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El PSOE, el principal problema político de España

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 08:55h
El principal problema político de España no está en la transición en la Jefatura del Estado. No está en la pulsión sentimental republicana de la extrema izquierda o la extrema derecha. No está en la desafección al sistema de los agredidos física o moralmente por la crisis económica. Ni siquiera está en el infinito cabreo nacional ante décadas de casos de corrupción política y económica.

El principal problema político de España está en la defección, la retirada, la cobardía, de uno de los partidos nucleares en la refundación democrática: el PSOE.

El Partido Socialista fue el elegido por las democracias occidentales como el interlocutor por el centro izquierda de la Transición Democrática en España. Apenas existía durante la Dictadura, pero fue recompuesto (gracias a un liderazgo presentable, el de Felipe González) para que tuviera un papel protagonista en el futuro que entonces se preveía para España. Un futuro que no hubiera sido posible si, entre otros, Alemania y Estados Unidos no hubieran empeñado sus esfuerzos, sea por fe en los jóvenes de Suresnes o por miedo a los comunistas, que de todo hubo.

Y lo hicieron bien. Los de fuera, y los de dentro. El PSOE reconstruido de rescoldos nostálgicos de una guerra perdida se convirtió en una fuerza de centralidad vital para la nueva democracia española. Y si bien es cierto que se mostró impaciente (casi hasta la desestabilización) en los primeros años de la Transición, también lo es que una vez alcanzado el poder en 1982, recompuso figura y contribuyó a un proyecto de estabilidad institucional para las tres décadas siguientes.

El PSOE, junto con la evolución política de la derecha, resumida ahora en el PP, fue la expresión de una alternativa para el Gobierno de España. Más aún, es el partido que más años ha gobernado en la Democracia. Y, por eso, es uno de los dos partidos españoles que sabe que no puede proponer demasiadas excentricidades, porque más tarde o más temprano pasa por La Moncloa.

Ha tenido veleidades demagógicas, como cualquiera. Algo más en la época inefable de Zapatero. Pero también ha tenido que medirlas un poco más que otros, como los inefables herederos de Lenin, siempre colgados como murciélagos del Muro de Berlín.

Pero, con todo, el PSOE en España ha hecho históricamente su trabajo, incluyendo aquel que suponía renuncias ideológicas manifiestas, como la entrada en la OTAN. Y lo hizo con la incorporación a la Unión Europea, y con la salvaguardia de un sistema de mercado compatible con el Estado del Bienestar.Y lo hizo con la asunción constitucional de la Monarquía parlamentaria española, un elemento independiente y no inhabilitante de la forma de Gobierno democrática de España.

Por supuesto que el PSOE en varias de sus fases se le puede recriminar su política económica. En otras, su forma de abordar los conflictos morales o ideológicos de la sociedad. Y bastantes cosas más, en lo territorial, en lo educativo. Pero no se puede discutir su papel nuclear como pilar democrático de España.

Y, en éstas, llegamos al presente. ¿Qué ha hecho el PSOE consigo mismo y hacia los demás que permita que ahora se vean a los socialistas como impotentes desertores del sistema? Porque si hay un problema en la democracia española no es que haya fallado el bipartidismo, o estemos a las puertas de la gloriosa complejidad de la dispersión multipartidaria. Lo que ha fallado es uno de los partidos centrales de la democracia, el que ocupa el centro izquierda.
No tiene el más mínimo sentido que en una organización tan grande como el PSOE no haya un sólo líder sólido, o mínimamente conocido, que quiera llevar las riendas de su liderazgo. No es normal que se haya convertido en un desierto de mandos y de cuadros. No es lógico que se haya dedicado a quemar, una tras otra, las generaciones que deberían ocupar sus puestos de dirección.

