Álvaro Ballesteros

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Álvaro Ballesteros es experto en Seguridad Internacional y Política Exterior.

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Monarquía constitucional y democracia en el siglo XXI

11-01-2011

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Aunque algunos prefieran la caverna y el servil ’Vivan las cadenas’, la República tiene que llegar, porque la Monarquía es un sistema anacrónico e injusto. Sólo es necesario que la gente se pare a pensar y que se le dé la oportunidad de manifestar qué prefieren en un referéndum”.

Mensaje anónimo en “Jóvenes del PSC gritan ’España mañana será republicana’ en el cierre de campaña en Cataluña”, foro La República, 28.11.2010

España ha sido siempre un país de tópicos y prejuicios. A ellos se sumaron desde el inicio de nuestra joven democracia el trauma histórico y los complejos nacionales tras las décadas de dictadura franquista, dando paso a una evolución política un tanto peculiar en la que los términos “socialdemócrata” y “conservador” carecen de sentido si se miran desde la óptica europea y occidental. Aquí siguen siendo las etiquetas las que priman: se es “rojo o facha”, en una dicotomía (absurda por anacrónica) basada en planteamientos de infantilidad política que explican el encumbramiento al poder de un José Luís Rodríguez Zapatero cuyo bagaje político se resumía en lo de “soy socialista porque a mi abuelo lo mataron en la guerra”. Esto es en parte lo que explica también la indigencia intelectual de muchos de los que ocupan cargos públicos políticos en la España de 2011, y es claramente una pieza esencial a la hora de entender nuestro actual declive como Nación.

El propio Zapatero aseguraba recientemente que él tomaba sus decisiones “en base a convicciones, no a circunstancias”, y hay que reconocerle al hombre que aunque su gobierno haya sido posiblemente el que ha desarrollado una política más oscura y opaca desde 1978 (impulsando una agenda que confunde la transparencia democrática con la intoxicación informativa), lo cierto es que Zapatero ha sido reiteradamente en público muy claro en sus declaraciones a la hora de mostrar su total incompetencia como gobernante. Se retrata nuestro Premier tal y como es: ajeno a la realidad (esas malditas circunstancias cambiantes) y muy flojito en sus convicciones (que puede ser incluso que las tenga, aunque nadie lo diría viendo sus “excelentes” relaciones con sátrapas de variado pelaje). El suyo es obviamente un socialismo de corte soviético (muy lejano del intelectualismo marxista europeo) y su visión de la democracia bebe más de los planteamientos peronistas, que de la tradición política occidental. Un cocktail de manipulación populista, ineficiencia y despilfarro público, que explica por qué España está hoy al borde de la quiebra.

En esa misma España de “rojos o fachas” de 2011, uno de nuestros problemas más acuciantes es lo que yo llamo el “ombliguismo”. El mundo que nos rodea ni existe ni nos importa. Aquí lo que le chifla a la audiencia son los problemas de puertas adentro, los del terruño, los de cada uno, ese mundo interior del vivo sin vivir en mí, que hace que los españoles de hace 200 años fuesen mucho más globales que los de hoy, por difícil que pueda parecer. Nuestra mentalidad hoy (y más trágicamente, la de gran parte de nuestros jóvenes sometidos a una precariedad vital estructural por la ineptitud de nuestros gobernantes y por la capacidad generalizada de nuestra sociedad para seguir permitiendo que los mismos lleven ahí ya más de tres décadas financiando “chourradas” y mamandurria) explica que muchos sufran el peso de una dictadura de pensamiento único, en la que se marca al ciudadano lo que es “progre” y democrático, lo que se debe decir y hacer, donde la ciudadanía ha de ser educada en los colegios en base al credo político de unos contra otros. Se entierra la noción de que la verdadera democracia es la que permite un mayor grado de elección personal a los ciudadanos, entendiendo que libertad y responsabilidad son caras inseparables de la misma moneda. En nuestra España tan “progre” hay cada vez menos respeto institucional y personal, pero cada vez más prohibiciones y planteamientos impuestos por unos políticos que no tienen ningún problema en recordarle al respetable que ellos hacen, quitan y ponen en función de “lo que les sale de los cojones”. Y nosotros a costearlos y a decir “Sí, wana”.

