José Antonio Sentís

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JOSÉ ANTONIO SENTÍS es director general de EL IMPARCIAL.

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paso cambiado

Si Zapatero negocia con piratas ¿por qué no negocia con empresarios?

10-11-2009

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Es gracioso observar las contradicciones ideológicas más palmarias en nuestros modernos gobernantes mediáticos. Ver a Zapatero agasajando en Berlín la fiesta de la libertad, por el aniversario de la caída del Muro que separó al bloque soviético del democrático, es enternecedor.

Estoy seguro de que nuestro líder socialdemócrata es sincero al felicitarse por el final del Imperio comunista. Lo que no entiendo es que él mismo basara una buena parte de su política en la reivindicación histórica de una república española sustentada, por sus agentes más activos en el momento prebélico, en los mismos ideales revolucionarios que impulsaron las dictaduras de Stalin y a sus coros y danzas.
Aquellos socialistas admirados por Zapatero fueron los mismos que levantaron el Muro. Por eso, los mismos socialistas decidieron cambiar radicalmente y hacerse demócratas, es decir, socialdemócratas, en el congreso de Bad Godesberg de Willy Brandt hace justo cincuenta años. De esto se había enterado Felipe González, pero Zapatero, que parece algo más cortito, ha tardado hasta este fin de semana.
Por eso, ni Zapatero se quiere acordar ya de su memoria (histórica). Ni parece que se acuerde de la alianza de las civilizaciones. Ni de la negociación con Eta. A Zapatero se le olvidan muchas cosas. Por ejemplo, y sin ir más lejos, ha tardado varias semanas en acordarse de que existían familiares de los marineros secuestrados en Somalia. Pero ha tenido una inspiración y, por fin, ha emergido de los restos del Muro para consolar a las mujeres de los pescadores. Y, sobre todo, para pedirles que dejen de armar bulla, porque Zapatero es muy sensible a la opinión pública, y no le gusta que ésta se irrite con él, cosa que empieza a ser harto frecuente.

Aparece, pues, de nuevo, el Zapatero pacificador, el Zapatero mediador. Ese hombre capaz de negociar con Eta o con los piratas, y que, sin embargo, tiene enormes dificultades para negociar con los empresarios. Fundamentalmente porque, para él, el Muro ha caído, pero los malos siguen siendo los mismos que justificaron que se levantara.

Pues bien, aunque a Zapatero le cueste un dolor, en el modelo en el que está inmerso, el egoísta capitalismo, o los empresarios crean empleo o el Gobierno hace el ridículo, por muchas zanjas que levante en todo el país con su plan E o su plan Z. Porque los sindicatos de clase, ésos que tiene Zapatero al pie de su cama en La Moncloa (bueno, a Cándido Méndez, que parece hacer un trío en la sede presidencial), no van a generar un miserable puesto de trabajo. Y digo yo que alguno hará falta para que alguien pague impuestos que sostengan a los citados sindicatos.

Luego el acuerdo social con los empresarios es imprescindible. No para darles la razón en todo, sino para escucharles y trabajar en conjunto para ver si se levanta esto (o sea, España), que es ya un drama social de consecuencias inevaluables. Sólo que Zapatero está tardando tanto como ante cualquier crisis. Y esa tardanza no es venial, sino el pecado mortal de un político: la indecisión, el sectarismo, el voluntarismo y la iluminación sobre el papel mesiánico que a nuestro Gran Timonel le ha tocado en suerte, válganos Dios.

Con pusilanimidades como la que sufrimos en España, no es que el Muro hubiera tardado un siglo en caer, sino que estaríamos todavía en los debates bizantinos sobre el sexo de los ángeles. Pero, ay, rige nuestro destino quien tarda un mundo en enterarse de lo más simple, distinguir lo crudo de lo cocido. Y vaya este final en homenaje a Lévi-Strauss, gran pérdida.



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