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RESEÑA

Olga Merino: Perros que ladran en el sótano

domingo 29 de abril de 2012, 14:22h
Olga Merino: Perros que ladran en el sótano. Alfaguara. Madrid, 2012. 272 páginas. 18 €
Todas las escenas de Perros que ladran en el sótano transcurren en habitaciones cerradas, habitaciones que huelen a rancio o, directamente, a mierda y de las que no se puede salir o es muy difícil salir o no se quiere salir, porque allí dentro se sospecha que la única salida, que es una salida muy estrecha, muy sucia y bastante innoble, solo conduce, en realidad, a otra habitación cerrada. Dicho lo cual, lo de las habitaciones cerradas es, más o menos, una metáfora. Si la extendemos, podemos decir que hay una habitación que es una época, otra habitación que es otra época, una tercera que es algo así como la terraza y luego varios pasillos que discurren entre las tres. La novela, por supuesto, consiste en recorrer la casa.

Cronológicamente, el orden de las habitaciones es el siguiente. La primera está en Marruecos, justo antes de la independencia, después de la guerra del Rif. Los personajes que pueblan esa habitación son fundamentalmente españoles que mantienen una relación colonialista con el país africano, especialmente Emilio, que considera a sus habitantes una clase inferior, y cuyo hijo es poco menos que violado, sin que él lo sepa, por un muchacho magrebí. A su hija la dejan embarazada y muere. Su mujer está coja y loca. Se podría decir que Emilio es un tipo sin suerte, pero en la novela es un tipo que no cae muy bien, así que no creo que ningún lector llegue a compadecerse.

La segunda habitación se corresponde con la vejez de Emilio: cuando enferma y tiene que ser cuidado por su hijo Anselmo. El hecho de que el hijo, que odia a su padre y se fugó de casa años atrás, se haga cargo de su progenitor, es un poco sorprendente. En la novela se intenta explicar que no le queda más remedio, que necesita un lugar donde parar, pero las circunstancias no acaban de quedar del todo claras y la explicación más plausible es que, simplemente, todo el mundo tiene muy mala suerte, así que acaban resignándose a ello. “La mala suerte es obstinada”, así empieza uno de los capítulos. Desde luego, aquí lo es.

El resto de la novela son pasillos que discurren entre las dos salas. A veces el pasillo se ensancha y se convierte en algo parecido a una habitación. La novela, la casa, en conjunto, abarca desde los años de la descolonización hasta una época contemporánea de euros y céntimos de euro, cincuenta años en los cuales nadie se ríe nunca, ni una sola vez. Excepto en la terraza.

La terraza es, digamos, el tercer gran foco de la historia. La terraza es la vida de Anselmo, el hijo de Emilio, en una compañía de variedades, justo antes de que Franco muera y empiece la Transición. Decimos que esta parte de la novela es la terraza porque es aquí donde empieza a circular el aire. Es su mejor parte, aunque la integración con el resto del relato no acaba de ser perfecta. Uno llega a preguntarse si se trata de la misma novela, a la que solo le une la presencia de Anselmo, común en todas las partes. Pero, al final, da igual. Esta parte de la obra no es que sea una novela alegre, pero se respira un aroma de liberación, que no tiene que ver con la muerte de Franco –esta solo llega al final- sino con la distensión de un tono que, en el resto de la obra, llega a resultar demasiado dramático, artificiosamente dramático, diría. Demasiada pestilencia como para suponer que se trata de un mundo vivo.

Y es que, en conjunto, la prosa de la novela es buena, muy buena, a ratos. El ritmo es adecuado, aunque siempre prudente, a veces hasta cargarse un poco de morosidad. Quizás haya cierto empeño en recrearse en algunos giros flamencos pero, lo cierto, es que casi siempre están bien ejecutados. La novela lo tiene todo para salir bien parada pero, dentro de la casa, apenas se puede respirar. El ambiente está tan viciado de penurias que acaba por volverse irreal. Los personajes se disuelven en sus propias desgracias. A Olga Merino se le olvidó poner alguna ventana en la casa. A cambio, construyó una espléndida terraza. Los cimientos, ya se verá, pero se presumen firmes.


Por Miguel Carreira
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