Esos mismos libertarios liberticidas son los que llevan años contándole a la juventud española que lo que mola es la república, que la Monarquía está desfasada, que es una injusticia y una antigualla, y que toca ya pronto sustituirla por la reluciente república que nos hará más libres y “progres” aun si cabe. Todos a ser republicanos, que los defensores de la Monarquía constitucional (entre los cuales me posiciono rotundo) son unos carcas. Nos repiten una y otra vez que eso es lo que nos hará más libres y mejores. El “España mañana será republicana” es lo que nos devolverá los puestos de trabajo, el superávit en las arcas públicas y el respeto internacional. Eso y lo de poder por fin escribir oficialmente “Su Majestad el Rey” sin mayúsculas. De menuda tiranía nos ha librado por fin la asunción del credo “progre” en la RAE. Claro que sí, hombre, si la mayoría de países del mundo en 2011 son repúblicas, ¿a donde vamos los españoles aguantando una Monarquía constitucional, mayúsculas y Borbones a estas alturas?

Pues resulta que aunque de esto no hayan informado los medios en la liberada chabola política made in Spain que gobiernan el ínclito Zapatero y su guardia de corps, a finales de 2010 la “Economic Intelligence Unit” del medio británico “The Economist” (que puede que le suene a alguien en España, e incluso en La Moncloa), publicó su tercera revisión (2006, 2008, y 2010) de la situación de la democracia en el mundo, el famoso “Democracy Index”. Los expertos y analistas de “The Economist” han vuelto a dividir el mundo en cuatro categorías: Democracias Plenas, Democracias Fallidas, Regímenes Híbridos y Regímenes Autoritarios. Todos los países analizados (167) han sido distribuidos entre estas cuatro categorías tras evaluar su situación con respecto a varios parámetros (elecciones libres, seguridad de los votantes, influencias externas sobre el gobierno, y capacidad de los funcionarios de implementar políticas) y los resultados son muy relevadores. Tanto, que deberían ser capaces de llamar a la puerta de la conciencia de muchos en España, con el aldabonazo que permiten la rotundidad de los datos mostrados y la profesionalidad del que los presenta sobre los 167 Estados sondeados. Aunque también sobre esto debemos tener cautas esperanzas, ya que el español medio hace mucho que hizo buena la cita del crítico literario escocés Lord Jeffrey (1773-1850) de que “los prejuicios son como ratas, y la mente de los hombres, como jaulas; los prejuicios entran rápido en ellas, y es dudoso si en algún momento después llegan a salir”.

Aun así, vale la pena zambullirse en el “Democracy Index” de 2010 para ver el Estado del mundo. A finales del año pasado, de los 167 países evaluados, la división en categorías es en cierto modo escalofriante: existen a día de hoy tan solo 26 democracias plenas. Las democracias fallidas son 53. Los regímenes híbridos llegan a ser 33, y los regímenes autoritarios (55) son mayoría.

Quiero llamarles la atención sobre el hecho de que de los diez primeros países en el ranking de los más democráticos del mundo, nada menos que siete de ellos son Monarquías constitucionales: Noruega (1), Dinamarca (3), Suecia (4), Nueva Zelanda (5), Australia (6), Canadá (9) y Holanda (10); junto a tan solo tres repúblicas: Islandia, Finlandia y Suiza (en los puestos 2, 7 y 8 del ranking). De las 26 democracias plenas (entre las que sorprendentemente aun se encuentra nuestro país), 12 son Monarquías constitucionales, con Luxemburgo (11), España (18), Reino Unido (19), Japón (22) y Bélgica (23) completando la lista de reinos incluidos entre las escasas democracias plenas del planeta: tan solo el 15’6% de los países, lo que se traduce en el 12’3% de la población mundial. Así que imagínense, si ya nos parecía que la democracia española estaba devaluada tras siete años de Zapatero en La Moncloa, ¿cómo será la situación en el resto del mundo? Coincidirán conmigo (si las ratas en el cerebro les dejan) en que el hecho de que siete de las 10 principales democracias del mundo sean Monarquías constitucionales constituye una reivindicación rotunda del valor de dicha forma política como salvaguardia de la división de poderes, que en el fondo es la única garantía válida de democracia. En las cuatro categorías en las que el “Democracy Index” divide a los 167 Estados evaluados, a mayor nivel de democracia, mayor número de Monarquías constitucionales; a menor nivel de democracia (categorías 2, 3 y 4), mayor número de repúblicas. Por cierto, para los que se los están preguntando: sí, EE.UU. es una de las democracias plenas, ocupando el puesto número 17.

