atisbo de soberanía a una parte o fragmento del mismo. Cataluña no ha sido nunca soberana ni independiente. En la época feudal formó parte de la Corona de Aragón y es una fábula sin fundamento la pretendida “confederación catalano-aragonesa” del nacionalismo. Como lo es que perdiera una pretendida independencia en 1714. Y pertenece al ámbito de la psicopatología política que asuman como propia aquella derrota que solo lo fue de la dinastía de los Habsburgo, perdedores en aquella guerra de “sucesión” que no de “secesión”. Lo mismo que hacer de la derrota de otro la fiesta “nacional” de una “nación” sin existencia histórica.
Ahora se habla mucho del caso de Escocia, que nada tiene que ver con la situación española pues ese territorio británico fue un reino separado durante siglos y solo en virtud del Acta de Unión de 1707, se une con Inglaterra; aunque desde 1603 las coronas de Inglaterra y Escocia tenían una unión personal, es decir el mismo rey. El próximo año se va a celebrar un referéndum promovido por los nacionalistas escoceses y aceptado por la Cámara de los Comunes porque allí no hay una constitución escrita con mandatos tan claros como los citados más arriba. Todos los comentaristas estiman que los escoceses no van a optar por una complicada independencia que les dejaría sin moneda y fuera de la UE. A pesar de las fantasmadas de Salmond, el primer ministro escocés, que hasta se quiere apuntar como exclusivamente escocés el triunfo de Murray en Wimbledon que para Cameron, como para el propio campeón y para todo el mundo, es una victoria británica, de todo el Reino Unido.
Los nacionalistas catalanes debían estudiar a fondo el caso de Quebec –que en un tiempo encandiló a Pujol- y en concreto el dictamen del Tribunal Supremo de Canadá de 1998 y, más fácil aún, la clarificadora intervención del diputado canadiense de Quebec, Stéphane Dion, en el Real Instituto Elcano, el 9 de abril de este año 2013, publicado en un ARI de esta institución el pasado mes de mayo. Aunque centrado en el caso de su país, en un párrafo de su intervención se refiere a España en estos términos: “España dista mucho de ser la única democracia que se afirma como entidad indisoluble. Ya sea en su Constitución, o bien a través de su jurisprudencia, muchos países se declaran indivisibles: Francia, Estados Unidos, Italia, Australia, etc. Estos estados democráticos consideran que el país no puede ser dividido, ya que cada parcela del territorio nacional pertenece al conjunto de los ciudadanos, y garantizan a todos sus ciudadanos que la pertenencia al conjunto del país es un legado que podrán transmitir a sus descendientes”.
La carta de Más carece de consistencia jurídica. El Presidente del Gobierno no puede iniciar ningún tipo de negociación que verse sobre la indivisible soberanía española porque se estaría saliendo de la Constitución, lo cual es inimaginable. Como lo es una consulta que plantee la hipotética independencia de Cataluña. Quienes la promovieran estarían igualmente fuera del terreno de juego constitucional y, aunque no es realista ni planteable, en un referéndum (llamemos a las cosas por su nombre) sobre la hipotética separación de un trozo, por pequeño que este fuera, del territorio nacional tendría que participar el conjunto del pueblo español. Una eventualidad que pone frenéticos a los asesores de Mas, que deberían estudiar un poco más el derecho constitucional y el internacional.
Todo esto indica hasta qué punto es nocivo y pernicioso en nacionalismo excluyente (¿pero es que hay otro?) y, en este caso concreto, tanto para Cataluña como para el conjunto de España. Cataluña tiene –gracias a la Constitución de 1978, que los catalanes votaron en amplia mayoría- más autonomía que en ningún otro momento de su historia, si la despojamos de las inaceptables patrañas que cuentan los nacionalistas. Llevan mucho tiempo caminando por la senda equivocada y no tienen más remedio que entrar en razón y desandar lo malandado. Hasta el punto que han llegado no es, evidentemente, tarea fácil y no parece posible que la puedan llevar a cabo los mismos que les han conducido al extravío. Ese es el reto que tiene ahora la sociedad catalana.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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