David Ortega Gutiérrez

David Ortega Gutiérrez

David Ortega Gutiérrez es Profesor Titular de Derecho Constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos.

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Tribuna

Electoralismo versus sentido de Estado

12-01-2010

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Algo curioso y trágico está sucediendo en la vida política española en estos últimos años. En muy distintos medios de comunicación leo y oigo acertados diagnósticos sobre los principales problemas que tenemos: la necesidad de reformas importantes en nuestra economía y modelo productivo, lo insostenible e ineficiente de nuestra financiación autonómica, la apuesta precisa por las políticas de I+D+i, la inaplazable reforma profunda, consensuada y duradera de nuestro modelo educativo, la cada vez mayor parálisis de nuestra administración de justicia, nuestro papel cada vez menor en la escena internacional… Sin embargo, los ciudadanos asistimos desesperados a la falta de reacción por parte de nuestra clase política. Tenemos una sensación de orfandad y escepticismo ciertamente grande, como constata mensualmente el Centro de Investigaciones Sociológicas, que en su última encuesta del año 2009, los ciudadanos nos ofrecían el siguiente escalofriante dato: la clase política se ve como el tercer problema que tenemos los españoles.

Creo que este dato estadístico merece alguna reflexión. De entrada, destaca como punto favorable el realismo del pueblo español, esto es, el ciudadano no es tonto, se da cuenta de lo que sucede y manifiesta su cansancio, hartazgo y preocupación. Por otro lado, la realidad es dura y cruda, pues quien tiene que solucionar principalmente los problemas antes apuntados, se convierten en una parte importante de los mismos. Dicho de otra forma, quienes tienen que gobernar están demostrando no tener la suficiente capacidad para solventar los problemas de la vida cotidiana, que es lo que nos importa, de los ciudadanos.

Los partidos nacionalistas manifiestan sin ningún tipo de reparos su desinterés, por no decir en algunos casos hostilidad, por el futuro de España y el interés general de los ciudadanos españoles, ellos no ven más que su propio ámbito de poder político territorial. El caso de la clase política catalana en este sentido es paradigmático, han hecho del Estatut su principal bandera, rayando en algunos casos una manifiesta falta de respeto por la justicia, en este caso constitucional, lo cual supone evidentemente una falta de respeto por el Estado de Derecho, pilar básico de cualquier sistema democrático medianamente serio. Mientras, el pueblo catalán, sensato y sufrido donde los haya, les está diciendo por activa y por pasiva -sólo uno de cada tres apoyo el Estatut y los referéndums independentistas fueron un fracaso, amén de una ilegalidad más- que se dediquen a los problemas reales de los ciudadanos de Cataluña, por cierto, con una de las tasas de paro más elevadas de España. Podemos ver algunas sorpresas en las próximas elecciones catalanas, marcadas por la desconfianza -más que justificada- en la ajena clase política catalana.

Los dos partidos de ámbito nacional no ven más allá que sus estrategias electorales a corto plazo. En estos años no hemos avanzado nada, al contrario, en los problemas reales de los ciudadanos españoles: el 30% del fracaso escolar, un verdadero lastre para nuestro futuro, la ineludible racionalización de nuestro sistema sanitario o la cada vez más enconada batalla autonómica por el agua, son alguna pequeña muestra de ello. Los dos partidos tradicionales están mostrando claramente sus debilidades estructurales, sus luchas internas de poder por encima de los intereses de los ciudadanos.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos ante esta realidad? Primero asumirla, cosa que ya parece realizada y después, actuar en consecuencia, siendo la única salida apostar por una forma muy distinta de la actual, de hacer política. España precisa de una importante regeneración democrática, de un nuevo estilo y concepción de la vida política. Los partidos políticos tradicionales, algunos de ellos nacidos en el siglo XIX, están evidenciando su inoperancia y falta de miras. Será cuestión de tiempo, espero que poco, para que la sociedad civil española reaccione y comience a apostar por nuevas formas de hacer política, más cercana a los problemas reales de los ciudadanos. En este sentido, Unión, Progreso y Democracia (UPyD) parece el único partido que está cogiendo el toro por los cuernos, con todo el esfuerzo que esto supone.







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