Juan José Solozábal

Juan José Solozábal

JUAN JOSÉ SOLOZÁBAL es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Madrid

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Mi patria lejana

03-11-2011

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He dejado la bolsa de viaje en el Parador, he atravesado la vieja ciudad, tan bulliciosa a estas horas de la tarde y he llegado hasta el límite de lo que queda de su muralla. He mirado hacia el horizonte, estimulado por el aire ya un poco fresco de Octubre y he creído por un instante ver las montañas de la infancia a lo lejos. No son los montes azules o pardos o blancos de Toloño sino la Sierra de la Demanda, y no estoy en Ollauri, en mi pueblo, sino aquí algo más lejos, a las afueras de Santo Domingo de la Calzada.

A que son bellas estas pequeñas ciudades de provincias, todavía mas escondidas que las propias capitales, y en las que no puedes satisfacer como propósito del viaje otra cosa que el gusto de descubrirlas y sorprender el trascurso tranquilo y sosegado de la existencia de los moradores de su población. Resonancias medievales en los nombre de sus rúas: Calle Mayor, Calle del Pinar, Paseo de los Molinos. Mientras recorres la ciudad plagada de Residencias, Posadas , Albergues para acoger a los peregrinos del Camino de Santiago, oirás varias veces las campanas bien concertadas de la Catedral de esbelta torre dando las horas, las medias o los cuartos. Que son bellas estas iglesias riojanas, a la cabeza los templos de Santo Domingo o Calahorra, pero también otros ejemplares mas modestos pero a la vez difíciles de olvidar, por ejemplo la iglesia plateresca de Santo Tomás de Haro o la iglesia barroca de Briones.

Santo Domingo será como Haro la cabeza de un partido judicial, seguro con su casino o bar principal a donde acudirá la gente de los pueblos cercanos después de arreglar algún trato o hacer alguna compra imposible en las localidades de los alrededores. Si se pretende pedir un préstamo en la Agencia Bancaria correspondiente o realizar un ingreso, acudir a un especialista en casos no graves, hacer un pedido de abono o reparar algún utensilio del campo, o el tractor, quizás no hay porqué pensar en el viaje a Logroño y será suficiente bajar a la cabeza de la comarca. En Haro preparé yo mi ingreso de bachillerato en la Academia Almi cuya central estaba en Barcelona y que ocupaba un tercer o cuarto piso de la plaza de Santa Lucía. Nos juntábamos chicos y chicas de toda la comarca en un ensayo de educación mixta, que después vería grotescamente referida pero en el fondo con bastante exactitud en el cine de Fellini. La Academia la regentaba, en realidad creo que el era el profesor que impartía todas las enseñanzas, un tipo bastante competente, don Claudio. Después he conocido todo tipo de docentes, unos modestos y otros copetudos, pero todavía me resulta admirable la habilidad de aquel profesor mercantil catalán para prepararnos para todo tipo de pruebas académicas, impidiendo que el desorden o el alboroto hicieran su asiento en aquella república.

El modelo de la Academia Almi me ha inoculado frente a un excesivo respeto por los rangos y pompas de los escalafones que, como le pasaba a Caro Baroja, tiendo a mirar más bien con escepticismo, si no con abierto desdén. He conocido en la vida a maestros sin cátedra y a catedráticos de los que no he aprendido demasiado.

Santo Domingo sí que está llena de transeúntes extranjeros: charlo un momento con una pareja de peregrinos italianos, que se albergarán, enfrente del Convento cisterciense, en la Posada. En el hotel hay mucho guiri. En Haro, cuando era niño, mi hermano mayor y yo en los veranos bajábamos del pueblo en bicicleta a casa de la profesora de francés, que vivía cerca de la bella Plaza de la Paz , con su Pérgola y Ayuntamiento de tiempos de Carlos III, en la calle de Navarra que va a las bodegas y la estación. Supongo que la suya sería la única familia extranjera de la localidad. Es un recuerdo muy diluido en la memoria. Pero algo debía de enseñarnos, la Madame, como la llamábamos, pues no era raro que comprásemos después de la clase el diario de deportes L´Equipe en la librería Viela, de la calle de la Vega. La última vez que estuve en Haro no hace mucho, leí con tristeza en su escaparate el anuncio del traspaso de la tienda. Un eslabón más, perdido, de la infancia…







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