Martín-Miguel Rubio Esteban

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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mirada escolástica

Infierno español

07-10-2011

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( Al gobierno vasco, que sabedor de que fui calificado por el excelso Gara de “representante eximio del fascismo español” jamás me concederá un premio literario)

Pasada ya la mitad de la vida, yo me encontraba en una España oscura, con la senda derecha ya perdida. ¡Ah, pues decir cuál era es cosa dura esta España pobre, bárbara y sufriente que en el pensar renueva la pavura!

Mientras me deslizaba en la pendiente de los gráficos de la economía descubrí a una figura silente. Cuando la contemplé entre la gran ruina, “¡Apiádate”, yo le grité, “de mí, ya seas hombre o sombra de esquina. Respondióme: “Hombre no, que hombre ya fui, de padres complutenses engendrado, de la alcalaína patria nací. Presidente he sido en oscuros tiempos para la España que torna al abismo muy anhelosa de su perdimiento.” “ ¿Eres tú aquél gran Azaña elocuente que quiso modernizar nuestra España haciéndola caterva de serpientes?” “Efectivamente soy ese Azaña que ya hoy desea ser tu guía por lugares infernales de España”.

Para gente con euros no era vía subir por aquella árida montaña donde tantos ladrones se veía. Llegamos hasta el punto más alzado en donde los ladrones más insignes por rijosas sierpes son penetrados. A un banquero doliente por el culo el rabo de un dragón descomunal le entraba lascivo sin disimulo, y haciendo del ojal sangriento umbral sin treguas lloraba aquel usurero por su gran castigo penitencial. Y dije: “¿Dónde está tu monedero de los verdes billetes rebosante? ¿De qué te valen en el gusanero?” Y el banquero con triste talante: “¡Ay, compatriota de la bella Mancha! ¿No tendrás en el bolsillo sedante que me calme un poco herida tan ancha? En mi bolsillo guardo un Frenadol que no cura culo que se ensancha, pero te puede bajar a bemol. “¿Y por qué estás aquí, pobre banquero?” Le dije yo mientras batía el agua. “Malos políticos me sedujeron. En este lívido paular me encuentro por prestar doble de lo que exigía la erección de tres sanitarios centros. La otra mitad del dinero se hundía en aquel voraz bolsillo insondable de los gobiernos, cortes y alcaldías. Políticos de número incontable devoraban todo el metal abono para levantar riqueza notable”. Aquel banquero con cara de mono a por un céntimo se arrojaría si acabase de aquel dragón su encono. No más se alabe Libia la arenosa, de sus yáculos, faras y ceneras, quelindros y anfisbenas: tan odiosa copia no muestra de apestosas fieras ni aún sumándole toda la Etiopía y de todo el mar Rojo las riberas, como verdugos de banquero había.

Llegué al lugar en que luz no había. Sólo el mirar de alcaldes y ministros que la mierda fundida consumía. ¡Papé Satán, papé Satán, aleppe! Un ministro con calva me llamaba con la idea de que me acerque y trepe adonde él grave tormento sufría por haber convertido en alcahuetes de los terroristas la policía. Por compasivo con los asesinos y con las víctimas despreciativo padece ahora un maloliente sino. Daba pena el ministro contemplado, hombre hundido en estiércol: se diría en letrina humana cosechado. Mas, sacando la lengua, una burleta antes de dejarlo hizo a mi buen guía, y él usó el culo a modo de trompeta. Donde la tiranía está llorando un infante morganático gime por sus pasados robos con espanto.

Bajo el poder de la avaricia puestos a cien hombres comían las hormigas y eclesiásticos eran todos estos. Y pude percibir entre boñigas al soberbio párroco de una iglesia que de sus ojos no sintió las vigas y con amargo látigo en su eclesia aterraba a mujeres divorciadas con castigos de los reyes de Mesia. Y a las buenas creyentes entregadas cada día hacía pasar cepillo con que sufragar bien sus pendoladas.

Vi a la reina de las televisiones que un excremento humano atragantaba sin piedad, sin caridad ni perdones. Triste Azaña recordó su ascendencia: Para vida animal no habéis nacido sino para adquirir virtud y ciencia. Aquí ni Sálvame te salvará, que pobre reina de un pueblo hebetado te ha condenado la frivolidad.

Este pantano que este hedor transpira ciñe en redondo a la nación doliente donde entrar no podemos ya sin ira. Cerastes y culebras desgarraban al empresario cántabro parcial que separó españoles por estafa. “Hombres somos y leña estamos siendo”, los jueces dicen en fangoso bosque en donde árboles se están convirtiendo. “Yo levanté en mi casa mi cadalso”, dice un juez enemigo de los pobres cuyo tronco sale de un sucio charco. Las sentencias de lágrimas salobres ahora penetran como astillas en sus almas de maleable cobre. Pero ahora sus corazones chillan con sus chistosas sentencias de zorras que tanto reír hacen en Castilla.

Un alto cargo de la policía que entregó pruebas falsas al juzgado en piscina de agua cociendo hervía. Se libró en la vida con abogado experto en servidores criminales de la muy radiosa razón de Estado. Miré el rostro cocido por completo, sin ser por sus ampollas impedido de conocer al punto a aquel sujeto. Lamentaba el policía su estado: “yo tuve cuanto quise, y ahora ansío sólo una gota de agua, ¡desgraciado!

Mas sigamos andando emparejados triste presidente Manuel Azaña y este servidor con nuestros pecados. Pienso que Faetón no sentiría cuando perdió las riendas tal pavura viendo yo cómo toda España ardía. A todo un rey sobre la oscura roca unos diablos cornudos flagelaban sus espaldas con furia y saña loca. Pero no estoy hablando de un rey vivo, sino uno de aquellos reyes de corte que en miércoles a sus hijos altivos casaban con la nobleza consorte, dejando para las pobres criadas los sábados para nupcias de trote. Pasamos más allá, donde la helada rudamente a otra gente recubría, y no puesta de pie, sino tumbada. “Vexilla regis prodeunt del Abismo hacia nosotros, mas delante mira”, dijo Azaña, “y los podrás ver tu mismo”. Mil legiones de Belcebú venían a comer las cabezas de asesinos que en Atocha masacraron un día, siendo lo último que Azaña y yo vimos.

Salimos de la cárcava infernal, recto Azaña al bendito purgatorio, y yo a la luz y al agua azul de sal. Retorno a una España sin dinero, si bien este hecho no es el peor mal, sino sus desquiciados zapateros.







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