www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÍTICA

Alice Munro: Mi vida querida

Alice Munro: Mi vida querida. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Lumen. Barcelona, 2013. 333 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 10,99 €
La flamante Premio Nobel de Literatura 2013, Alice Munro, no utiliza el correo electrónico. Prefiere escribir cartas. Este hecho, revelado por sus editores, puede parecer nimio, pero resulta harto significativo, pues, como en los cuentos de la autora canadiense, la cotidianidad esconde un alto valor simbólico. El e-mail está concebido para un mundo apresurado, al que le devora la rapidez, y nada proclive a recrearse en los matices, en lo que está oculto, pero presente, muy presente, hasta el punto de llegar a convertirse en una carga de profundidad. Pero el universo Munro es enemigo de la prisa. Para disfrutar plenamente de sus relatos hay que hacerlo con sosiego. Con el mismo sosiego que se adivina fueron escritos. Con ese sosiego que, final, inevitable y paradójicamente, salta en pedazos al adentrarnos en lo que subyace bajo la capa de normalidad. Algo inquietante, a veces sorprendente, algo donde se despliega con cautivadora fuerza literaria el laberinto de los sentimientos y las emociones, lo complicado de la vida. No en vano apuntó Munro en cierta ocasión: “Nada es fácil, nada es simple. La complejidad de las cosas dentro de las cosas, parece sencillamente inagotable”. Y ahí está, sin duda, uno de los muchos atractivos de una obra que ha obtenido numerosos premios -el Man Booker International Prize, el W. H Smith, y el National Book Critics Circle, entre otros-, a los que ahora corona la concesión del máximo galardón de las letras.

Alice Munro nació en 1931 en Wingham (Ontario), hija de un granjero y de una maestra de escuela. A los 20 años se casó con James Munro, a quien había conocido en la Universidad, trasladándose a Vancouver, donde abrieron una librería. Tras su divorcio en 1976, volvió a su región de origen para instalarse, después de un segundo matrimonio con Gerald Fremlin, en Victoria, la capital de la provincia canadiense de Columbia Británica. Precisamente esas zonas, sobre todo la de Ontario, serán los escenarios de una producción que se ha volcado en el género del cuento y que comenzó a reunir en 1968 en la colección Dance of the Happy Shades. Traducidos al español han aparecido los siguientes títulos: La vista de Castle Rock (RBA, 2009); Escapada (RBA, 2009); Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (RBA, 2009); Secreto a voces (RBA, 2010); Demasiada felicidad (Lumen, 2010, Debolsillo, 2012); Las lunas de Júpiter (DeBolsillo, 2010);Amistad de juventud (DeBolsillo, 2010); La vida de las mujeres (Lumen, 2011, DeBolsillo, 2012)) -su única novela-, y El progreso del amor (RBA, 2012).

Mi vida querida es su última colección de relatos, y con la, según manifestó la propia autora, se despide de la literatura, aunque, también en otros momentos, anunció su retirada, propósito que, afortunadamente, no llevó a cabo. Componen el volumen diez cuentos que, como es habitual en Munro, algunos podrían considerarse nouvelles, y cuatro textos de carácter autobiográfico, agrupados bajo el epígrafe de “Finale”. Si ya en La vista de Castle Rock nos proponía una reconstrucción novelada de la historia de su familia, sobre “Finale” indica la propia Munro: “Las cuatro últimas piezas de este libro no son exactamente cuentos. Firman una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimiento aunque a veces no llegue a serlo del todo. Creo que es lo primero y lo último -y lo más íntimo- de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida”. Así, conocemos sobre todo episodios de su infancia, adolescencia y juventud en su ciudad natal, etapa agridulce en la que a menudo sacaba de la biblioteca municipal gruesas novelas que devoraba con fruición, como, recuerda, Gente independiente, En busca del tiempo perdido o La montaña mágica, pero también en la que sufría las palizas de su padre, causantes de su “amargura y vergüenza”, y tenía una difícil relación con su madre, que seguiría el resto de su existencia: “La relación con mi madre es el material central de mi vida”.

Quienes sean ya lectores de Munro reconocerán aquí todas sus señas de identidad y para quienes no lo sean es una espléndida oportunidad para sumergirse en un mundo y una escritura tremendamente seductores, plenos de tanta concisión como intensidad. En Mi vida querida prevalece la exploración del amor, y, continuando la tónica de entregas anteriores, los personajes femeninos son mayoritarios.

Sin embargo, esta preferencia no es en Munro limitadora. Por eso, resulta un tanto caricaturesca la descripción que el escritor norteamericano Jonathan Franzen -quien, por otra parte, se muestra muy elogioso hacia Alice Munro (en español, el texto está incluido en Más afuera, publicado por Salamandra)- hace del prototipo femenino munroniano y de sus avatares, que, en resumidas cuentas, se reduciría al viaje de ida y vuelta a sus orígenes de una joven rebelde y finalmente desencantada. Ciertamente, suele haber en las heroínas de Munro un deseo de cambio, de huida, de búsqueda de nuevos territorios tanto físicos como psicológicos -no es casual la recurrencia a viajes, estaciones de tren… en sus relatos. Pero ese deseo desemboca en muy diferentes resultados y se aborda de variadas maneras. Por ceñirnos a Mi vida querida no están muy próximas, por ejemplo, Greta, de “Llegar a Japón”, quien abandona a su marido y está a punto de perder a su hija por una atracción sexual momentánea, y la tímida y virginal protagonista de “Amundsen”.

Las mujeres que Munro retrata encierran múltiples registros, y no son, en ningún caso, figuras ideales o idealizadas, pues la escritora canadiense no se alza como paladín del feminismo. En sus personajes femeninos aparece la visión de la autora hacia el ser humano, hombres o mujeres, que no es precisamente complaciente. Ni tampoco amargadamente condenatoria o apocalíptica. Con gran sutileza, Munro nos trasmite las contradicciones humanas, las frustraciones y el dolor, junto a momentos -escasos pero no imposibles- de esperanza. Y es una maestra en verter sobre sus personajes una doble mirada que combina la dureza con la comprensión o, al menos, con la posibilidad de absolución. Hay en muchos de ellos un cierto sentimiento de culpa -como se aprecia, por ejemplo en “Llegar a Japón” o en “Grava”, de Mi vida querida-, que Munro presenta con exquisita agudeza. Resulta elocuente su comentario, a raíz de un episodio de su infancia: “El precio del pecado es la muerte”. Pero no lo es menos las palabras que cierran Mi querida vida, cuando confiesa que no volvió a su casa la última vez que su madre cayó enferma ni fue a su funeral: “Tenía dos hijos pequeños, y a nadie en Vancouver con quien dejarlos. No estábamos para gastar dinero en viajes, y mi marido despreciaba las formalidades. Aunque ¿por qué achacárselo a él, de todos modos? Yo sentía lo mismo. Solemos decir que hay cosas que no se pueden perdonar, o que nunca podremos perdonarmos. Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos a todos horas”.

Se repite hasta la saciedad que Alice Munro es la Chéjov canadiense. No obstante, ella, aunque reconozca al escritor ruso, lo que es obligado en todo autor de relatos que aspire a la excelencia, ha señalado que se siente más cercana a Flannery O’Connor, Eudora Welty y Carson McCullers, las tres grandes damas de la literatura sureña estadounidense. En cualquier caso, es hora de decir, más allá de etiquetas, que Alice Munro es Alice Munro. Nada más y nada menos.

Por Carmen R. Santos

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

Comenta esta noticia
Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Tu dirección de email no será publicada.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.