NOVELA
Sandro Veronesi: Profecía
domingo 23 de noviembre de 2014, 16:53h
Traducción de Xavier González-Rovira. Anagrama. Barcelona, 2014. 80 páginas. 9,90 €. Libro electrónico: 7,99 € Por David Cruz
Si hubiese que buscarle un fallo a esta obra de Veronesi, sería el de la brevedad; uno desearía poder seguir leyendo su Profecía, dejarse resbalar durante unas cuantas páginas más por la superficie fluida de su prosa. Porque aquel que se acerque a este libro ha de saber que se verá inmerso en la corriente de un estilo en el que destaca la maestría (por la aparente sencillez) en el modo en el que se engarzan frases y pensamientos. Una simple coma, una conjunción, y lo que parecía a punto de detenerse vuelve a arrastrarnos hasta la siguiente repetición, esas dos o tres frases que Veronesi utiliza a modo de estribillo para apuntalar su relato y dotarlo de una sonoridad bíblica. Y es que este río suena, este río canta una tonada antiquísima que desemboca en un final tan triste como hermoso, o, quizá, tan hermoso, precisamente por ser tan triste.
Sin embargo, la elección por parte del autor de dos recursos formales tan restrictivos como el narrador en segunda persona y el tiempo en futuro determinan el carácter y la extensión de este texto.
La segunda persona, el narrador que apela constantemente al lector, que le obliga a mirarse en un espejo, no conviene alargarla en exceso a través de un gran número de páginas, porque fatiga y termina por perder su efectividad, o eso dicen los manuales de buenas prácticas de escritura literaria. Y debe ser verdad; ¿a quién no le incomoda que le señalen con el índice? ¿Cuánto tiempo le vamos a permitir a otra persona que nos fuerce a realizar una introspección que a veces no se desea?
En cuanto a narrar en futuro (única y exclusivamente en futuro, entiéndase bien), como en este caso lo hace Veronesi, es un ejercicio que también entraña sus riesgos, ya que al lector se le cierran las puertas del factor sorpresa y, por lo tanto, la posibilidad de una peripecia, que, quiérase o no, si viene por añadidura a todo lo demás, siempre se agradece. Sin embargo, en Profecía toda la trama queda atada y resuelta en cada frase.
Entonces, ¿por qué opta Veronesi por estos dos recursos a la hora de contarnos su historia? Primero, porque el uso del futuro se adapta perfectamente a la intención de la obra, que ya viene anticipada y definida en el propio título, y que es eso exactamente, una profecía; y segundo, porque dicha profecía nos atañe a todos y, quien más quien menos, terminará por sufrirla en sus propias carnes por partida doble: desde la perspectiva del hijo y, posteriormente, desde la del padre.
Las miserias del cuerpo, el manejo de la compasión hacia el moribundo como arma de doble filo, la humillación de la carne y del orgullo, lo grotesco de la medicina paliativa, que nos empuja a decidir cómo queremos que muera nuestro ser querido, al igual que elegimos ventanilla o pasillo cuando compramos un billete de avión… Todo eso ya nos lo imaginamos, y es que para profetizar que probablemente nos tocará atender a nuestros progenitores en su lecho de muerte no se necesitan grandes dotes de clarividencia. Ahora bien, otra cosa muy distinta es que seamos plenamente conscientes de su carácter indefectible, y, sobre todo, que seamos capaces de comportarnos como esos héroes a los que alude la cita de Rick Moody que Veronesi usa como epígrafe, aquellos que abundan como los neumáticos gastados y las llaves perdidas, aquellos que consiguen ser héroes porque en este tipo de situaciones actúan con decencia y sentido de la responsabilidad, que no es poco.