Enrique Arnaldo

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ENRIQUE ARNALDO es profesor de Derecho Constitucional y Abogado.

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separación de poderes

Zapatero regresó con la toalla empapada

13-10-2011

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José Luis Rodríguez Zapatero eligió, una vez más, la volcánica isla de Lanzarote para disfrutar de su último verano presidencial. Allí en la inolvidable playa de Papagayo, en el municipio de Haría, desplegó su toalla azul pálido y cerró los ojos. Enseguida, tras notar un cosquilleo en los pies, se apercibió de que el agua le había alcanzado. No tardó más de tres segundos en levantarse y arrastrar su toalla un metro más arriba. Levitó de nuevo con sus sueños pero despierto, mas otra vez se vio atrapado por un leve frescor podológico. Y ya como acto reflejo se aupó y renovó la operación anterior. Así hasta cinco veces repitiendo con monotonía de castellano viejo idéntico proceder. No cejó en su voluntad, decidido como estaba a disfrutar de la pacífica playa. Prisa, desde luego, no tenía.

Llegó prácticamente hasta los límites físicos de la playa, allí donde empiezan a expandirse las rocas. Estaba tranquilo pues pensó que era imposible que las aguas accedieran tan arriba y en pendiente. Pero éstas, tercas en la pleamar, en décimas de segundo y con mayor fuerza que en las ocasiones anteriores no solamente mojaron sus presidenciales pies sino también su presidencial cuerpo empapando la toalla no menos presidencial (y por supuesto la camiseta y las chanclas que cuidadosamente había llevado consigo).

Retirado, tras un par de leves estornudos, de escalofríos atlánticos, a sus aposentos, nuestro personaje reflexionó sobre la escena recién vivida. Al principio la atribuyó a la imprevisible naturaleza, a un golpe de viento. Más tarde pensó que los de la oposición popular le habían preparado una encerrona para sacar partido en la próxima sesión de control parlamentario. Sus escoltas le garantizaron que en kilómetros a la redonda no se encontraba ningún paparazzi ni representante alguno de los sálvames de turno. Se relajó y decidió tomar una ducha reparadora. Otros pensamientos le vinieron mientras, escuchando música coral, saboreaba una copa de vino de uva mencía de sus tierras leonesas acompañada de cecina recién cortada (siempre fiel al terruño).

Ya en la cama se sobresaltó al poco, dominado por una ligera inquietud que le fue atenazando con inusitada rapidez su estómago, incombatible con cualquier antiácido al uso. Le alcanzó una idea que le fue deprimiendo. A él que se había sentido querido, amado por sus electores y adláteres. A él que se había entregado en alma y en cuerpo mortal a la salvación del país.

La idea era que la había pifiado, que había sido desbordado por las olas de los acontecimientos. Que su mundo idílico e ilusorio había sido cubierto por el agua, por una realidad que él frívola o descuidadamente había ignorado.







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