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Ecología a la española

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 11 de mayo de 2012, 21:55h
En el pasillo de un pétreo edificio atravesado quincenalmente con asiduidad por el cronista, reza, en lugar destacado, un cartel con la frase “Enciende la ecología, apaga la luz”. Dos extremos asociados al mencionado texto llaman una y otra vez la atención del articulista. Instruido éste en los mejores años de la pubertad por venerables catedráticos de Instituto en el permanente uso de la segunda persona de respeto para dirigirse a las personas de edad o desconocidas para el hablante, tan conminatoria consigna le resulta reluctante por su inclusión en la generalizada –y basta- campaña en pro de un tuteo universal, que, en cierta medida, semeja un retorno a los tiempos en que los totalitarismos suprimieran el Vd. y el Vdes. por burgueses, elitistas y discriminatorios…

Por fortuna, empero, dicho desabrimiento se esfuma casi sin solución de continuidad al conjuro del contenido de un mensaje que no puede ser más grato a alguien como el firmante educado religiosamente en el culto a los bienes y servicios sociales y en una idea de la economía pública y familiar basada en la austeridad y el ahorro a ultranza. Mas tal felicidad dura igualmente poco. Ahora que celebramos el bicentenario de aquella gran gesta popular y española que fue la guerra de la Independencia y se habla, un poco a troche y moche, por lo regular, de Wellington y su papel en el triunfo final de la causa patriótica –los afrancesados también fueron patriotas, pero sin empatía ni conexión con la fibra nacional-, habrá que recordar su famoso y agudo juicio sobre “las cosas de España“, el único país, decía, en que dos y dos no suman cuatro… Gran verdad, comprobada modesta y reiteradamente por el articulista en el escenario antedicho. Indeficientemente, en días autumnales y primaverales, de espesa neblina o hiriente luminosidad, la luz del pasillo se encuentra encendida, salvo los breves paréntesis en que, por la aleve mano del cronista, permanece apagada hasta el pronto paso de las gentes buenas y responsables que integran el conjunto populoso de la institución albergada en el majestuoso edificio en cuestión. Si grande es la saña con la que aquél acciona el interruptor de la luz en un habitáculo en el que es perfectamente posible su cierre, igual o mayor es sin duda la iracundia de las personas -jóvenes casi todas- que al instante lo manejan en sentido contrario…

Batallas de tal guisa son muchas las emprendidas con más voluntad que éxito por el articulista en aras de la santa causa del ahorro de energía en varias de sus modalidades. Como ya se apuntó, sus inolvidables maestros y profesores le imbuyeron, en la España de la postguerra, la religión laica de una patria menesterosa de bienes materiales, para cuya prosperidad había que atender con especial solicitud al cuidado y fomento de su capital social, sin escatimar esfuerzos ni sueños... Sesenta años después, la rueda de la fortuna ha dado una vuelta completa, colocando sobre el tapete de la candente actualidad “políticas energéticas”, drásticas reducciones del gasto público y demás monsergas y jerigonzas con las que una clase dirigente, horra, en su mayor parte, de cultura, previsión y talento, exige de la sociedad actitudes que nunca debieron perderse y que lo fueron debido en ancha medida a su nefasta pedagogía y carencia de ejemplaridad.

Vuelvan a predicar con su conducta padres y profesores de Primaria las instructivas y eficaces lecciones de la abrumadora superioridad del interés general sobre el particular, del rédito solidario y patriótico del uso parco y consciente de los bienes y caudales públicos y, a buen seguro, que parte de la senda que llevará a la recuperación de niveles justos en la riqueza nacional y su adecuada distribución, se habrá andado.
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