Cada uno tendrá una explicación para esto. Yo tengo la mía. Pero es lo mismo la causa de la situación, porque lo preocupante es la situación misma, en la que cada día vemos una dimisión de un dirigente político (este miércoles la de Pere Navarro) o la retirada de otro (hace poco Patxi López) o lo que aún es peor, la renuncia de una posibilidad emergente (el pasado martes, Susana Díaz).

Los dos primeros casos tienen su pase, tal vez. Pero lo de la Presidenta de la Comunidad andaluza es francamente incomprensible. Cualquiera puede entender sus dudas, su deseo de acogerse a sagrado en un territorio favorable, su inseguridad por inexperiencia. Pero a nadie se le escapaba que Susana Díaz se había convertido en icónica para un partido sin referencias. Tanto es así que ocho barones socialistas le expresaron su juramento en apenas unas horas.

Los ocho se han quedado con el culo al aire. Y quienes buscaban una interlocución mínimamente presentable en el PSOE para abordar retos institucionales delicadísimos en la España de hoy, también. Y no se trata de nombres ni de personas. Se trata de referencias políticas, tan artificiales como se quieran, en una situación de desconcierto.

Ahora, el PSOE se enfrenta a la decisión de buscar un liderazgo sin historia. Se está buscando el hombre sin atributos (es una simple cita, también puede ser una mujer) en un partido que ha perdido el norte de forma gratuita y absurda.

¿Por qué esa organización está tan atribulada? No tiene sentido. Es cierto que ha perdido posiciones de poder, pero muy presumiblemente recuperará bastantes dentro de un año, en las elecciones municipales y autonómicas, porque gobernará en muchos lugares aunque sólo sea como el más fuerte en la pléyade de la izquierda. ¿Por qué han perdido la paciencia?

Es bastante asombroso que casi nadie aspire a dirigir el PSOE. Ante la opinión pública quedan muchos menos nombres que quieran dar un paso al frente que desertores. Y si bien es cierto que la política causa más problemas que satisfacciones, y además está bastante mal pagada, también lo es que subir a lo alto del escalafón en un partido podría motivar alguna ambición. Y, sin embargo, en el PSOE apenas lo hace.

Parecen en liza dos personajes (y algún nombre más para iniciados) casi ignotos para los españoles. Eduardo Madina y Pedro Sánchez. No les quito méritos para el futuro, pero no se me podrá pedir que les ponga medallas sobre el pasado. Sí les elogio, sin embargo, que al menos ellos den un paso al frente, ya que parece que en el combate por la política española hay más soldados socialistas que huyen que los que empuñan su arma.

Es casi imposible que los socialistas lo puedan liar todo más de lo que lo hacen. Primarias, vale. Primarias abiertas, bueno. Pero antes, elección por la militancia del Secretario General. Sí, de acuerdo. Pero después de esto, Congreso de ratificación. Congreso que convocará las primarias abiertas…. y así sucesivamente.

Si tenemos en cuenta que en España está en juego la necesidad de recuperar el prestigio de las instituciones, cuyo primer paso debería ser el tránsito en la Jefatura del Estado, y además tenemos que superar una crisis económica devastadora, y además tenemos que regenerar la podredumbre de la corrupción, y además tenemos que diseñar un modelo económico y productivo para un mundo brutalmente competitivo, ¿qué narices hace uno de los partidos de Gobierno de España hablando del sexo de los ángeles mientras los turcos toman Constantinopla?

Los españoles, en su gran mayoría, tenderán por lógica a acercarse a lo seguro, porque las torpes amenazas antisistema suelen generar inquietud a largo plazo. Pero el PSOE está a punto de quedarse si su cuota de centralidad. A su izquierda están repartiéndose sus despojos, pero en su interior se disputan el pan y la sal. ¿Nadie es capaz de pegar un puñetazo en la mesa? ¿Qué hacen tantos socialistas tocando la lira para cantar el espectáculo del incendio?

Para tantos años que han gobernado España sin que hiciera falta, ahora que hacen falta a España nos dejan colgados de la brocha. No tiene pase.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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