En no pocas ocasiones México ocupa un lugar destacado en los medios de comunicación con noticias no ciertamente halagüeñas. La violencia se ha enseñoreado del país azteca, con zonas como Ciudad Juárez, tristemente famosa por la desaparición y asesinato de mujeres, que sirve de escenario a la monumental novela 2666 de Roberto Bolaño. Y, en los últimos meses, ha causado una honda conmoción el caso de los más de cuarenta estudiantes desaparecidos en Iguala, todavía hoy no resuelto.
Pero esa violencia no es algo repentino ni surgido de la nada. Presenta hondas raíces. Y en ellas destacan los sucesos acaecidos en la llamada Decena Trágica, un momento capital de la historia mexicana que Agapito Maestre recuerda precisamente en su último libro: “1913 es un año inolvidable para la historia mexicana. A primeras horas de la mañana del 9 de febrero de 1913, el General Bernardo Reyes fue liberado de la prisión de Santiago Tlatelolco para ponerse al frente de una asonada contra el gobierno de Francisco I. Madero. Fracasó. Murió ametrallado a las puertas del Palacio Nacional en pleno zócalo capitalino. Fue el inicio de los que se conoce por la Decena Trágica. Sangre y muerte por todas partes. Fue el primer acto de la revolución más sangrienta (sic) que ha dado la historia: la Revolución Mexicana. Los asesinatos del Presidente Madero y de Pino Suárez, junto con otras mil crueldades, son todavía motivos de discordia sobre un pasado que parece no querer pasar”.
Diario de México resulta así una aportación fundamental para entender el México de ayer y de hoy a través de los textos que Maestre reúne ahí, escritos entre junio de 2012 y septiembre de 2013. Son valiosas crónicas de primera mano, pues su autor estuvo en el país durante más de un año y allí tomó el pulso a su vida cultural. Porque el volumen ofrece crónicas culturales que, además de proporcionarnos claves insustituibles en ese campo, tienen el acierto de clarificar la vida política y social. Y todo ello mediante un atractivo planteamiento que conjuga la abstracción con las, como señala el propio Maestre, “cuitas vitales al modo de un diario personal”, y un enfoque que no rehúye la crítica, lo que no impide igualmente que se manifieste el gran amor que Agapito Maestre profesa a México: “Nuestro acercamiento a México no es una cuestión teórica o doctrinal, sino que se trata de algo visceral, carnal y tentativo. Quiero a México”.
Muy acertado resulta asimismo que Maestre -a quien puede seguirse a través de sus columnas de opinión en El Imparcial-, imbrique México con España, pues, como bien dice, “es imposible comprenderlo, quererlo, y vivirlo de otra manera. Aparte de las novedades de México, que son muchas e interesantes en el ámbito de las artes y las letras, de la filosofía y la política, la cultura de este gran país no puede tratarse con seriedad sin las tradiciones, creencias y costumbres de otras tierras hispánicas en general, y de España en particular”.
Cumpliendo con la recomendación orteguiana de que “la claridad es la cortesía del filósofo”, Agapito Maestre arroja luz y vuelve a dar cabal muestra de su buen hacer, desarrollado en una obra coherente, con títulos como Meditaciones de Hispanoamérica, Viaje a los ínferos, o La escritura de la política, entre otros, a la que ahora se suma este Diario de México.