Es también preocupante comprobar que 13 de los 27 miembros de la UE ni siquiera son democracias plenas, incluyendo pesos pesados como Francia o Italia, gracias a esperpentos como Sarkozy y Berlusconi. En el grupo de las democracias fallidas se hallan pues Grecia (28), Italia (29), Francia (31), Eslovenia (32), Estonia (33), Eslovaquia (38), Chipre (39), Lituania (41), Hungría (43), Polonia (48), Letonia (49), Bulgaria (51) y Rumania (56). Otros tres países con estatus de candidato al ingreso en la UE se hallan en esta categoría: Croacia (53), Montenegro (68) y Macedonia (73), siendo curioso que Serbia (uno de los principales parias de Europa) supera en nivel de democracia a dos de ellos al alcanzar el puesto número 65. Claramente, datos de los que se debería hablar mucho en Bruselas. Por cierto, entre las 53 democracias fallidas solo hay cinco Monarquías constitucionales (Jamaica, Tailandia, Papua Nueva Guinea, Malasia y Lesotho) frente a 48 repúblicas.

Les dejo dos notas preocupantes más sobre el ranking de países en el “Democracy Index 2010”: Turquía se halla en el puesto 89, en la categoría de regímenes híbridos, algo muy importante para los acérrimos defensores de las aspiraciones turcas al ingreso en la UE (entre los que me reconozco también de modo rotundo). Las autoridades en Ankara deben prestar atención a esto e impulsar decididamente cuantas mejoras democráticas sean necesarias para que la república fundada por Ataturk salga de esa categoría impropia de un aliado occidental de su peso, miembro de la OTAN, del Consejo de Europa y candidato al ingreso en la UE.

La otra nota que no quiero dejar pasar con respecto al “Democracy Index 2010” es la que muestra la posición de los principales aliados en política exterior del gobierno Zapatero desde 2004: los amigos de Moratinos están por lo que valen, desde Francia (31) entre las democracias fallidas; Bolivia (80) y Venezuela (96) entre los regímenes híbridos; y Marruecos (117), Cuba (121), China (136), Siria (152), Libia (158), y Guinea Ecuatorial (168) considerados como regímenes autoritarios. Desde luego también en Ferraz y Moncloa deberían tomar nota de esto, pero visto lo visto hay pocas esperanzas de ello, al menos hasta que la cúpula del PSOE sea renovada por completo.

En fin, a modo de conclusión y volviendo al tema del valor de la Monarquía constitucional como valioso instrumento al servicio de la democracia en España y en el mundo, les dejo dos párrafos muy interesantes escritos en 2008 por Francisco Rubiales en su blog “Voto en Blanco”. Coincido con el análisis descrito en ellos, pero aun guardo la esperanza de que los españoles no acaben de tirar por la borda las bondades de nuestro sistema, perdidos como siempre en banales diatribas iconoclastas y en prejuicios anacrónicos. Prefiero mantener un poco de esperanza en nosotros mismos, y que sea el tiempo el que diga…

“El Borbón es un español educado para ser Rey, con una preparación y una experiencia que supera a la de otros monarcas y a la pléyade de líderes mediocres que produce la partitocracia española, gente incapaz de ganarse el respeto internacional, que ni siquiera sabe idiomas para dialogar con los otros líderes en los grandes foros. Ese Borbón que muchos quieren borrar del mapa es hoy la única autoridad del Estado español capaz de descolgar el teléfono y lograr que se le ponga cualquier jefe de Estado o de gobierno en el mundo, incluyendo el que manda en Washington.

A pesar de todo, los seguidores de manuales políticos trasnochados y obsoletos, posiblemente encontrados en el desván del odiado franquismo, deben tranquilizarse porque la monarquía española que tanto odian tiene los días contados. Un Rey no tiene función alguna en una nación de taifas. Al Borbón no le derrocará la quimérica república, sino la degradación de la política española, la impericia de sus dirigentes, el mal gobierno y el hastío ciudadano ante una democracia que se arrastra por los suelos, ya sin dignidad. Sin el idioma común y sin una figura como el Rey nos quedaremos únicamente con la legión de reyezuelos gastosos, inútiles, arrogantes, nuevos ricos y advenedizos, siempre hambrientos de poder y de privilegios, la esencia y la imagen de la nueva España”.



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